Opinión

Tiempo, trino y realidad

TRIBUNA

Marcelo Wio | Martes 13 de marzo de 2018

Trocitos de realidad. O ni siquiera. Flacas vanidades, fantasías complacientes. Esbozos de suceso. Cada uno o dos segundos, según a quién siga uno en su línea de tiempo (el famoso TL, “timeline”, del fugaz Twitter – gorjeo, trino, en español): un reloj que va más rápido que los acontecimientos y que el propio tiempo.

Relataba el historiador de las ciencias James Burke en su serie Connections (BBC, 1978), que el reloj, aproximadamente como lo conocemos hoy – entonces, claro, más grande, más elemental; y más bien con funciones de despertador, que como indicador de las horas – resultó de la síntesis de conocimientos previos y de la necesidad monástica de cumplir con los oficios religiosos. Por el contrario, este otro “reloj” parece concebido para lo opuesto: dormir al usuario meciéndolo en la sensación de conocimiento, de debate, al alcance de un clic y de un breve tecleo.

Desbocado el oscilador de este “cronógrafo”, por la pantalla resbalan titulares, comentarios, ofensas y contra-ofensas, y odios y adulaciones; y de tanto en tanto, alguna solidaridad, alguna de esas pequeñas maravillas – una foto en blanco y negro, un vínculo a un texto enriquecedor, una voz y una melodía conmovedoras – que ese destiempo no alcanza a deslucir. Pero casi siempre, fragmentos: restos de descomposición de escena cayéndose a ninguna parte. O allende el límite vertical inferior de esa geografía plana y rectangular en la que, cada vez más, habitamos. Acaso porque allí, creemos, o nos pretendemos convencernos, cada cual es esas sucintas palabras (a pesar de que no pocos arremetan encadenando trinos con cierto afán de demostración incontestable) sin responsabilidad, sin presencia, sin compromiso: y así es como se borra, se bloquea, como si se cancelara al “otro”.

Mas, cuando se apaga la pantalla, allí está el mundo, sin “me gusta” ni “re-trinos”. Un mundo cuyas certezas e incertidumbres dan en plena cara, aunque todas las ventanas estén cerradas.