Opinión

Una fábula de sentido político

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 23 de marzo de 2018

En la mayor parte de los regímenes políticos que se denominan “democracias”, muchas veces los electores, transformados en forofos más que en ciudadanos sensatos, se parecen a las ranas que nos aparecen en una famosa fábula de Esopo y que querían ir engalanadas y contentas a las bodas del Sol. Traduzcamos primero literalmente tan archiconocida y pequeña fábula:

“En verano se hacían las bodas del Sol; y todos los animales estaban alegres por eso, y se engalanaban incluso las ranas. Y una sola de entre ellas dijo:

“Oh, estúpidas, ¿para qué os engalanáis? Pues si existiendo sólo el Sol deseca todo el fango, si habiéndose casado engendra un muchacho semejante a él, ¿qué desgracias no habremos de sufrir?” Que muchos de los que poseen un pensamiento bastante vano se alegran por asuntos que no les darán ningún gozo.”

Efectivamente, a veces la gente, degradada en hinchas de la política, enajenada por una propaganda política o por emociones cercanas casi a una religión laica que promete el Paraíso terrenal, puede votar la opción política que menos le conviene. A menudo la psicología de los votantes no descansa en el cálculo racional del interés propio, sino en sentimientos y emociones que lo alejan de una simbología política y lo atraen a otra. El corazón y la lealtad a los primeros sentimientos políticos que uno ha tenido nos pueden llevar como a las ranas a alegrarnos de la victoria política que a la postre arruinará nuestras vidas. Las emociones y las pasiones con frecuencia nos dominan la razón, y el odio o el amor son más fuertes que nuestro propio interés. Pero es propio de electores maduros actuar más por cálculo y moralidad que por lo que nos puede pedir el cuerpo. Una democracia con partidos “poiquilotermos” ayuda, además, mucho al despiste de los electores batracios.

Todos los sucesos que suponen un efecto y consecuencia en el futuro de las vidas de los ciudadanos deberían ser observados con una aprensión y un temor preservadores. Lo que está, siempre es susceptible de ir a peor. De ahí que el gran pensador liberal de filosofía política, Benjamin Constant, creyera necesaria la creación de un cuarto poder en su obra Una Constitución para la República de los Modernos: El Poder Preservador. Este Poder garantizaría los avances políticos y sociales sin crear peligros a la Constitución y al Régimen que ella encarna. Nosotros tenemos ese poder en nuestra Monarquía, tan bien representada por Felipe VI.

Todos los argumentos que se aplican a los derechos de un pueblo sobre su constitución podrían aplicarse a los derechos de un propietario sobre el contrato en virtud del cual cede su propiedad a unos arrendatarios. Podría decirse que el derecho imprescriptible de un propietario es obtener el mayor beneficio posible de su propiedad; que por consiguiente debe contar siempre con la facultad de rescindir un contrato que la entregase a un arrendatario negligente que la deteriora, o a un arrendatario codicioso que se ha aprovechado de la ignorancia del dueño para obtener un precio demasiado bajo.

Las naciones han podido percatarse de que para vincular a sus gobiernos a la tarea que les confían, y para protegerse a sí mismas de su propia inestabilidad, era preciso establecer contratos a bastante largo plazo, bien con los hombres, bien con las instituciones. Hay ciertas ventajas que sólo la permanencia de una institución desarrolla. La necesidad de la costumbre es natural al hombre, como la necesidad de libertad. La razón fija los límites de este tipo de acuerdo: ningún propietario soportaría un arrendatario que incendiara la granja o que una parte de su territorio se intentara desgajar del total de la finca robándola; puede haber, además, condiciones tan onerosas que motiven la rescisión de un arrendamiento.

No se trata de que los cambios propuestos al pueblo por la instancia política y aprobados por éste no se realicen; se trata de que la realidad política se acomode a la Constitución, y ésta tenga la flexibilidad suficiente para adaptarse a la realidad social y al interés civil. Ya lo hacía la Democracia Ateniense, ante la que todas nuestras democracias palidecen, a través de los nomothêtai y thesmothêtai. El cambio no puede poner en peligro los bienes y ventajas comunes que ha conquistado la ciudadanía.

La Democracia supone que asuman el riesgo de cada decisión electoral los propios electores, todos los electores. Por eso conviene minimizar los riesgos en la aventura del devenir histórico. Evitemos la imprudencia de las ranas de Esopo con un poder preservador como el de la Corona, que sepa encajar los cambios necesarios en el sistema, de suerte que se avance sin revoluciones ni imposiciones sectarias. Siempre la libertad política entrañará riesgos, que habrá que minimizar y, en todo caso, siempre será mejor, obviamente, que nosotros mismos elijamos los riesgos a que los elijan unos pocos asumiéndolos todos. Al fin y al cabo sarna con gusto no pica.