Opinión

TIC's educativos

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Viernes 23 de marzo de 2018

En nuestra conectada sociedad, aquejada de soledad, algunos deciden abandonar su reflejo en las redes sociales, deciden dejar de mirar absortos la imagen que les devuelve el espejo tecnológico, avatares de un Narciso ultramoderno. A menudo son los expertos en las nuevas tecnologías de la información los que abandonan esa presencia frágil, se desdicen de su fantasma y se limitan al ya viejo uso del teléfono. Algunos de los que abandonan las “redes sociales” son los que mejor saben qué nos jugamos en nuestra entrega al seductor canto de las nuevas tecnologías. Y no se trata únicamente de seguridad o de privacidad.

No es fácil desprenderse de la sombra electrónica que nos persigue, de esa figura pintarrajeada y casi siempre exorbitada de uno u otro modo, que nos dejamos diseñar al vaivén de efímeras tendencias. Las nuevas formas de trabajo y de consumo a menudo exigen anteponer a todo participante una presencia virtual. Las herramientas telemáticas sobre las que operamos median nuestro acceso a un estrato de realidad más directamente manipulable. Ni el carpintero toca la madera, ni el panadero la masa, ni el escritor la página… Hemos abandonado el uso directo de los sentidos que serán suplidos – lo están siendo – por neo-tecnológicos captores de percepción que llevan a un nuevo grado el artificio de nuestra sensibilidad. Nuevo grado, porque la percepción siempre está mediada por la acción humana y sus resultados, si bien hoy esos resultados son aplicaciones que se interponen gravemente en nuestro vínculo con el mundo. Operamos sobre operadores sin llegar al trato efectivo con los fenómenos que se ofrecieron siempre al aparato perceptivo de nuestro cuerpo. En resumen, nos hemos distanciado un grado más del mundo y esa nueva distancia media también nuestras relaciones mutuas. El prójimo es hoy lo que A. Finkielkraut llama telepróximo y así, alejados definitivamente unos de otros, nos consolamos con la farsa virtual sin la cual nuestra soledad real resulta apenas soportable. La pestilente expresión de una emotividad patética y desordenada no es ajena a esta condición conectada.

También el olvido de la idea de verdad puede estar relacionado con ese distanciamiento que nos aleja de todo acceso a alguna forma de realidad. A través de las redes sociales circula en inflación creciente una masiva variedad de contenidos subjetivos y gratuitos: estados de ánimo, auto-representaciones falsificadas, actitudes impostadas que difunden una imagen de sí que sabemos adulterada, opiniones, expresiones, un lodazal de idiosincrasias que aleja cualquier resto de objetividad, de estructura formal, de información contrastada… La imagen ocupa el espacio de la realidad, el gesto el lugar de la palabra, la consigna o el eslogan usurpan el lugar del saber y en la algarabía de voces se confunden en completo cambalache el ignorante y el docto.

La misma velocidad en la difusión y consumo de naderías ejerce sobre la atención un efecto arrasador, navegamos sin pausa de una a otra efímera simpleza con la sensación de no atrapar jamás el sentido real de las palabras. Un juego de luminiscencias, fogonazos que deslumbran y se apagan, nos lleva de un sitio a otro como en los escaparates de un boulevard, como en las grandes avenidas de los novísimos centros comerciales. La atención dispersa y desorientada es consubstancial al nuevo orden del consumo y la publicidad pero alcanza ante nuestras pantallas la forma más determinada. A nadie debiera sorprender las carencias en la capacidad de atención y concentración de los más jóvenes. Generaciones que nada saben ya del curso lento de la lectura, de la formación en la paciencia y la tenacidad que supone el paseo, el trabajo manual, el silencio, la atención prolongada. El nuevo trabajador – como el consumidor – vive hoy en un estado de excitación autoexigente. Ni en el trabajo, ni en el consumo: nada nos basta. La vieja novela – ese género característico de una modernidad ya superada – ha quedado sobrepasada por trepidantes bestsellers e incluso las películas de éxito masivo hace una década resultan de una sofocante lentitud para los más jóvenes. Los nuevos éxitos juveniles agotan la paciencia, transformers de una enloquecida actividad sin otra complejidad que una mecánica acrobacia o crepusculares sagas de una pornografía de baja intensidad que sugieren inclinaciones útiles a la formación de un estado generalizado de insatisfacción o suscitan disposiciones desequilibradas de búsqueda siempre inacabada. Es natural que el resultado sea un hastío bien visible en el aburrimiento abismal de esos rostros siempre asomados a la pantalla. Habituados al malabarismo y el espectáculo tecnológico se nos ha drenado toda capacidad de sorpresa. Fulgurando ante nuestras pupilas un insufrible viento electrónico hemos dejado de percibir la gloria del mundo. Ninguna propuesta educativa, casi ninguna, empieza exigiéndonos una saludable sustitución de la pantalla por la humilde y asombrosa realidad.