Opinión

La Europa desgarrada

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 11 de marzo de 2018

El ascenso de los populismos de extrema derecha y extrema izquierda en las elecciones italianas del domingo pasado debe llevarnos a la reflexión. En el sur de Italia, se ha alzado con la victoria el Movimiento 5 Estrellas, cuya crítica a las políticas económicas de la Unión Europea y promesas como una renta universal le han granjeado un 32% del voto. En el norte, ha ganado la coalición de centroderecha que lidera la Liga Norte, una formación cuya xenofobia no ha sido óbice para que obtuviese un 17,45 % de los votos. En Francia, el Frente Nacional se reorganiza. Por toda Europa, los populismos comparten la crítica generalizada a las “élites” y pretenden darle voz y poder a “la gente”. Unos señalan como enemiga a la inmigración; otros, al capitalismo y al neoliberalismo. Todos pretenden hablar en nombre del “pueblo”.

Es inevitable ver con gran preocupación la deriva de la política en toda Europa. Quienes deberían contener esta oleada populista -los partidos más antiguos y de mayor experiencia de gobierno- tratan de competir con las nuevas formaciones, abrazan su retórica y pretenden asumir su discurso en lugar de contestarlo. Está dejando de haber un debate de ideas -si es que alguna vez lo hubo, advirtamos- y presenciamos una carrera por ver quién es más radical, quién elabora las consignas más eficaces en las redes sociales, quién grita más alto lo que creen que los votantes desean oír.

Así, el liderazgo político está traicionando los valores que inspiraron a la Unión Europea y, en un sentido más amplio, que han dado vida a nuestro continente. El abandono de los grandes sistemas de ideas en pro de un pensamiento débil (Vattimo) o líquido (Bauman) nos está impidiendo ver el fondo peligrosísimo de estas ideologías populistas: la necesidad de uno o varios enemigos, el cultivo del odio, la inspiración en el resentimiento.

En efecto, los dos extremos comparten -como ya ocurrió en el pasado entre fascistas, comunistas y nacionalsocialistas- esa querencia por señalar a los discrepantes, a los moderados, a los que no abrazan con fervor las consignas del líder. Es inquietante el auge del discurso de odio que, so pretexto de la libertad de expresión, sirve al rencor el hostigamiento, la discriminación y la violencia. Insisto en que la pujanza de esta práctica política es doblemente inquietante porque se hace ante la pasividad -cuando no la complicidad electoralista- de quienes podrían impedirla.

De este modo, frente a la categoría de ciudadanía, el buque insignia de la modernidad, resurgen las identidades tribales revestidas de siglas recién creadas, memorias reconstruidas e historias falsificadas, mitificadas o inventadas. Este culto de las identidades excluyentes -esas que necesitan de un antagonista para afirmarse- tiene muchos rostros. Aquí pretende ser multicultural, pero sólo a condición de demonizar lo europeo. Allá quiere ser europeo, traicionando la promesa de libertad, derechos y razón que nuestro continente encarna. Relegado a un haz de identidades atomizadas, el viejo concepto de ciudadano se ve arrinconado. Con él, queda así debilitada la posibilidad de convivencia, de concordia, de entendimiento.

Europa no es esto.

La Europa auténtica es universal y se nutre del pasado de Grecia, Roma y la Biblia. Los pueblos germánicos que la invadieron en el ocaso del Imperio Romano abrazaron ese legado. Ahí está Carlomagno. Europa demuestra que es posible compartir un sistema de valores sobre los cuales construir la diversidad que ha enriquecido a nuestro continente.

Hace ya más de treinta y cinco años, Juan Pablo II -cuya voz tanto se añora- habló en Santiago de Compostela con una fuerza que debería resonar hoy en nuestras conciencias: “todavía en nuestros días, el alma de Europa permanece unida porque, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos, como son los de la dignidad de la persona humana, del profundo sentimiento de justicia y libertad, de laboriosidad, de espíritu de iniciativa, de amor a la familia, de respeto a la vida, de tolerancia y de deseo de cooperación y de paz, que son notas que la caracterizan”.

Más de tres décadas después, uno ve con tristeza que esa Europa sigue desgarrada como él la describió: “La vida civil se encuentra marcada por las consecuencias de ideologías secularizadas, que van desde la negación de Dios o la limitación de la libertad religiosa, a la preponderante importancia atribuida al éxito económico respecto a los valores humanos del trabajo y de la producción; desde el materialismo y el hedonismo, que atacan los valores de la familia prolífica y unida, los de la vida recién concebida y la tutela moral de la juventud, a un «nihilismo» que desarma la voluntad de afrontar problemas cruciales como los de los nuevos pobres, emigrantes, minorías étnicas y religiosas, recto uso de los medios de información, mientras arma las manos del terrorismo”.

Hay salida, pero no será fácil ni rápida. En aquel discurso, el Sumo Pontífice apuntó el camino: “Por esto, yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca que se ha considerado siempre europea, por sus orígenes, tradiciones, cultura y relaciones vitales; eslava entre los latinos y latina entre los eslavos; Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las. otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: «lo puedo»”.

Estos populismos amenazan con anegar todo lo valioso que Europa ha dado al mundo. Con esta política del enemigo, el linchamiento y el estigma del discrepante, todos los fundamentos de una vida en común están saltando por los aires. Una vez lleguen al poder, estos totalitarios no necesitarán mucho tiempo para demostrar que, sobre el miedo, la violencia y el odio, no se puede construir nada que valga la pena. Por ejemplo, Anne Applebaum demostró en “El Telón de Acero. La destrucción de Europa del Este 1944-1956” que los comunistas apenas necesitaron 10 años para imponer a medio continente un yugo terrible cuyas consecuencias se siguen padeciendo.

Ojalá estemos a tiempo de evitarlo.