Opinión

¿Qué fue de la autocrítica?

José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 14 de julio de 2008
La paradoja es la sal de la política española de todos los tiempos, pero singularmente, por su iconoclastia y adanismo, de la de los actuales. Reclutados masivamente sus cuadros y gran parte de sus militantes más ardidos entre las generaciones adoctrinadas en sus días bachilleriles y universitarios, el amor por la autocrítica en que fueran educados por el influjo entonces arrollador del marxismo se ofrece hodierno muy decaído en sus hábitos y métodos.

El mundo del “buenismo” -neologismo expresivo mas quizá no muy acertado- y la perfección semeja enmarcar, en su boca y declaraciones, su actividad y proyectos. El panglosismo y ufanía que rezuman su interpretación y juicio del presente aceman cualquier aproximación crítica a los muchos problemas del momento, pero no así, sorpresivamente, a la hora de analizar el pasado. Por lo común, éste aparece envuelto en sus prédicas y enfoques en malformaciones y errores, como la suma, a las veces, de todos los errores. El ayer cercano, el de la dictadura, pero también, en no pocas ocasiones, el más distante, comprendido el de los siglos clásicos, desterrado todo él de planes y asignaturas de la docencia de los grados primario y secundario.

De este modo, el discurso propagado desde las altas esferas gobernantes no puede ser más efectivo cara a sus objetivos de consolidar la hegemonía en una sociedad aletargada y prejuiciosa. Al paso que una censura inflexible describe lo anterior con frecuencia au noir, lo actual recibe el aplauso más rendido del lado de sus principales gestores e incontables usufructuadores de un establishment en el que los escrúpulos morales -al igual, de otra parte, que en la sociedad española- no ocupan lugar alguno importante. En el interior de una de las columnas esenciales del Sistema, los partidos políticos, la crítica es, de ordinario, flor de estufa y ni tan siquiera el antaño satirizado “contraste de pareceres” da muestras de existir. Las sombras y manquedades se reservan en exclusiva para el adversario, sin que se vea en la autocrítica ninguna utilidad para la corrección y mejora de una conducta asistida de todas las virtudes. En el colmo de la extravagancia, en el seno de ciertas formaciones políticas un día caracterizadas por su encendida apología del método reseñado, situadas a la fecha en la cuneta de la historia, exigen de ésta una segunda oportunidad para dar vida a una cosmovisión naufragada por el intrusismo de gentes ignaras o desleales...

El espectáculo así conformado en una coyuntura que no fuese la española de la segunda mitad del año 2008 no tendría otro efecto destacado que el de la provechosa meditación en punto a las flaquezas y peculiaridades de la fauna política. Empero, en una tesitura especialmente delicada como la de una democracia que, con treinta años de existencia, descubre cuotidianamente un grave déficit de espíritu crítico, la cuestión adquiere proporciones pesarosas. El observador más romo contempla asiduamente en nuestra convivencia la falta completa de opiniones contrastadas, de controversias enjundiosas, de lizas ideológicas donde los argumentos ad hominem y la descalificación sectaria y fundamentalista cedan paso a planteamientos abiertos con decisión a la búsqueda de fórmulas y verdades que presupongan el ejercicio intelectual de la autocrítica como medio, a las veces, el más idóneo para el acierto. Y, esculcado con detenimiento, refulge en él la conciliación de las vanguardias... Pues, en verdad, la autocrítica, actitud subjetiva, personal e intransferible, requiere siempre complementariamente del “otro” -torcedor o ayuda en nuestro propio camino- para ser fecunda.

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