Opinión

Misteriosa Buenos Aires

TRIBUNA

Roberto Alifano | Viernes 06 de abril de 2018

A más de quinientos años del nacimiento de Santa María del Buen Ayre (apelativo que daban a la Virgen los marineros de la isla de Cerdeña), la relectura de un relato fantástico de Manuel Mujica Lainez, me revive la tragedia inicial de esta legendaria ciudad, fundada don Pedro de Mendoza en 1536, a orillas de este mar de aguas dulces, color café con leche, que es el Río de la Plata, y definitivamente refundada por don Juan de Garay casi cincuenta años después.

Señala la historia que apenas desembarcados los españoles se encontraron con una gran tribu de indios pampas querandíes, de al menos tres mil hombres, a quienes dieron en un principio obsequios y alimentos. Pero a poco de llegar, los graves problemas empezaron. El fuerte se había establecido en una zona baja y pantanosa, fácilmente inundable e insalubre, desde donde los mosquitos propagaban enfermedades y epidemias. El maltrato de algunos españoles a los indígenas motivó que dejaran de frecuentar el campamento y se rebelaran. Casi enseguida, la falta de comida obligó al adelantado a enviar guarniciones en todas direcciones para buscar alimentos que paliaran la hambruna; no fue fácil. Pues eran atacadas por las partidas de indígenas que los rodeaban.

Don Pedro de Mendoza, noble Caballero de Alcántara, único beneficiario por esos terribles días con una precaria choza de techo de tejas y amueblada por el lujo burlón de muebles traídos de Guadix, con emblemas de la Orden de Santiago, mantenía una prudente distancia de sus hombres. Corría el año 1536 y pocos españoles sobrevivían en las manzanas que rodeaban a la plaza central, donde se fundó la ciudad, con la pequeña iglesia de adobe y el necesario cura, que nutría las almas.

El alimento al cuerpo, por el contrario, era escaso. Salvo las tres onzas de galletas por día y algún pescado que a hurtadillas se le arrebataba al río y servía de frugal sustento para varios pobladores, la dieta se completaba con ratas, víboras y las hervidas suelas de zapatos que escaseaban cada vez más. Mirar hacia la llanura era ver la prolongación de ese mar de aguas terrosas que se fundían a un horizonte deprimente de infinito crepúsculo, donde el sol desaparecía entre arenales lejanos, inaprensibles.

Los sublevados querandíes, aquerenciados en esos alrededores, que empezaron a cercarlos quizá los triplicaban. No eran demasiado si tenemos en cuenta que de un lado había armas de fuego y, del otro, lanzas y boleadoras. Eran sí lo suficientemente feroces como para despellejar y acaso devorar a los pobres infelices que caían en sus manos (aunque no hay registros precisos de que fueran antropófagos como los charrúas, que algunas décadas antes descuartizaron y almorzaron asado al incauto Juan Días de Solís). Se sabe, también, que eran cazadores de ciervos y otras especies y que eran hábiles pescadores.

“Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosan fantasmas de esas caras sin torso, que reptan a su alrededor”, nos ilustra Mujica Lainez.

Sabemos también que ya sifilítico e infectado por la tuberculosis, escaso de vitaminas, el Caballero de Alcántara y la Orden de Santiago se retuerce como endemoniado. “Su diestra en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastra el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Hasta allí se hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Río de Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes cuando intentó apropiarse de las vísceras de un cadáver el día de Corpus Christi…”

La situación, sin duda, era espantosa y desesperante. Se había agravado mucho más cuando don Pedro de Mendoza, como réplica a la violencia de los indígenas, decidió por la fuerza escarmentarlos. “¿Para qué, los había enfurecido más? Desde ese momento, todo se volvió en contra y nada salió como él deseaba”. Menos que amedrentarse, los salvajes se habían enardecido. Lo único que parecía avanzar era la sífilis que lo consumía a él mismo. “¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? –rogaba con angustia- ¿Cuándo regresarán los hombres que envié al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y partiremos hacia la comarca del oro? ¿Por qué su triste destino no era como el de otros conquistadores favorecidos por ese propósito: llegar al apetecido y preciado oro y regresar enriquecido a casa?”

“El hambre –nos sigue informando Mujica Lainez en su prodigioso cuento- le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay! ¡Clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay… no lo hay…”. Don Pedro y los pobladores aguantan casi un año; no mucho después, se pierde toda esperanza. De los tres expedicionarios que había enviado en busca de auxilio y de comida regresa uno, y con las manos vacías, malherido. Los Charrúas los habían matado.

En los primeros meses de 1537, según el diario que lleva Dubrin (hermano de leche del rey Carlos I de España y Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico, apodado también “el César”​), don Pedro decide organizar su regreso a la patria. No soporta más. Su enfermedad se había agudizado y nada de la empresa colonizadora daba muestras de componerse. Cegado de hambre y odio, abandonó todo y se embarcó con pocos hombres. Murió en altamar doblegado por su tuberculosis y su sífilis, y quebrado moralmente por el fracaso; sobre todo, por no haber podido cumplir la promesa que había hecho a su Emperador, fundar un próspero dominio que construiría con paredes de oro y plata.

