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David Hasselhoff: "No quiero que mi intimidad se convierta en 'comidilla de peluquería'"

la entrevista

Lunes 14 de julio de 2008
La serie era una alegria para los sentidos ¿verdad?
(risas) Las chicas tenían unos cuerpos, que parecían diseñados por ordenador, y los chicos eran tan espectaculares que me animaban a no descuidarme. Cualquier exceso en las comidas o dejadez en el gimnasio.. ¡adios a la tabla de chocolate! (risas)

Bueno, siempre tendría a mano la de surf...
¡Qué aguda! La verdad es que era un hombre “a una tabla pegado”, pero tenía su lado bueno, porque el ejercicio que hacía con ella durante los rodajes, me ayudó bastante a estar en forma.

¿Le preocupa estar “de buen ver”?
Estoy inmerso en una profesión, en la que la apariencia es importantísima. Los actores no sólo ofrecemos el talento que podamos tener, sino que también vendemos imagen. Hay veces que todo eso se convierte en una especie de presión, que cansa bastante con el paso de los años... pero uno llega a asumirlo como parte del juego ¿no?

En "Click", su último trabajo estrenado en la gran pantalla, se metía en la piel de un auténtico “fashion victim”...
Si quieres saber si tenía algo de mí, te diré que bastante más de lo que el público se puede imaginar. No llego a sus extremos de esnobismo, de fiebre por la vida cara, ni de obsesión por las marcas elitistas de moda, pero me gustan las mujeres como a él, vestir bien como a él, disfrutar de la vida como él.

Es decir, personaje hecho a su medida...
Diría que sí... , lo que me convierte en un privilegiado, porque los actores no siempre podemos elegir los papeles que nos apetecen. La industria es la que marca las pautas... y el público el que nos pone en su sitio. La taquilla es la que manda, la que te permite sobrevivir en la profesión.

En su caso, ha sido la audiencia televisiva la que le ha convertido en alguien respetable...
El poder de la televisión es inimaginable. Yo venía del mundo de la música, porque lo que a mí siempre me ha gustado ha sido cantar. La televisión llegó a mi vida por azar, que es como suele ocurrir con las cosas que se llegan a cambiar tu vida...

Ese “golpe de suerte” le ha convertido en un hombre con poder en la industria... y con una cuenta corriente millonaria...
Dicho así parece que todo “me ha caído del cielo”. He trabajado duro, pero la suerte me “vino de cara” cuando aposté por “Los vigilantes de la playa”, no por el hecho de actuar en ella, sino por convertirme en productor de la serie. Algo me decía que podía convertirse en un fenómeno televisivo mundial. Nadie creía como yo en esa proyección y ¡ya ves!, la serie ha recorrido ya 140 países, con más de mil millones de espectadores cada semana de emisión.

Es decir, que tiene la jubilación asegurada...
La mía y la de mi familia... (risas). No luché sólo por mí, durante todos estos años. Mi familia y su bienestar ha sido siempre un factor muy importante –y hasta decisivo, te diría– para no decaer en los momentos bajos, que hubo muchos. La fama no siempre es sinónimo de felicidad.

¿A usted le ha “jugado” malas pasadas?
Sin duda alguna, pero siempre he tenido la suficiente fortaleza para salir adelante. Cuando eres famoso, la gente quiere saber más de ti, y la prensa se presta a ofrecer esa información, que tú procuras guardar para ti. La fama legitima a los demás a conocerlo todo de ti, sobre todo de tu intimidad. Y ahí es cuando yo me he sentido invadido.

Nunca se ha negado a posar con tu familia, por ejemplo. ¿Ahí ha estado el error?
Mi familia es parte de mí y, en cierta medida, de mi proyección como actor popular. Nunca la he escondido porque sería negarme como persona, en cierto sentido, pero “prestarme al juego” de contar mis intimidades en las publicaciones, eso es otra cosa. He hecho concesiones con mi familia, es cierto, pero no quiero que mi separación, o mis temas íntimos se conviertan en “comidilla de peluquería”.

Eso es algo dificil de evitar.
Asumo que el actor se convierta en patrimonio de todos, pero el hombre debe tener el derecho de vivir, en privado y soledad, lo que le atañe dentro de su casa. Yo no voy vendiendo mi matrimonio, mi separación, mis problemas familiares por la televisión, por eso creo que no exijo demasiado al esperar respeto.



¿Ha sentido que se le ha privado de él en algún momento?
Ultimamente sí, pero no quiero ahondar en ello para no caer, precisamente, en lo que te estoy contando. Uno tiene derecho a equivocarse, a acertar, a vivir, en definitiva, pero en su intimidad. Cuando hay que solucionar los problemas “desde un escaparate”, la vida se pone muy cuesta arriba.

¿Es, en estos momentos, cuando a uno le gustaría mirar sin ser visto?
No está mal visto. Eso de convertirse en invisible, en anónimo de nuevo, no es mala idea (sonrisas). La verdad es que yo he luchado por ser lo que hoy soy, primero desde la música y luego como actor. No es que ambicionara ser un triunfador, pero sí quería llegar a conseguir aquello que me gustaba, exteriorizar lo que llevaba dentro. Poder hacerlo y que me lo hayan reconocido es todo un privilegio, pero no conté con los “contras”. Al enfrentarme a ellos es donde tengo que demostrar mi fortaleza. Y en ello estoy en estos momentos, en los que se desmorona mi vida personal.

¿Es ahora cuando el trabajo es “una vía de escape”?
En cierta medida sí, pero también es una terapia. Mientras estás sumergido en tus negocios, rodando películas o cantando, te olvidas de todo, pero las cosas cambian cuando llegas a casa y te enfrentas, en soledad, a lo que has trastocado tu vida. Ahí es donde uno tiene que demostrarse a sí mismo que puede salir adelante.

Y los recuerdos no ayudan ¿no?
Ese es el duro peaje del fracaso, los recuerdos y las vivencias. Cuando pasas por situaciones delicadas siempre piensas en los momentos felices, a mí se me amontonan más los buenos que los delicados... y eso lo hace más difícil de superar. Dicen que el tiempo pone a cada uno en su sitio, que todo lo cura. A veces los refranes son un buen consuelo.

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