Opinión

Violencia

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 12 de abril de 2018

Las líneas que tienes ante tus ojos, querido lector, están preñadas de violencia. Escribo con la sobriedad y delectación con la que ejecuta el verdugo sus operaciones, arrancando la piel a tiras del cuerpo vivo y sufriente del paciente. Con método y disciplina para que el dolor le abrase hasta la expiración definitiva. Violencia brutal de las palabras, menos compasivas que el verdugo, más lacerantes que las armas, más destructivas y vejatorias. Contra el grito necio, como todo grito que se pretenda significativo, de que las ideas no delinquen, se alza el sentido común que no permite que ciertas cosas sean dichas porque sabe del poder aniquilador de las palabras. Aunque se pronuncien con la parsimonia y gravedad propia de un paquidermo. La violencia está embutida en el significado de suerte que, sin alzar la voz, ni descomponer el gesto, se puede ejercitar una violencia feroz.

Al parecer no es violento ningún programa, ninguna intención, hasta que la sangre brota o se quema la piel, hasta que se rompe el cráneo contra la piedra, o se escupe la hiel. No ha corrido la sangre, de manera que no ha habido violencia. El proyecto de secesión puede figurar entre las primeras líneas de un programa político, como podríamos reservar en nuestra agenda la hora para un homicidio. Hasta que el cuchillo no abre la piel el proyecto es inocente y puede defenderse en público de modo legítimo. El panfilismo dizque democrático es de un pacifismo aterrador.

Recuerdo que hace algunos años la investigación policial logró la incautación de un buen puñado de armas, granadas de mano y material explosivo al servicio de ETA. La cámara de televisión ofreció un barrido rápido sobre el material confiscado entre el que destacaba un libro, de cuyo título no quiero acordarme, que decía contener una historia de Euskal Herria. Ese inocente libro me pareció extremadamente violento en la medida en que, evidentemente, su lector recibía del libro la orientación hacia la que había de empuñar las armas: el libro definía al enemigo y legitimaba su asesinato. Las armas por sí mismas resultarían inocuas. Es el hombre que las empuña y su visión del mundo, ilustrada de ideas o de ideícas, la violenta fuente del terror. Hay ideas pavorosas y doctrinas atroces, hay libros detestables cuya difusión debe evitarse. Hay, en suma, ideas delictivas. Que haya que señalar tan crasa evidencia es signo del grado de demolición al que ha llegado nuestra vida pública y nuestra capacidad de comprensión.

Del mismo modo que la violencia se inscribe tras gestos suaves o tras la dulce pronunciación de palabras atroces puede suceder que la tensión y el ataque, la agresión y el combate escondan un programa pacificador. Hace también algunos años, a propósito de la legitimidad de una guerra en oriente, se convirtió en espantajo la idea de guerra preventiva. Muchos encontraron repugnante no ya el caso concreto, sino la idea misma de un ataque preventivo, una idea clásica bien expresada en la conocida máxima vis pacem, para bellum. Pero la anticipación es un recurso estratégico que a menudo logra reducir las bajas o impide una hostilidad encarnizada y duradera.

No es un gran descubrimiento que la violencia puede tener un aspecto incruento, al menos inicialmente, mientras que la agresión puede tener un sentido racional y prudente. Acaso desde las coordenadas del idealismo alemán, que abstrae el cuerpo y juzga el conocimiento y la voluntad actos de una subjetividad descarnada, la violencia resulta tan intangible que no se la encuentra en ninguna parte o se la desprecia como excrecencia, enteramente aparente e irracional, del cuerpo. La razón pura jamás delinque. Inútilmente pedía el ministro del interior alguna definición de violencia a esos ínclitos jueces alemanes. La razón vital, sin embargo, conoce bien que el odio y la ira ofrecen a menudo palabras suaves y ademanes contenidos. Por eso no puede apelarse a un diálogo infinito, porque no puede hablarse de todo, porque hay palabras que ni siquiera en voz baja deben pronunciarse.