Mientras el expresidente de la Comunidad Autónoma de Cataluña se encuentra retenido en Alemania, acusado de delitos de extrema gravedad, mientras el presidente del Parlamento de Cataluña admite el voto delegado del detenido y la Esquerra apoya a los autoproclamados Comités de Defensa de la República, mientras se organiza una huelga general revolucionaria insistiendo en el programa secesionista y el gobierno se atiene a una interpretación tímida del artículo 155 que desatiende propaganda y educación, mientras se cuartea cada día más el viejo cuerpo del país y se hace visible con evidencia apodíctica – entre federalistas y secesionistas – la ausencia de toda unidad, mientras se lleva al límite el vaciado de la abstracta arquitectura del Estado… mientras tanto va entrando la Primavera.
El final del invierno nos trajo la bendición de una lenta y prolongada lluvia que ha henchido los resecos veneros de la tierra y empieza a vestir los campos de aleluyas en flor. Pero este rocío lustral, que ha iluminado la tierra, pudiera ser el signo de un sacrificio anunciado, larvado en el curso de nuestra historia más o menos próxima. Hay en el aire limpio de estos días un elemento fatal, un espesor de tragedia, quizás no necesariamente cruenta.
Como si sólo de la Europa realmente existente esperáramos el sostenimiento de una unidad sin vigor, como si sólo la Unión Europea defendiera nuestra mortecina unidad en función de estrechos intereses tecno-económicos, como si de España ya sólo quedara una unidad meramente política y mal articulada, como si de Hispano América no quedara nada y viviéramos de la merced minúscula del gran mercado europeo. Como si hubiera fatalmente que elegir entre la Europa vigente y el desmembramiento final. Como si la primavera anunciara nuestro sacrificio en el ara de un ídolo sin gloria: o la Europa invertebrada o las naciones minúsculas y soberbias que crecen sobre el despojo de España.
Mientras redes tentaculares de latrocinio sistemático toman las fuentes del Estado, de arriba abajo y de un extremo a otro del espectro político. Mientras una atmósfera de degradación sofoca cualquier facultad crítica, inhibiendo toda acción no meramente destructiva. Mientras vivimos a la espera, dejando pasar los días, hipnotizados por una recuperación económica que envuelve en su seno otra crisis inexorable, mientras el ocaso demográfico y los principios de nuestra economía dibujan un oscuro horizonte para pensionistas y parados, y poco mejor para trabajadores inseguros y versátiles. Mientras la individualización nos aísla condenándonos a la exuberante floración de trastornos psicológicos o a formas degradantes de autoengaño. Mientras tanto, los días suman minutos a los días y el aire limpio presenta una realidad que trasciende nuestra miseria de opresión y de desdicha. De esa profunda realidad, de esa fuente nutricia, tendría que alimentarse cualquier potencia real capaz de enfrentar el ocaso sin mañana que se nos ofrece: “la patria no basta por sí sola, debe estar unida a algo más fuerte, a una mística de un orden superior…” (M. Houellebecq)
Mientras tanto reorientamos nuestro voto hacia nuevos partidos, queriendo perder de vista a los oscuros gobernantes de este paisaje actual que nos repugna. Se hunden los viejos partidos, PSOE y PP, se alzan los nuevos partidos y, especialmente, Ciudadanos. No diré que el cambio nada significa. Pero tampoco diré que se trate de una transfiguración prodigiosa. Se conserva, mientras tanto, el viejo juego de izquierda y derecha y el sistema político constituido en Europa tras la gran guerra; vigente en España desde el final del franquismo. Mientras tanto el honor académico conserva un resto de su viejo brillo y nuestros prohombres y promujeres se dotan de titulaciones rutilantes, reales o impostadas. Es un brillo de oropel y relumbrón que sólo sirve mientras esconde todavía su ruina el rostro maquillado de una novísima y decrépita Academia. Mientras no veamos la realidad que trae la luz de cada día, seguiremos preguntándonos por el valor de la mentira: repúblicas de mercenarios, saberes de fruslería con adorno de firmas que nada certifican, salvo su propia inanidad: “Mientras mayor sea la importancia de una actividad intelectual, más ridícula es la pretensión de avalar la competencia del que la ejerce. Un diploma de dentista es respetable, pero uno de filósofo es grotesco” (N.G.D.)
Mientras no nos afirmemos en otra realidad será verdad la gran mentira y seguiremos en la inopia de partidos, presidencias y consejerías, en el desbarajuste de méritos de desecho y baratija, mientras escapa ante nuestros ojos la presencia real de cada día.