Opinión

Procesiones y los monstruos de la prensa

TRIBUNA

Natalia K. Denisova | Sábado 31 de marzo de 2018

Que la razón produce monstruos es sabido, por lo menos, desde que Goya lo dijera y lo pintara. Por fortuna, uno de ellos no resistió el empuje de la vitalidad de una de las tradiciones más importantes de España. La razón monstruosa no pudo con la religión del amor. Me explicaré. El siglo XVIII estuvo marcado por el reformismo de los Borbones. Muchos aspectos de la vida quedaron afectados profundamente. Hasta el traje debió ser adaptado a las nuevas circunstancias de la Ilustración. La razón lo regulaba todo, por lo cual las formas de Barroco estaban condenadas a desaparecer. Lo único que se les oponía era el sentir de la población por un lado, y por otro las discordias entre los propios ilustrados que eran incapaces de ponerse de acuerdo sobre cuáles eras las reformas más urgentes y necesarias. Pocas veces, o mejor dicho, nunca coincidían numerosos grupos de reformistas e ilustrados, pero hubo una excepción: las devociones populares no se encajaban de ninguna manera en el nuevo régimen político-social, regido por la razón.

Los ilustrados españoles estaban convencidos de que era menester adaptar las vistosas procesiones de la Semana Santa a las exigencias de tiempo: mayor austeridad y menor expresividad. La existencia de las cofradías, de las fiestas religiosas de barrios o de pueblos, fueron cuestionadas o tachadas directamente como fruto de la ignorancia y la superstición. Tanto en España peninsular como en América Hispana tuvo grandes repercusiones la prohibición de las procesiones nocturnas, ricamente adornadas, organizadas por las cofradías. Sin embargo, muchas de ellas supieron resistir a las reformas y ahora podemos ver las procesiones que aparecieron en el siglo XIV y XV con cambios insignificantes. Esta Semana Santa, una vez más, ha transcurrido sin altercados, con alguna que otra cancelación por el mal tiempo y las lluvias, pero dentro de la total normalidad. Las ciudades con más vistosas imágenes y tradiciones estaban repletas de visitantes. No faltaron costaleros ni cantantes de saetas. Tampoco faltaron las lágrimas y los sentimientos profundos de los espectadores.

No obstante, llama poderosamente la atención la actitud de los medios de comunicación a este gran acontecimiento religioso. España sigue siendo un país mayoritariamente católico. Pero la prensa no quiere recocerlo; en efecto, sobresale por su deficiente argumentación la severa crítica de la prensa a los ministros que asistieron la procesión del Cristo de la Buena Muerte. Y, sobre todo, sigue resultando bochornoso que esos mismos medios de comunicación no sean capaces de distinguir lo que enseña la Constitución española, a saber, España es un país aconfesional pero no laico ni laicista. En este asunto los matices son necesarios.