Borges, no demasiadopredispuesto al elogiode sus contemporáneos (solía excusarse con estas palabras: “No lo he leído y seguramente no lo haga; usted sabe, estoy ciego…”), alababa y reconocía, sin embargo, calificándolocomo hombre de genio, a Ezequiel Martínez Estrada; aunque agregabaque era una persona contradictoria, imprevisible y de muy difícil trato. En 1941, cuando con Silvina Ocampo y Bioy Casares compilaronla Antología Poética Argentina, no dudaron en afirmar en el prólogo que Martínez Estrada era “el mejor líricode su época”. Pero eso, según Borges,provocó su queja:“Ellos dicen que soy el mejor poeta para descalificarme como prosista”. En otra oportunidad, con cierto desplante, le dijo al autor de Ficciones: “Aquí donde usted me ve, amigo Borges, yo he sido un hombre de cuchillo y revólver, mimado por las pupilas de los prostíbulos de la campaña santafesina y bonaerense”. Este comentariome lo hizo Borgescuando me dictaba el prólogo del magnífico y desolador cuento “La inundación”, deMartínez Estrada, que seleccionamos parael volumen Cuentistas y Pintores Argentinos; y agregó con una sonrisamaliciosa: “Me parece que él buscaba impresionarme al decir que había sido hombre de averías. Me inclino a pensar que era una broma. Para nada tenía aspecto de cuchillero”. Adhiero a la conclusión de Borges; seguramente no era más que una ocurrencia de colorida picardía.
Aunque tuve la felicidad de conocer a don Ezequiel Martínez Estradas de manera fugaz, me pareció un hombre de trato agradable y humilde; un criollo viejo -eso sí-,irónico y socarrón. Mi encuentro con el poetafue en su casa de la ciudad de Bahía Blanca, donde vivía alejado del mundo intelectual, casi en soledad, “dialogando con los libros que releo y me acompañan desde siempre; también con los pajaritos, una de mis fuentes de inspiración”, agregóentrecerrando los ojos y abriendo las manos. Sucedió que estando invitados por una institución cultural de un pueblo vecino, con el bien recordado crítico musical y gran amigo Emilio Stevanovich, lo fuimos a visitar. Fue un encuentro memorable para mí que era muy joven; Martínez Estrada nos atendió con cordialidad, cebó mate y nos leyó algunos poemas escritosen ese retiropueblerino. Se lamentó por las habituales crisis de nuestra Argentina y puso énfasis en la poca atención que se le prestaba en el medio literario.
Esa tarde no estuvo ausente, como ya señalé, el “mate”,cebado exquisitamente por él y su esposa doña Agustina. Esa infusión, bien criolla, fue fuente de inspiración para uno de sus poemas más conmovedores:
De ti a mí, mano a mano,
el mate viene y va.
El mate es como un diálogo
con pausas que llenar.
(Darío lo ha llamado
calumet de la paz).
Niño que se ha dormido
cansado de llorar.
Y aún suspira, la lluvia
cae sobre la ciudad.
El brasero sus brasas
aviva fraternal
y como en la charada
llena todo el hogar.
De ti a mí, mano a mano
el mate viene y va.…
Pese al reconocimiento que se había ganado como poeta, en la década de 1940, Martínez Estrada se volcó a la narrativa, muy especialmente al ensayo. En este último género alcanzaría una bien ganada fama, que le proporcionó reputación de pensador nacional, plasmando sus ideas tanto en estudios críticos de textos literarios como en un tipo de análisissui generis, de corte antropológico y social, sin excluir lo psicológico.En esa línea publicó en 1933 su obra más reconocida, Radiografía de la Pampa, un texto en el que encara un análisis de la condición y la naturaleza argentina, a través de elementos geográficos, históricos y culturales, desde una perspectiva pesimista y bastante fatalista que reiteraría en obras posteriores. Con ese libro inició una serie de publicaciones en las que reflexiona sobre el carácter de los argentinos, donde surge siempre su venerable lucha profunda y testimonial en pos de valores éticos, difícil de injertar en la política, en un partido o en la mera acción. Podemos llamarle, estoy seguro, militancia íntima de una conciencia comprometida en un proyecto de vida superior para el hombre. Su visión de la Argentina, porqué negarlo, fue profética, melancólica y desalentadora; los hechos ulteriores la confirman. Leopoldo Lugones le confió que estaba de acuerdo con él, pero que hay cosas que no deben decirse porque pueden desalentar a la gente.