Don Francisco Ruíz de Galán, a quien don Pedro de Mendoza había ungido adelantado y gobernador, quedó al frente de la población; lo secundaron tres ilustres hidalgos: Diego Barba, muy joven caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén, Carlos Dubrin, el ya mencionado hermano del Emperador y el genovés Bernardo Centurión, ilustre antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria.

Sin un éxito evidente, discretamente, la gestión de Ruiz de Galán tuvo más suerte que la anterior. Lo proveyeron de cañones, desbandó a los querandíes y puso en pie a la cada vez más escasa población, que no fue próspera de inmediato, pero por lo menos tuvo comida y una relativa paz. Para tentarlos a quedarse, se construyeron dos iglesias más, se trazaron nuevas calles, se agregaron casas de madera y una huerta colectiva. No fue por mucho tiempo, claro. Los conflictos internos enfrentaron a estos hombres y entre rebeliones, inundaciones y un incendio, todo fue tierra de nadie. Cansado de los conflictos internos, don Domingo Martínez de Irala, que bajó del norte, ordenó quemar lo que quedaba de Buenos Aires para forzar a los pobladores a tomar otros rumbos. Unos pocos emigraron a Brasil; la mayoría, en tanto, lo hizo hacia Asunción. Nada quedó del sueño de aquel noble Caballero de Alcántara y de su Emperador Carlos I de España.

Luego, a casi cincuenta años del fracaso, don Juan de Garay, después de haber fundado la ciudad de Santa Fe, empezó los preparativos de la segunda fundación de Buenos Aires, que se llamaría “Ciudad de la Trinidad” (La iglesia de la cual la pongo en su advocación, mando que se intitule “Ciudad de la Trinidad”). Se pretendía poblar la región con gente de Asunción, para lo cual se promulgó un bando ofreciendo tierras y otras mercedes. Se apuntaron doscientas familias guaraníes y setenta y seis colonos. Se llevó todo lo necesario por el río en la carabela Cristóbal Colón y dos bergantines entre otras naves menores. Además de los colonos iban 39 soldados poderosamente armados.

En mayo de 1580, Juan de Garay llegó a la boca del Riachuelo. Desembarcó justo en el lugar donde antes lo había hecho el adelantado Pedro de Mendoza e instaló un campamento; allí se refundó Buenos Aires, con un nombre distinto y otro destino. Se dice que las segundas partes no suelen ser buenas. Los hechos desmienten esa pseudo profecía: la segunda parte del Quijote supera a la primera; otro tanto sucede con el Martí Fierro.

Lo cierto es que sobre las ruinas de la anterior aldea se fundó (se refundó) la nueva ciudad y no mucho después empezó a ser un poblado próspero y generoso, que lentamente se convirtió en una metrópolis a imagen y semejanza de otras ciudades de Europa. Hoy hasta nos parece mentira que alguna vez haya empezado tan trágicamente esta ciudad de la cultura, sitio preferido de Rubén Darío donde pudo concebir su “movimiento modernista”. Esta ciudad que es patria del tango, misterio sentimental, con melodía, baile y acento propio, inconfundible en la voz de Carlos Gardel.

Se nos sigue haciendo cuento que empezó Buenos Aires… El precioso poema de Borges profundiza la duda. Bien vale la pena recordar algunos versos de su “Fundación mítica de Buenos Aires” para reconfortarnos y acaso entender un poco más a esta ciudad rioplatense:

¿Y fue por este río de sueñera y de barro

que las proas vinieron a fundarme la patria?

Irían a los tumbos los barquitos pintados

entre los camalotes de la corriente zaina.

Pensando bien la cosa, supondremos que el río

era azulejo entonces como oriundo del cielo

con su estrellita roja para marcar el sitio

en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.

Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron

por un mar que tenía cinco lunas de anchura

y aún estaba poblado de sirenas y endriagos

y de piedras imanes que enloquecen la brújula…

Una cigarrería sahumó como una rosa

el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres,

los hombres compartieron un pasado ilusorio.

Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:

La juzgo tan eterna como el agua y el aire.

Recuerdo una cena en el diario La Nación hacia mediados de los años 70’, cuando el admirado y bien leído Manuel Mujica Lainez, habló con orgullo de su ilustre antepasado, Juan de Garay. Sin expresarlo explícitamente, aunque sin duda pensando en ese remoto pariente, nuestro gran escritor nos regaló una de sus obras más gloriosas, los relatos de Misteriosa Buenos Aires, que ya lo justifican ante la posteridad. También imprescindible para entender a esta ciudad.