Opinión

Los chorlitos de la Transición y el asunto Cataluña

TRIBUNA

Juan José Laborda | Sábado 07 de abril de 2018

Al llegar a la Residencia de Estudiantes, para asistir al coloquio organizado por la Fundación Felipe González sobre Claudín, Semprún y Pradera, conocimos la noticia de la excarcelación de Puigdemont, y que la justicia alemana había concedido a España su extradición descartando el delito más grave de los solicitados por la justicia española: la rebelión.

Yo, al menos, me sentí escindido en dos realidades antagónicas, dos masas de Coriolis que giraban en sentido contrario: un anticiclón que llegaba de un pasado lleno de éxitos, y una borrasca que profundiza su acción destructiva circulando rápidamente hacia el futuro. Como esta misma semana afirmó Javier Gomá, en el seminario sobre “Monarquía parlamentaria y Estado democrático en España, Europa y América”, la justicia trata de acontecimientos del pasado, y la paz es un propósito que se plasma en el futuro.

Hablemos de la historia de éxitos. En 1964, la carismática presidenta del PCE, Dolores Ibárruri, la Pasionaria, desprecia a Fernando Claudín y Jorge Semprum, dos relevantes camaradas, calificándoles de intelectuales “cabezas de chorlitos”. Ambos son expulsados del Partido por sostener visiones distintas a la consagrada por el secretario general, Santiago Carrillo. Como dijo Carmen Claudín, la hija de Fernando, discrepar del secretario general, era discrepar del Partido, y como si fuese una Iglesia dogmática, la discrepancia era algo delictivo. “Tuvimos la suerte de vivir exiliados en París, y no en Moscú, pues en la URSS, aunque Stalin había desaparecido, hubiéramos sufrido, ellos y sus familias, las represalias del Partido”, afirmó Carmen Claudín.

Moderados por Joaquín Estefanía, un periodista integral e íntegro, Felipe González, Santos Juliá y Claudio Aranzadi, además de Carmen Claudín, resumieron en sus intervenciones sus juicios sobre la vida política y los escritos de esos tres intelectuales y hombres de acción, cuya influencia en la Transición fue importantísima.

En esta época nuestra de pensamiento líquido o blando, época que predispone a rechazar el compromiso y la lógica sistemática, es difícil imaginar que entre los comunistas existía un “pensamiento” propio del Partido, y no compartirlo, ocasionaba la expulsión del mismo; y en la época estalinista, la expulsión era fase previa a la cárcel o el fusilamiento, y después del estalinismo, el pensamiento independiente era tratado como una variante de la locura, y el disidente era encerrado en un manicomio.

Fernando Claudín y Jorge Semprum fueron expulsados del PCE porque opinaban que España no era ya el país atrasado y rural, dominado por una oligarquía terrateniente y por la Iglesia Católica. Ellos sostenían que el franquismo, y, sobre todo, las influencias de la economía europea (con la gran transformación del Mercado Común, que los comunistas españoles repudiaban, por imposición del comunismo soviético), habían creado una clase media y una clase obrera cuyo ideal era la democracia liberal europea, y que por lo tanto, la instauración de una República socialista, como efecto de una revolución proletaria, era imposible, y además, un error en términos marxistas.

Felipe González, Carmen Claudín, Santos Juliá, y Claudio Aranzadi profundizaron en el análisis de las circunstancia personales, y en el contexto nacional e internacional, que se hicieron presentes cuando se produjo el debate de Claudín y Semprum con el PCE. A su postura se adhirió un comunista que vivía en España, Javier Pradera, cuyos escritos, en libros y en artículos periodísticos, y aún más, sus influencias intelectuales sobre la generación de 1978, le convirtieron en la persona con más credibilidad entre los demócratas españoles, especialmente en los ámbitos de la socialdemocracia española.

Santos Juliá, que ha redactado la biografía de Pradera, titulado “Camarada Javier Pradera”, emocionó a la audiencia cuando explicó que el compromiso político de Pradera es una síntesis individual del gran cambio que supuso la Transición. Javier Pradera fue hijo y nieto de dos víctimas del terror rojo que se desató en la zona republicana, como efecto del golpe de Estado de los militares africanistas, el 18 de julio de 1936. La revolución proletaria de los socialistas y comunistas se enfrentó con la revolución nacional sindicalista de los militares y los falangistas fascistas. Javier Pradera, un oficial del cuerpo jurídico del Ejército franquista, primero, se acerca al comunismo al comprobar que la revolución fascista es un fiasco moral, y segundo, se da cuenta de que toda revolución produce el mismo resultado. Cuando Pradera se solidariza con Claudín y con Semprum está creando el lenguaje del entendimiento entre las dos Españas, el lenguaje del consenso, en suma, el lenguaje de la democracia.

Felipe González relató que unos días antes de ser investido presidente del Gobierno en 1982, recibió en su casa a Javier Pradera y al juez Clemente Auger (Auger estaba escuchándole). Ambos le pidieron que no hiciese muchos cambios, que lo importante era lograr que la democracia se asentase definitivamente, en otras palabras, que no sucediese lo mismo que en la II República.