Su vida en lo personal nunca fue fácil, Martínez Estrada provenía de un humilde hogar de inmigrantes y no pudo siquiera concluir sus estudios secundarios, convirtiéndose en voraz lector.Nació en 1895 en San José de la Esquina, un pueblo ubicado en la Provincia de Santa Fe. Poco se sabe de estos primeros años, salvo lo que él mismo autor escribió en una carta biográfica a Victoria Ocampo, en la que recuerda su infancia vista desde su característica melancolía, donde reivindica su condición de autodidacta, algo que defenderá toda su vida: “Mis primeras lecturas extensas fueron el Quijote, la Historia de España de Lafuente y Misericordia de Galdós. Durante el tiempo de esas lecturas, muchas tormentas y anocheceres y espléndidos soles se intercalaron en sus páginas.Rigurosamente autodidacto, no tuve otro maestro ni guía que mi propio afán de leer…”
Siendo muchacho, por razones económicas tuvo que interrumpir sus estudios y empezó a trabajar en el Correo Central de Buenos Aires, donde permaneció desde 1914 hasta su retiro en 1946. Su obra poética, mientras la primera etapa, que va desde 1918 a 1929, se inserta en el marco del modernismo y el posmodernismo; la segunda, desde 1959 a 1964,Coplas de ciego y Nuevas coplas de ciego se caracteriza por su fuerte conceptismo; son versos cerebrales, despojados de todo florilegio, que llega al hueso de una decantada sabiduría donde se impone lo asertivo. Su producción última, reunida bajo el título Poemas del anochecer, la componen unos pocos poemas neorrománticos intimistas, en los que relaciona simbólicamente los ritos domésticos con su propio matrimonio, como ya lo había hecho en su antológico “El mate” de la primera época. En esos poemas finales, don Ezequiel pinta la desolación de su matrimonio sin hijos ante la separación inminente que decretará la muerte que sabe cercana.
Miro tus ojos cansados
tu faz que agostó la vida;
miro la nieve caída
en tus cabellos dorados.
Eres la misma que fuiste,
toda tú en manos y cara.
Antes Noemí y ahora Mara,
la misma, mucho más triste.
Te ves como en un espejo
en mi mirada cansada,
y piensas, sin decir nada,
que yo también estoy viejo.
Si no paz, y si no olvido,
espero algo, y tú también.
Estamos en un andén
después que el tren ha partido.
En 1940 apareció La cabeza de Goliat, complemento de su obra anterior, en el que analiza la “fisiología” de la ciudad de Buenos Aires y critica el tradicional centralismo porteño. Quince años más tarde, llegó a escribirle una carta abierta al presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, sugiriéndole el traslado de la capital a Bahía Blanca, convirtiéndolo en un antecesor del Proyecto Patagonia que el presidente Raúl Alfonsín intentó concretar sin éxito en la década de 1980.
Desde 1946Martínez Estrada empezó a colaborar en la revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo, que agrupaba a los mejores escritores de la época A lo largo de esa década publicó varios textos críticos: Panorama de las literaturas, compendio de sus clases dictadas en el Colegio Nacional de La Plata;Nietzsche, filósofo dionisiaco y otros ensayos, que indaga en la condición humana; Sarmiento y los invariantes históricos del Facundo, un volumen dedicado a analizar las ideas y la obra del ilustre escritor sanjuanino y, hacia el final de la década del 40’, la que quizá haya sido su obra más ambiciosa: Muerte y transfiguración de Martín Fierro, vasto estudio sobre el poema de José Hernández editado en dos volúmenes.
En 1949 se instaló en Bahía Blanca, en una casa sobre la avenida Alem 908, actualmente sede de la Fundación que lleva su nombre, y que se conserva como museo y archivo del escritor. Algunos años después, avaló la creación en Mendoza de la revista Voces, fundada —junto con un grupo de intelectuales— por el pintor Enrique Sobisch, artista ulteriormente reconocido a nivel internacional, fallecido en Madrid en 1989.
Dos años más tarde, viajó a los Estados Unidos, experiencia que volcó en su Panorama de los Estados Unidos, notas de viaje publicadas póstumamente. Yo conservo la generosa y justa carta de recomendación que Eduardo Mallea le dirigiera al poeta ArchibaldMacLeish, ubicándolo como uno de los principales escritores argentinos. Su hija me la obsequió en la década del 80’.
Tras la publicación de otro ensayo biográfico, El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson (1951), Martínez Estrada sufrió una “neurodermatitismelánica”, una afección de origen psicosomático que lo mantuvo postrado durante cuatro años en clínicas y hospitales y olvidado por casi todos, a excepción de Victoria Ocampo y el poeta León Benarós, que lo visitaban con asiduidad. Tras el golpe de Estado que derrocó a Perón en 1955, y mediante terapias de sueño prolongado, su salud mejoró, tras lo cual retomó la escritura con una serie de encendidos escritos políticos, llamados Catilinarias. Entre ellos, se destaca ¿Qué es esto? (1956), un texto que es a la vez una violenta crítica y un intento por comprender al peronismo. A diferencia de la mayoría de los políticos e intelectuales de ese momento, que creían que con el derrocamiento de Perón su movimiento desaparecería, Martínez Estrada sostenía que el peronismo perduraría, y que la Argentina tendría posperonismo para cien años más.
En 1957 asumió la presidencia de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, ese mismo año fue nombrado profesor extraordinario en la Universidad Nacional del Sur de Bahía Blanca. Publicó también varias piezas teatrales bajo el título Tres dramas, y El hermano Quiroga, una biografía crítica dedicada a su amigo, muerto veinte años antes.
Hacia el final de su vida Martínez Estrada escogió que su particular voz recogiera junto a sus coplas predilectas, los textos que él mismo había escrito para dos amigos, Leopoldo Lugones su mentor, y Oliverio Girondo de quien aparentemente lo separaban cuna, lugar social, experiencias, pero que fue, sin embargo, tan cercano a su sentir que considera que han llegado a ser uno solo.
En 1959 obtuvo en Cuba el Premio Casa de las Américas por su ensayo Análisis funcional de la cultura.Don Ezequiel Martínez Estrada falleció en Bahía Blanca, la ciudad que había elegido,hacia finales del año 1964, pocos meses después de la visita que le hicimos.