Opinión

París, tras una humillante visita

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 14 de julio de 2008
La reciente visita de Zapatero a Marruecos, aparte de otras sabrosas consideraciones, habrá servido para despejar cualquier duda que pudiera subsistir acerca de la calamitosa condición de la política exterior del Gobierno socialista respecto del Magreb. La manifiesta voluntad del Presidente español de trasladarse a Marruecos no se sabe muy si a entrevistarse o a rendir pleitesía al monarca alauita quedó en suspenso durante muchas semanas hasta que desde Rabat se fijó una fecha tan rebuscada e insólita como la propia ciudad elegida por Mohamed VI para el encuentro y las mismas condiciones de fondo y forma del mismo. Los marroquíes hilan muy fino y sería una enorme ingenuidad atribuir a la mera casualidad esas circunstancias de tiempo, lugar, protocolo y agenda. Nadie puede creer que sea puro azar la elección del 11 de julio, sexto aniversario de la ilegal ocupación del islote Perejil por parte de Marruecos. A los pocos días el modesto contingente marroquí fue desalojado tras una operación militar española y la arrogancia de Mohamed VI sufrió la peor humillación de su reinado.

Hacer ir a Zapatero a una lejana ciudad, Uxda, recibirle sin las mínimas exigencias protocolarias (una sola banderita española y, al parecer, mal colocada) tiene todas las trazas de un resarcimiento por aquella ya lejana humillación. Pasarle por las narices inmediatamente y sin el menor tacto diplomático la supuesta marroquinidad de Ceuta y Melilla venía a ser, por su parte, un intento de sacarse la espina que en la sensibilidad marroquí dejó el viaje de los Reyes de España a las dos ciudades españolas del norte de África. Todo ello, además, como si Uxda, en la frontera con Argelia, fuera una especie de Canossa donde se cita a un dirigente extranjero que no merece ser acogido en la capital del reino. Frontera esta argelino-marroquí, por cierto, que, en estos momentos, es la única del mundo que permanece cerrada a cal y canto.

Para rematar la jugada los dirigentes marroquíes volvieron a reclamar su supuesta soberanía sobre el Sahara Occidental, en contra de las todavía vigentes resoluciones de Naciones Unidas que exigen la autodeterminación de los saharauis. La España de Zapatero se ha pasado abiertamente a las tesis marroquíes, pero sin que haya logrado mejorar el fondo de las relaciones bilaterales, como muestra esta desgraciada visita del 11 de julio. Al asumir el punto de vista marroquí, Madrid no previó los inevitables “daños colaterales” en las relaciones con Argelia -partidario de las tesis del Polisario- que ya se han concretado en serios perjuicios contractuales para nuestras empresas gasistas y petroleras. Francia, una vez más, ha sido quien se ha alzado con el santo y la limosna. Y es que Rabat nos mira por encima del hombro, consciente de nuestra patente debilidad internacional y amparado por poderosos amigos como son Francia y los Estados Unidos.

Más aún, España, incapaz de manejar las evidentes complejidades de Proceso de Barcelona ha visto como Sarkozy se hace también con el liderazgo de la UE en el Mediterráneo con su Unión, lanzada oficialmente a bombo y platillo en la cumbre parisina del pasado domingo, y en la que, según todos los indicios, a España le va a corresponder un papel secundario. Por no hablar de las escasas posibilidades de que Barcelona se convierta en sede permanente de la nueva Unión que, según todos los indicios, se establecerá en Marsella. Al transformar una “política” europea en una nueva estructura organizada Sarkozy ha “madrugado” a los españoles. ¿Se acuerdan de aquella cumbre mediterránea (2005) en la que Zapatero, a micrófono abierto, pedía a sus colaboradores un documento “como sea” para rematar la fracasada reunión? De paso, además, Sarkozy se ha cargado la vacua Alianza de Civilizaciones con una propuesta con mucho más contenido... a favor de Francia.

Todo esto es un pequeño muestrario de la desastrosa política del dúo Zapatero-Moratinos en el Magreb. Parecía que Zapatero, después de su discurso del pasado 17 de junio, había descubierto (¡y ya era hora!) la importancia de la política exterior. Allí dijo que “Marruecos y Argelia merecen una especial referencia”. Pero ahí quedó todo. Y si tenemos que juzgar ese supuesto nuevo interés por estos últimos movimientos es para echarse a temblar. Zapatero -en agudo contraste con Sarkozy- parece sentirse como el presidente de una ONG (lean su discurso), más que como máximo responsable de un Estado con intereses y compromisos en muchas partes de este mundo globalizado pero, antes que nada, en nuestra inmediata vecindad.

TEMAS RELACIONADOS: