Pertenezco a la especie humana sin haber hecho mérito alguno por mi parte. Todo el mérito obedece al buen hacer de mis padres, ya saben, la semillita y esas cosas, y el resultado es que nací en género masculino. Otros también han venido al mundo, pero haciéndolo en versión femenina. Por consiguiente, desconozco cuál es la diferencia entre hombre y mujer.
Podía haber nacido ornitorrinco u ornitorrinca, vayan ustedes a saber, pero es lo que hay. La cuestión que debe preocuparnos tanto a unos como a otras no es la diferencia de sexo, sino más bien que entre medias de ambos géneros existe una subespecie conocida como estupidez humana. En mi caso, por suerte y gracias a mis padres, aprendí lo que en aquél entonces se llamaba respeto, ya sé que esto en la actualidad está muy mal visto, pero gusta de ser recordado. Entre la mujer y el hombre no hay más diferencia que la manera de pensar entre sí, pero esto es por mera cuestión hormonal y hoy prefiero no tocar las glándulas endocrinas de nadie porque es un tema muy personal de cada cual.
Como digo, la estupidez se ha instalado en nuestra sociedad como algo de primera necesidad, de manera que tanto los machistas como las feminazis abrazan parecidas conductas a la hora de ir contra la cordura igualitaria. Para mí esto es el orden inverso a lo correcto, pues una vez eliminado el respeto como higiénico modelo de convivencia lo que queda es aceptar la mediocridad residual. Hago esta aclaración para depurar el movimiento de la anunciada huelga feminista.
Qué la mujer haga huelga por su condición tan desigual en la sociedad, me parece de lo más acertado; es más, la secundo, la apoyo, pero me preocupa la politización de los actos. Estamos en el siglo XXI dentro de una sociedad en donde la libertad de expresión goza de buena salud y lo que no se consiga por declamación institucional no queda otra que el salir a la calle y que obre el milagro. Ahora bien, la calle hay que tratarla como un foro de reprimendas, de avisos y de coherentes reparaciones y nada de enaltecimientos radicales. El sufragio moderado es un medio de liberación basado en la razón de los tiempos actuales como lo fueron las conquistas de tantos derechos cosechados en los siglos pasados. Para ello es necesario que la mujer sea feminista convencida, libre y nada activista. Por eso conviene estar al margen de la manipulación y del caladero de la clase política. La razón de la igualdad no significa enfrentamiento hombre-mujer, como ciertos sectores pretenden que así sea.
La mujer no necesita ser ayudada, tan solo precisa estar protegida y no ser discriminada. A partir de ahí la voluntad del hombre ha de ser de connivencia real con la igualdad. No cabe otra. La vida está inventada desde hace algún tiempo, tan solo hay que erradicar de nuestras vidas a la gente estúpida, esa que cité como subespecie instalada entre nosotros y que por más que fumiguemos no parecen darse por aludidos. Por eso conviene decir basta de tantas brechas salariales y basta de tantas desigualdades. Basta de tanto acoso sexual y tanta molicie alrededor de una asquerosa educación que traiciona los principios cardinales de todo ser humano que se precie en ser libre y honesto. En todo esto sobran los que sobran y falta la vergüenza de entender de una vez por todas que la igualdad se aprende desde el seno familiar y desde las aulas, del mismo modo que se hace para saber leer y escribir.
Ninguna persona ha de estar sometida a otra ni obligada a voluntades con usurpación de honra, por eso la educación es la raíz del respeto. Eso es lo que hay que perseguir para impulsar la igualdad, porque la vida desde el suburbio de los malos tratos es una auténtica vergüenza. Nadie te puede hacer sentir inferior sin tu consentimiento. Por eso animo a las mujeres de bien que hagan suya aquella frase de Emma Watson: “Si no es por ti ¿por quién? Si no es ahora ¿cuándo?” Ahora bien, que nadie salga a la calle a defender una guerra de sexos, esa no es la cuestión. Hagamos pedagogía de respeto que falta nos hace. Ya está bien.