Opinión

¿Causa o efecto?

Carlos Madrid Casado | Lunes 14 de julio de 2008
Es un error de graves consecuencias la mala inteligencia que se está haciendo de la crisis del Partido Popular. La saña con que algunos ideólogos están arremetiendo contra Mariano Rajoy no ayuda a arreglar las cosas. Más bien lo contrario. Buena parte de la derecha española acusa a Rajoy de haber traicionado a sus electores, de hacer el juego a nacionalistas y socialistas, de estar rompiendo el Partido Popular y, en definitiva, de llevarse por delante la unidad de España.

Este diagnóstico es, en mi opinión, profundamente injusto y radicalmente equivocado. No creo que Mariano Rajoy esté actuando contra el Partido Popular, ni que sea el responsable de su crisis, ni menos aún de la crisis de la unidad de España. Todo lo contrario. No es la crisis del Partido Popular lo que está provocando la ruptura de la unidad de España, sino, al contrario, es la decadencia de España, su falta progresiva de unidad política y social -compartida y fomentada por todos: nacionalistas, socialistas y conservadores-, lo que está rompiendo el Partido Popular. La crisis del PP no es la causa sino el efecto de la crisis de España como nación política.

El hecho del que hay que partir para entender lo que está ocurriendo me parece claro: “la unidad de España” propuesta por el Partido Popular en las elecciones de marzo de 2008 no ha sido aceptada en las urnas. La mayoría de los españoles ha dicho no a la unidad de España. Y lo primero que hay que preguntarse es esto: ¿en qué consiste “la unidad de España” propuesta por el Partido Popular? ¿A qué han dicho no, exactamente, la mayoría de los españoles? Las cosas no son sencillas.

La derrota ha puesto al Partido Popular en una situación difícil. Mantener la apuesta significaría internarse por un camino doblemente peligroso. Significaría, en primer lugar, “no asumir el resultado de las urnas”. Así al menos podrían presentarlo, y así lo presentarían, tanto socialistas como nacionalistas: como una actitud “antidemocrática” que les serviría de coartada para hacer frente a los populares y forzar una radicalización de las posturas. Y significaría también, en segundo lugar, la renuncia de hecho del Partido Popular a la posibilidad de obtener el poder en las próximas elecciones generales: la alianza entre socialistas y nacionalistas es lo suficientemente sólida y estable como para alargarse indefinidamente en el tiempo; el suficiente, en cualquier caso, hasta que los nacionalistas decidieran levar anclas y largar amarras.

La posibilidad de ser desplazado sine die del poder nacional es, con toda seguridad, lo que ha visto Mariano Rajoy y lo que le ha llevado a tomar la decisión de dar marcha atrás. La decisión, sin embargo, implicaba el sacrificio de María San Gil y la esterilización del Partido Popular vasco: exactamente lo mismo que ya ocurrió en 1996, como consecuencia del pacto de José María Aznar con Pujol, y que tuvo por consecuencia la decapitación de Aleix Vidal-Quadras y la neutralización definitiva del Partido Popular de Cataluña. Conviene entender bien esto, porque es lo esencial de la crisis y lo que peor se ha interpretado. No es una cuestión de enfrentamiento entre personas, ni de lucha por el poder, ni nada parecido. Lo que ha habido es, sencillamente, una cesión de legitimidad. Lo que en 1996 cedió Aznar al nacionalismo catalán, y lo que doce años más tarde acaba de ceder Rajoy al nacionalismo vasco, es la legitimidad: la renuncia -implícita o explícita- a la españolidad, y, por lo mismo, el reconocimiento de la legitimidad de los proyectos nacionalistas-separatistas. La mera aceptación de la posibilidad de dialogar implica la aceptación de la legitimidad del proyecto.

TEMAS RELACIONADOS: