Opinión

El ángel caído

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Jueves 29 de marzo de 2018


La fuente del Ángel Caído adorna una de las glorietas que tiene el parque del Retiro, de Madrid. Parece una premonición: “...Agita en derredor sus miradas, y blasfemo las fija en el empíreo, reflejándose en ellas el dolor más hondo, la consternación más grande, la soberbia más funesta y el odio más obstinado”. El paraíso perdido, de John Milton sirvió de inspiración para que el escultor Ricardo Bellver crease esta famosa escultura que luce en la quietud del arte plástico para la interpretación de la expresividad romántica y a la vez el dramatismo. Y a corta distancia de este relieve escultural el viento de la naturaleza cercena la vida de otro pequeño ángel de cuatro años víctima de la caída de un árbol.

Se acaban los sueños, las ilusiones, la felicidad de un niño cuyo patinete rodaba con el discreto impulso de unas emociones infantiles que no reparaban en otra cosa más que en jugar. El resto es cosa de mayores, es decir, el abrir o cerrar puertas de un parque público con avisos por fuertes rachas de viento. Un ángel caído sin saber bien el porqué de un destino, que casi siempre está en manos de lo políticamente correcto. En definitiva, un niño que paga el precio de ser feliz a costa de la adversidad responsable o de un destino irresponsable.

El azar de lo evitable también existe frente a la fatalidad y la desventura siendo obligación de aquellos que supervisan los riesgos que corremos, el minimizar los daños humanos que pueda ocasionar la furiosa naturaleza en un espacio público. Créanme, los árboles no son ni de izquierdas ni de derechas. Lo digo por la actitud política que guarda esa vieja costumbre de mirar en oblicuo ante este tipo de episodios tan dolorosos y que ciertos representantes intentan desnaturalizar con argumentos fríos de credo.

Las previsiones meteorológicas de hoy en día hacen casi inútil la improvisación. Cualquier tempestad con resultados de previsible evolución son seguidas por satélites y sofisticados medios de las Agencias Estatales de Meteorología que se coordinan entre sí los diferentes países, de manera que el factor humano suele caer con facilidad en la caprichosa manera de confiar. No cabe pues, suponer ni improvisar ante ciertos fenómenos atmosféricos que son anunciados con antelación e incluso con nombre para una coloquial identificación. Solo queda poner los medios necesarios y esperar la puntual llegada de los fenómenos adversos. El resto es responsabilidad y una pizca de suerte, la misma que unas veces sirve para bien y otras no, por desgracia.

Siempre hay algo que no encaja. Es la percepción de lo evitable, sobre todo si la vida de seres humanos forma parte del precio. En esta ocasión, la de un niño de cuatro años. Tan doloroso como difícil de digerir. Las previsiones requerían el cierre preventivo del parque porque apuntaban a lo inestable, máxime cuando una nota de prensa del Ayuntamiento informaba que durante la madrugada habían caído otros dos árboles de gran tamaño, y, además, el parque ya había permanecido cerrado por precaución el jueves y viernes anteriores. Hay que añadir que el árbol causante del fatídico desenlace, según aseveraciones del consistorio, había sido revisado por los técnicos esa misma semana. Blanco y en botella.

Permitan que para la ocasión no me entregue a esa causa tan socorrida del destino. Tampoco a las banalidades alrededor de la casualidad y todas esas excitaciones tan propias de la clase política. Lo importante es poner blanco sobre negro o lo que es lo mismo, dimisión de los causahabientes de la incompetencia con la debida responsabilidad de actuaciones. No cabe otra aún a sabiendas de que en este país nadie dimite. Es el destino de los errores ajenos quienes nos convierten en seres vulnerables. Dejaron las puertas abiertas del Retiro y el maléfico y anunciado viento se llevó a un ángel caído de solo cuatro años. El resto es dolor, como de costumbre.