Opinión

Antonio León

José Suárez-Inclán | Lunes 14 de julio de 2008
Recuerdo vagamente a un picador de la cuadrilla de Antonio León roncando, brazos y piernas fuera, en la cunita de Pilar, mi hermana pequeña. Era verano, días castellanos de azul pavo y oro, campos de cereal cercando los pinares resineros, chicharras de día, grillos de noche, y el Duero, mermado por el calor, entrando perezoso por el puente romano. Almazán era parada común para los toreros que iban a Soria, a Pamplona, a Logroño... incluso a Zaragoza. No sé a dónde iría Antonio León aquel verano cuando mi padre les exigió a él y a su cuadrilla tomarse un aperitivo que los dejó a todos en la paz de una siesta poderosa. Algo parecido a lo que los médicos llaman ahora intervenir con sedación. Los amigos eran así entonces. Y los toreros también. Puede que fuese a primeros de junio y que Antonio se encaminase a recibir una cornada en Zaragoza, o bien a finales y se oyese un fondo de sanjuaneras sorianas; tal vez ya era julio, sanfermines -me suena que se cantaron jotas navarras y el gran matador no perdonaba el encierro- ¿o era ya un septiembre -feria de Logroño, su tierra- de aquellos veranos largos y espaciosos que morían en el Pilar, como si el calendario escolar lo marcase la temporada taurina? No recuerdo los datos de aquellos primeros sesenta, pero es intensa aún la admiración y la alegría del torero y su cuadrilla por la casa.

Estoy en la plaza de Logroño, 22 de septiembre del 62, y Antonio León, muy delgado -unas señoras le llaman “el chispillas”- alterna con Curro Romero y Paco Camino. Es su alternativa y juega en casa: el corazón se le sale del vestido -¿era azul pavo y oro?- y al ritmo precipitado de sus movimientos el toricantano precipita también sus ansias sobre el Concha y Sierra que le ha cedido el faraón. Pero al cerrar plaza, la vehemencia de la sangre se ha templado y marca ahora un ritmo de faena -“mira el chispillas, mira el chispillas, vale lo que los otros dos juntos”- y un volapié hondo y certero que le otorgan dos orejas.

Nadie mataba como Antonio León: marcaba los tiempos, se tiraba a lo alto, por derecho, sin violencia, sin tretas, con una sinceridad pasmosa y lenta, toreando hasta el final, vaciándose, cogido muchas veces, sin renunciar jamás a la autenticidad de la suerte. Ni de la muerte. Marcó el camino de un estilo, de una ética -ahora en las entrañas de la polémica- que unos llaman trágica, otros suicida, y los más, torera. Él no la tildó con adjetivos; la ejecutaba con la naturalidad de quien no puede hacer otra cosa, con la torería del deber cumplido, de la grandeza triunfante de los humildes, nunca de los sumisos ni de los farsantes. El año pasado le hablé de él al maestro Antoñete. Ladeo la cabeza con gesto de admiración, alargó el morro, puso la mano derecha convexa sobre la izquierda y accionó levemente la muñeca dos veces sobre el morrillo de toro imaginario. Buuuhh, fue lo único que dijo.

El día del Pilar del 63, que confirmó en Las Ventas, tuve el honor de que me brindase un toro. Aún siento el tacto de su montera, que mi madre cogió al vuelo, en las manos, en la infantil cabecilla pelona que se la ponía nervioso, jugueteando, mientras rezaba entre los sustos que proporcionaba a torero y afición el sobrero de García Aleas. Aquella montera, que devolví al maestro sonriente, tras el volapié pasmoso, en la arena madrileña, es una lección de vida y tauromaquia, un brindis de antes al toreo de ahora. Vaya por ustedes.

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