Traducción de Pilar Vázquez. Alfaguara. Barcelona, 2018. 189 páginas. 17,90 €. Libro electrónico: 9,99 €.
Por Daniel González Irala
La altura como escritor, pintor y cineasta de John Berger resulta de una calidad indiscutible, y no solo por los testimonios de Isabel Coixet y Susan Sontag. Así lo prueba esta obra de teatro escrita al alimón (esta colaboración no sería la única) con la dramaturga ucraniana Nella Bielski. Se trata de un título que hoy felizmente se recupera para los lectores españoles. El último retrato de Goya es inclasificable como comedia, acercándose más a una sátira con poética surreal de lo absurdo, todo ello con tintes posmodernos.
Diez personajes pueblan el argumento: el jardinero que cuida el camposanto donde será enterrada la duquesa de Alba en Madrid; Pepa, su hija de unos veinte años; la viuda y madre del pintor; un enano mendigo impertinente que parece recién salido de la comedia del arte italiana y oficia como tal de narrador por momentos; un futbolista; un ministro de Agricultura cuya traducción de un himno socialista le costará insospechadamente la vida; y un médico pseudointelectual que provoca disertaciones inoportunas en don Paco (como así llama al más que universal pintor de Fuendetodos). Tres actos y un prólogo permiten ver cómo el pintor homenajeado decide desafiarlos a todos (en tanto le han resucitado cuando llevaba tres siglos muerto) a representar como él ya hizo la crónica negra de España en Los fusilamientos del 2 de mayo.
Ante este desafío de Goya a su pueblo, no queda más que revivir la Guerra de la Independencia tal y como aparece en los libros de Historia. En este sentido, la obra que, con personajes del siglo XX se enfrenta a ello, opta por el humor flemático propio de Inglaterra, convirtiendo lo grotescamente serio en ridículo. No obstante, si con alguien es respetuoso Berger es con el sordo pintor aragonés de antaño. Todo ello lo vemos en el parlamento que el pintor brinda al futbolista Tonio (acto 2, escena II): “Los locos son inocentes, incluso los rabiosos que encierran en jaulas colgadas del techo, incluso esos […] Los verdaderos locos de atar no están encerrados. Nunca lo han estado. Andan sueltos por ahí, ejerciendo su locura. En todos los siglos la han ejercido”.