Estamos cambiando el mundo, estamos corrigiendo el diccionario. Pocos signos más patentes de nuestra insania. Hemos retirado del diccionario los términos “zorra” o “fácil” referidos a las mujeres y decidimos que entren así en desuso. Para transformar nuestro feo rostro, retocamos el espejo. El diccionario que humildemente quiso recoger el uso efectivo de la lengua, sin pretensión normativa, se erigiría ahora en fuente de la misma realidad.
Tras la apariencia ingenua se esconde un gesto de soberbia. Como si el mundo adquiriera su figura al dictado de nuestras voces, como si bastara retirar una palabra para acabar con una realidad o modificar un término para alterar un estado de cosas. Nos pretendemos dotados de un logos espermático o generativo. Decimos: ¡sea la igualdad! y creemos que la igualdad se hace. La ilusoria operación, quiero decir, la ideológica operación es cotidiana y resulta un síntoma de neurosis. El neurótico falsea parcelas de la realidad, las disfraza o las compone según el sentido de sus pulsiones. Modificamos nuestro léxico mientras crecen diariamente los casos de agresión y de violencia, mientras la atmósfera de nuestra vida compartida se hace paulatinamente irrespirable. Irrespirable e ininteligible porque hemos torcido el valor de las palabras para hacerlo coincidir con el panorama de nuestras ilusiones. Dañadas de este modo las palabras han de dejado de servir a la comprensión del mundo.
Sin embargo lo sostenido y pertinaz de este esfuerzo de autoengaño manifiesta la sólida resistencia de la realidad. Las empresas dedicadas a la producción y el comercio de bienes de lujo también quieren modificar el término. Pero esta pretensión está lejos de resultar reciente: en consonancia con la completa inversión que caracteriza a la modernidad se trató – ya a lo largo del siglo XVIII y XIX – de invertir o pervertir el sentido tradicional del lujo para que dejara de aludir a un consumo de bienes innecesarios, pasando a significar un medio de confort de algún modo necesario para la buena vida o, incluso, para la vida buena. La joven burguesía ya defendió su derecho al lujo en cuanto medio de una vida cómoda, frente al sentido del lujo en el Antiguo Régimen como mera ostentación e indicador de estatus. En la primera defensa del comercio y en la lucha inicial contra todo límite que pudiera interponerse al intercambio se elaboró por vez primera una apología del consumo de objetos superfluos o de lujo, bajo la consideración de una utilidad superior.
Resulta un signo esperanzador de la sólida resistencia de la realidad que, todavía a la altura de nuestro siglo XXI, sigan asociándose a los bienes de lujo restos de un rechazo y menosprecio tradicionales, vestigios de los viejos vicios del orgullo y la vanidad. Es un signo desesperante de la misma solidez que la modificación del diccionario no evite la agresión, la humillación o la violencia. En ambos casos tenemos una prueba, menor pero significativa, de que la realidad no está – al menos enteramente – bajo el dominio de nuestros decretos y que no basta mudar las palabras para cambiar las cosas. Acaso, y ésta es una cuestión fundamental, ni siquiera podemos modificar las palabras.
Viktor Klemperer, asesinado por el nazismo, escribió en los términos crípticos de una lengua sagrada una revisión de la perversión a la que el régimen nacionalsocialista sometió a la lengua alemana (L.T.I. Lingua Tertii Imperii) su obra muestra la proporción directa existente entre el aumento de neologismos y el enrarecimiento de la vida pública. La abundancia de improperios, difamaciones, ofensas o insultos que se escuchan en las calles será sustituida en el diccionario por un léxico depurado y translúcido. Nos hemos puesto a “limpiar las palabras de la tribu” (Mallarmé) pero la tribu parece quedar intacta. Aunque pudiera suceder que logremos un resultado ciertamente asombroso e improbable: una sociedad de violadores y asesinos relamidos y bien hablados. Una sociedad de criminales de lo más fino…