"La Guerra Fría ha vuelto", esas han sido las palabras que el secretario general de la ONU, António Guterres, ha empleado este viernes para referirse a la creciente tensión entre Estados Unidos y Rusia, dos superpotencias mundiales que están igual de cerca que hace medio siglo de entrar en guerra, con Siria como ajado telón de fondo. De encenderse la mecha, las consecuencias de un conflicto abierto entre ambas naciones serían difíciles de prever y terribles de imaginar.
El casus belli: el presunto ataque químico que el pasado sábado 7 de abril golpeó la ciudad de Duma, en la provincia siria de Guta Oriental, causando la muerte de 42 civiles y dejando 500 víctimas. El domingo, el presidente norteamericano Donald Trump estallaba: "Muchos muertos, incluidas mujeres y niños, en un ataque QUÍMICO sin sentido en Siria. El área de atrocidades está bloqueada y rodeada por el ejército sirio, por lo que es completamente inaccesible para el mundo exterior. El presidente Putin, Rusia e Irán son responsables de respaldar al animal de Asad", escribía con dedos airados y acusadores Trump en su cuenta de Twitter, algo que se ha convertido en su imprevisible sello personal.
Tanto Moscú como Damasco, aliados desde hace décadas, negaron la mayor. Rusia fue un paso más allá aduciendo que la verdadera motivación norteamericana era justificar una invasión: "El objetivo de estas falsas conjeturas, totalmente infundadas, es proteger a los terroristas y a la oposición radical que rechaza un arreglo político y, al mismo tiempo, intentar justificar posibles ataque militares desde el exterior", informaba la Cancillería rusa el domingo 8 en un comunicado, oficializando una versión de los hechos que mantienen hasta hoy.
El lunes, la intervención militar de Estados Unidos en Siria parecía inminente. Donald Trump se concedió un plazo de 24 a 48 horas para tomar una decisión. Un plazo que finalmente prorrogaría, aunque no precisamente para calmar las cosas. Todo lo contrario. Las acusaciones y reproches irían en aumento desde entonces.
Estados Unidos propuso ante la ONU el martes que se designase un mecanismo independiente para investigar el ataque químico. Rusia lo vetó, como ha hecho en otras 12 ocasiones en cuestiones relacionadas con el conflicto sirio. Pese a que un equipo de la OPAQ (Organización para la Prohibición de Armas Químicas) ha sido enviado a Siria (donde se espera que comiencen a trabajar en las próximas horas), la tensión entre los dos bloques ha continuado creciendo.
El miércoles Trump volvió a tirar de su polémica retórica tuitera y publicó un mensaje durísimo contra el Kremlin: "Rusia se compromete a derribar todos y cada uno de los misiles disparados contra Siria. ¡Prepárate, Rusia, porque vendrán, bonitos, nuevos e "inteligentes"! ¡No deberían ser socios de un animal del gas asesino que mata a su gente y lo disfruta!", comentó sobre el socio de Rusia, el régimen de Bachar Al Asad.
Rusia, de nuevo, volvió a sembrar dudas sobre la veracidad de las palabras de Trump: "Los misiles inteligentes deben ser dirigidos contra los terroristas y no contra un gobierno legítimo que hace tantos años lucha contra el terrorismo internacional en su territorio", decía María Zajárova, portavoz de la Cancillería rusa, en un mensaje de respuesta al tuit del presidente de EEUU. "Quizá el propósito de estos planes sea "borrar todas las huellas de la provocación (supuesto uso de armas químicas) con ataques con misiles inteligentes" para que los inspectores internacionales no puedan encontrar nada en calidad de pruebas.
No obstante, ese mismo día Putin intentaría calmar las cosas: "La situación en el mundo se está volviendo cada vez más caótica. Con todo, esperemos que al fin y al cabo impere el sentido común y las relaciones internacionales entren en un cauce constructivo", expresó Putin al recibir las cartas credenciales de varios embajadores en el Kremlin.
El jueves, diferentes países comenzaron a posicionarse. Hasta el momento Francia (cuyo presidente Emmanuel Macron, afirma tener "pruebas de que se usaron armas químicas en el ataque a Duma"), Inglaterra y Holanda se han sumado a Estados Unidos. Otros, como Alemania, Suecia o Grecia se niegan a una intervención militar.
El último capítulo en esta peligrosa escalada de tensión lo ha protagonizado el propio ejército ruso, preparado desde hace días para lo peor. El portavoz del ministerio de Defensa, Ígor Konashénkov, ha acusado directamente a Reino Unido (país con el que Moscú mantiene una dura lucha diplomática a cuenta del ataque al disidente Skripal) de orquestar un montaje en Duma. "El Ministerio de Defensa ruso dispone de pruebas que atestiguan la participación directa de Gran Bretaña en la organización de esta provocación en Guta Oriental", declaró Konashénkov, quien aseguró tener en su poder de "grabaciones" con entrevistas a habitantes de la ciudad donde "cuentan en detalle cómo se desarrolló este montaje, en qué episodios participaron y qué hicieron".
Desde Londres ya han calificado de "grotescas" estas declaraciones: "Es una mentira descarada. Es una de las peores piezas de noticias falsas que hemos visto de la maquinaria propagandística de Rusia", dijo hoy la embajadora británica ante la ONU, Karen Pierce, quien negó "categóricamente" cualquier relación de su país con el uso de armas químicas.
La "Guerra Fría" de la que hablaba Guterres parece haberse instalado de nuevo en el mundo. Ahora mismo, todos los ojos están puestos en la labor de los investigadores de la OPAQ, que ya están en suelo sirio y llegarán a Duma este sábado, aunque únicamente podrán determinar si se usaron agentes químicos, pero no su procedencia. El Gobierno sirio ha declarado que les dará "todas las facilidades" para que lleven a cabo su misión.
De acuerdo a la postura que ha adoptado el Kremlin, una hipotética intervención militar occidental contra Siria equivaldría a una declaración de guerra, tal y como ha advertido este viernes el embajador ruso en el Consejo de Seguridad de la ONU, Vasili Nebenzia. "Parece que Washington ha adoptado una política categórica para desencadenar una situación militar contra Siria. Esto no puede tolerarse".
Mientras tanto, Estados Unidos continúa defendiendo la guerra como única salida posible, asegurando que tiene "pruebas" de que el Gobierno de Asad estuvo detrás del ataque químico, como ha reiterado este viernes la embajadora estadounidense ante la ONU, Nikki Haley.
Dos posiciones enrocadas y enfrentadas, para las que parece difícil encontrar un acercamiento. De momento, la Casa Blanca ha anunciado que cualquier decisión que se tome será consensuada entre Trump, May y Macron. De ellos depende apretar el botón rojo.