Opinión

Volver a las raíces de Europa

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 04 de marzo de 2018

En Europa, estamos padeciendo una epidemia de olvido que amenaza el futuro de nuestro continente. Los populismos de derecha e izquierda están aprovechando la debilidad y la confusión de un proyecto cuyas raíces se han ido soslayando en los últimos años. Quizás todo comenzó cuando, allá por el año 2003, se debatía si el proyecto de Constitución Europea debía contener o no una referencia a las raíces cristianas de Europa, es decir, cuáles eran sus orígenes históricos y sus referentes culturales. Al final, el proyecto fracasó y se convirtió en el Tratado de Lisboa, que deja en cierta ambigüedad la cuestión. Se refiere a “la herencia cultural, religiosa y humanista de Europa, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona, así como la libertad, la democracia, la igualdad y el Estado de Derecho”. Ni una palabra del cristianismo, ni de la tradición judeocristiana ni nada de eso. Al hablar de las “religiones” uno podría pensar que todas ellas inspiraron el europeísmo que aspira a consagrar el tratado.

Así que ahora andamos debatiéndonos en el Viejo Continente entre los populismos y la confusión ideológica como si fuésemos alguien que no sabe de dónde viene ni a dónde va y al que, por tanto, ningún viento le resulta favorable. Como si hubiese cruzado el Leteo, Europa ha olvidado cómo nació y quién la alumbró. En un tiempo de pensamiento débil, quizás deberíamos volver la vista atrás para recordar lo que hemos olvidado.

Joseph Ratzinger, uno de los pensadores más preclaros de nuestro tiempo, dio en 2004 una conferencia que conviene releer a menudo: “Europa. Sus fundamentos espirituales ayer, hoy y mañana”. Entre los elementos unificadores señala “en primer lugar, la herencia común de la Biblia y de la Iglesia antigua, que, por otra parte, en ambos mundos hace referencia a una realidad que está más allá de sí misma, hacia un origen que ahora se encuentra fuera de Europa, es decir, en Palestina; en segundo lugar, la misma idea común de Imperio, la común comprensión de fondo de la Iglesia y, por tanto, también la comunión en las ideas fundamentales del derecho y de los instrumentos jurídicos; por último, yo mencionaría también el monaquismo, que en los grandes movimientos de la historia se ha mantenido como el vehículo esencial, no sólo de la continuidad cultural, sino, sobre todo, de los valores fundamentales religiosos y morales, de las orientaciones últimas del hombre, y en cuanto fuerza pre-política y super-política se transformó en el vehículo de los renacimientos siempre necesarios”. Con diferencias y matices, de aquí venimos los europeos.

Por eso, es imposible comprender qué es Europa si caemos en el adanismo de pensar que todo nació con los tratados o, peor aún, que Europa equivale a la Unión Europea tal como está hoy diseñada. Es difícil reconocer en nuestros días a la obra prodigiosa de Schumann, Adenauer, Monnet, De Gasperi, Spinelli e incluso Churchill, a quien la Unión coloca entre los padres fundadores.

Este olvido es doblemente grave porque tampoco se suele recordar a quienes se sacrificaron por una Europa libre del comunismo, el fascismo y el nazismo. También deberíamos hablar más a menudo de los hitos que fueron jalonando la lucha contra los totalitarismos que asolaron el continente el siglo pasado y que algunos añoran hoy con importantes réditos políticos. Debemos enfrentarnos, pues, a los nostálgicos de aquellos tiempos con la memoria, la historia y la razón de quienes le hicieron frente entonces. El olvido de figuras capitales como los disidentes soviéticos, polacos, checos, eslovacos, húngaros, rumanos, estonios, letones, lituanos, yugoslavos y tantos otros, va de la mano del abandono de aquellos que se enfrentaron contra los nazis y sus aliados en toda la Europa ocupada. A menudo, los mismos que padecieron persecución a manos de los nazis sufrieron antes o después la represión de los soviéticos.

Deberíamos leer más a Víctor Kravchenko, cuya biografía “Yo escogí la libertad” guarda siniestras semejanzas con las “Memorias de un revolucionario” de Víctor Serge y con “Yo escogí la esclavitud” de Valentín González “El Campesino”. Tenemos que volver a Federico Sánchez y a Ana Ájmatova, a Djilas y a Bábel, a Vaclav Havel y a Juan Pablo II, a Marina Tsvetáieva y a Varlam Shálamov. Sin Arthur London, ni Primo Levi ni Stephan Zweig es imposible regresar a la verdadera Europa. Tal vez nadie mejor que aquellos que “lo vieron todo y lo contrario de todo”, como escribió Hélie de Saint-Marc, pueden guiarnos hoy por esta confusión de valores y principios que subyace a la crisis de la Unión Europea. Muchos de ellos fueron disidentes de las utopías que jalonaban de muertos el camino al paraíso en la tierra. Algunos se centraron en la manipulación del lenguaje -ahí está Viktor Klemperer con su admirable “La lengua del III Reich”- y otros en los mecanismos perversos del control social, la delación y la mentira como Norman Manea. Algunos, como Jan Palach o Jerzy Popiełuszko, sacrificaron sus vidas en esa lucha contra la tiranía.

Podríamos mencionar muchos más, pero creo que una enumeración breve basta para señalar que, sin ese regreso a las raíces humanísticas y religiosas de Europa, nuestro continente seguirá confundido entre la debilidad del discurso europeísta y la fuerza de unos populismos de apariencia inquietante y fondo perverso. La pobreza ideológica de la política contemporánea, esa mezcla de ocurrencias, mensajes en redes sociales y miedo a la verdad, está lastrando el impulso que la Unión necesita para salir adelante y superar sus desafíos. La falta de liderazgo en la gestión del euroescepticismo y el desprecio de las identidades nacionales y la diversidad europea han ido de la mano del olvido de los que realmente construyeron Europa. Ahora estamos viendo las consecuencias.