Ana Gabriel es una compositora y cantante novohispana, quiero decir mejicana, de Sinaloa. Reside en los Estados Unidos de Norte América, en la tierra del “riflero terrible”, del “fuerte cazador”. Sus canciones charras tan próximas como Salamanca y tan remotas como Sinaloa, o la recíproca, fueron cantadas también por una madrileña, reconocida en Méjico como la gran voz de ese género occidental – de un oeste hispano – que es el de las rancheras. La madrileña se llamaba María de los Ángeles de las Heras, pero es todavía conocida como Rocío Durcal. Su éxito en ese género la encumbró entre los hispanoamericanos, incluso por encima del lugar que ocupó entre los hispanoeuropeos.
Pero aquí en la vieja España el nombre de Anna Gabriel – con una doble “n”, índice de la gran civilización centroeuropea – ha sido tomado por una diputada de la Candidatura de Unidad Popular: de unidad de un parte del pueblo catalán, unidad de una parte de esa parte del pueblo español. Las posiciones ideológicas de la nacionalista internacionalista de la CUP son conocidas: su anarcosindicalismo y anticapitalismo parecen avenirse mal con su huida al oscuro centro financiero del capitalismo mundial. Allí se ha despojado del uniforme de activista de vanguardia y ha adoptado modos menos aristados o cortantes. De su boca sale ahora un fluido francés, de donde apenas pudimos escuchar un suficiente español.
El internacionalismo de Anna Gabriel parece inconciliable con el universalismo hispano. Sin embargo, la existencia de una enorme diversidad étnica o cultural de Méjico a la Patagonia, pasando por la abigarrada pluralidad cultural de esta península europea, parece pedir alguna razón de esa irreconciliable hostilidad. Cabe recordar la defensa católica de las pequeñas naciones – en sentido étnico o cultural – que practicara de modo ejemplar el gran Chesterton. ¿Por qué tan opuestos, entonces, su internacionalismo y el universalismo hispano?
Pero tampoco parece que la militancia anarcosindicalista de Anna Gabriel – afiliada a la CGT – se compadezca con su afán de constitución y defensa del Estado, siquiera sea del Estado Catalán. Los Estados – incluso más cuanto más numerosos y diminutos sean –son estructuras aislantes, definidas por una limitación exterior atenta al equilibrio entre estados y una ilimitación normalizadora hacia el interior. Frente a esa multiplicación de Estados o esferas aislantes, el universalismo católico, disculpen la redundancia, configuró un horizonte metapolítico capaz de superar el inestable equilibrio entre estados y de administrar una rica diversidad étnica y cultural en su propio campo de acción. El internacionalismo anarcosindicalista no ha logrado, por desgracia, nada semejante; de ahí que resulte preferible la vieja especie del “anarcocatolicismo”.
Desde luego es inconciliable la defensa de los derechos individuales – aunque sean los derechos de las mujeres individuales– con la exaltación cristiana de las personas singulares. En efecto, no es lo mismo concebir a los seres humanos como individuos libres e iguales – libres en cuanto liberados unos de otros o no unidos por vínculos o relaciones mutuas y en esa medida ecualizados u homogéneos – que concebirlos como constitutivamente vinculados en estructuras comunitarias. La libertad e igualdad abstractas hacen de cada ser humano uno más. La participación en la comunidad – empezando por la célula familiar – hace de cada ser humano uno único, singular e insustituible. Unidad no es unicidad.
La misma relación externa y abstracta que rige el equilibrio entre estados configura las relaciones entre individuos: el contrato. La unión común – comunión – entre los miembros de una familia es de otro orden. La joven Anna Gabriel defiende una educación lejos de la familia y aunque habla de educación por la tribu no entiende por semejante tribu una red de familias, sino una sociedad de individuos libres e iguales. Ni siquiera ya hombres y mujeres, sino más bien cuerpos parlantes – como dice Paul B. Preciado – que deciden, según su pretendidamente omnímoda voluntad, su propia y efímera constitución. De hecho serán las oscuras fuerzas que construyen la opinión pública las que den forma a esas prístinas voluntades. Entenderán que, así las cosas y aunque me resulte lacerante que dos trabajadores cobren – en razón de su sexo – sueldos diferentes por un mismo trabajo, no pueda sumarme a la próxima huelga de mujeres… libres e iguales.