La semana pasada rotulé mi intervención con la mexicanísima palabra “desmadre”: “la ausencia total de orden” y con enormes probabilidades de no resolverlo. Pues hete aquí que me quedé corto.
Con Trump hemos pasado del desmadre que es su vida, su gestión, su desgobierno, a un verdadero, innegable e inocultable megadesmadre. Carente del más elemental sentido del saber estar, gamberro y silvestre en sus alocuciones, entre bipolar y esquizofrénico, es un mandatario de mente. Es que no salgo de mi asombro, me rebasa la estupidez de Donald Trump.
Apenas le contaba mis impresiones acerca de la reboruja de acontecimientos acaecidos a la vera del Potomac, esa incontenible cascada de desatinos y disparates de su autoría, cuando al cierre de mi nota aquel troglodita expresó que México es un país malcriado. ¡Vaya morro qué se carga el tipo! Semejante picardía espetada en un momento de diarrea cerebral, de esas frecuentes incontinencias que padece el perillán bribonzuelo de marras, es congojosa. El barbajanzazo solo me ha inducido a mover la cabeza en sentido negativo, pues no solo ya doy por perdida su cordura, sino que lo veo preso de su locuaz megalomanía de perdurabilidad incombustible. Me resulta tan embarazoso su caso, que me es repugnante.
Es que merece una adecuada respuesta tanta idiotez acumulada, mostrada sin reparo ni recato alguno, porque sería indigno quedarse callado. Hasta el miserable y agachón gobierno priista que tenemos, salió al paso. Tarde como siempre –pues ha dejado pasar muchas al yanqui– lo ha reñido, lo que es una muestra de que Trump ha perdido el piso, porque como se lo he expresado ya, lo que es el don de saber estar jamás lo ha tenido y este politicastro desconoce el pundonor.
Menudo personaje que no conoce límites. La verdad es que en esa ocasión medio planeta salió insultado en un discurso balbuceado recién. Me circunscribo a México. Las escuetas referencias solo advierten que lo llamó malcriado. Él, un verdadero monumento a la mala crianza, por no decir a la mala leche. Su obturado intelecto, y sé que obtengo de usted su avenencia, le hace mal para pensar que puede ir por el mundo insultándolo. Mas, se equivoca. No habla desde un pedestal impoluto del que carece ni como jefe de Estado admirable y no es poseedor de un gran liderazgo, ni lo hace desde el mejor país del mundo y sí desde uno al que nadie le pide lecciones que tan gratuitamente pretende dar el muy entrometido.
La expresión de Trump corresponde con la mejor del racista Teodoro Roosevelt y su política del Gran Garrote, que diezmó la América hispana en las décadas siguientes al Desastre del 98. El racista Trump se lanza contra México por enésima vez. Lo acusa de tal porque no responde ni corresponde a sus exigencias como se esperaría, como les encantaría a los yanquis tenernos con el pie en el cuello. Por menos un mequetrefe de quien le hablé semanas atrás, se liaba conmigo porque le respondí alguna vez que ese país también tiene grandes problemas, de seguridad por ejemplo, y que por lo tanto no está en posición de insultar a nadie. Pero claro, no les gusta la gente que les responde. Faltaba más y con la razón en la mano, menos.
¿Malcriado, dice Trump? Habrase visto tanta desfachatez del gandul cuya trayectoria de rompebroqueles lo desacreditan para señalar a nadie. Inaudito proviniendo del presidente de los Estados Unidos, carente del más elemental sentido diplomático. Sus asilvestradas maneras y sus tonterías superlativas nos recuerdan al rústico y esclavista mataindios y alebrestador de texanos Andrew Jackson, al que emula colgando su cuadro en el Salón Oval de la Casa Blanca. Tal para cual. Penosísimo.
Es él quien muestra al suyo como un país malcriado en cada una de sus gesticulaciones e histrionismos. Un zafio que va por la vida pendenciero e ignorante, merecería cerrar el pico. No cabe duda que la ignorancia es atrevida y abona muy poquito a una mejor relación bilateral. Que este botarate esté en ese cargo solo nos recuerda que los yanquis votan con los pies y que desde luego, su arrogancia y su ceguera solo suman a la torpeza de sus acciones. Una tras otra solo comprometen para mal el nombre de su país, de por sí ajado, y la seguridad del mundo y sin abonar nada positivo a su patria con semejantes dislates, si es que en algo le importara, que debería.
Días antes señaló que México no coopera en la lucha antidroga. Días después lo elogia en la materia. Jornadas antes llama loco al presidente mexicano y después adula su capacidad negociadora. Mientras, reconoce que mintió al premier canadiense sobre el status de la relación bilateral. De atar el yanqui, no me cabe la menor duda y podemos constatarlo.
Ya todo esto, Estados Unidos finge no seguir de cerca las elecciones presidenciales mexicanas, pero algunos pronunciamientos en muy diversos tonos, dejan claro que no les son indiferentes los comicios del vecino del sur. El más reciente manifestado por Trump se ha dirigido a decir que en esa carrera por la primera magistratura mexicana hay buenos candidatos y no tan buenos, espetando unas sentenciosas palabras: “Lidiaremos con ello”.
Desde luego que lo diga un pésimo candidato como lo fue él, genera la sorna. Desconocemos si intervendrá para evitar que no gane quien no desea, o, de ganar, tensando las cosas a su estilo, lo increpe y le haga la vida de cuadritos. La verdad es que en México no tenemos claro quién ganara –esencia misma de la democracia plena– así que las expresiones del yanqui suenan a una nueva gracejada. Una más, teñida de mezquindad. Me extrañaría que no lo fuera.
El suyo es un país de escasos estadistas. Trump no será uno de ellos. Su proceder solo nos refresca la idea de la ramplonería que los caracteriza y los estereotipa. Trivialidad inocultable que suma a su peor rostro conocido, que lo adorna. Así pues, aquí el único malcriado en esta historia es Estados Unidos y su impresentable presidente. Y fíjese amigo lector que no lo llamo mal nacido, porque soy plenamente consciente de que puede haber niños leyendo esta columna revisada en ambos hemisferios con el favor de todos ustedes, con el permiso o el descuido de sus apreciables padres. Y uno tiene su pudor, después de todo.
A manera de colofón diré que la verdad es que la renuncia del presidente de Perú debería de ser una adecuada y oportuna invitación para que este otro par renunciara. Trump por permitir la injerencia rusa en el proceso electoral que lo encumbró y Peña Nieto por los múltiples escándalos que salpican a sí mismo, a su esposa y a su gabinete. Par de dos que nuestros países no se merecen.