Opinión

Redes que enredan

TRIBUNA

Roberto Alifano | Sábado 14 de abril de 2018
Oigo decir innumerablemente que es difícil imaginar adónde se llegará en esta desenfrenada carrera del internet que abarca el universo, o acaso ya es el universo. Hasta la Biblioteca de Babel, imaginada por Borges en su famoso relato ha quedado superada por la “biblioteca total” (en este mismo momento, al alcance de nuestra vista, danzan en una pantalla todas las enciclopedias, todos los libros y hasta manuscritos, incunables y volúmenes inverosímiles). Vivimos suspendidos en desbordantes metáforas fantásticas, que Norbert Wiener, uno de sus pioneros, bautizó con el nombre de cibernética, cuyo significado en griego es “timonel”; o sea el que está al mando de una nave, o el arte de gobernarla (algo versado por Homero en los lejanos tiempos de Ulises).

Según otro timonel de la nave, el no menos poeta que científico Gregory Bateson, la bien diseminada ciencia es “el más grande mordisco a la fruta del árbol del Conocimiento que la humanidad haya dado en los últimos 2000 años”. Hoy todos somos “internautas”: tuiteamos, blogueamos, chateamos, googleamos..., nos valemos de sofisticados celulares o móviles abiertos a los sitios más remotos del planeta que nos permiten a través de poderosos satélites, no sólo hablar, sino también mirarnos cara a cara, en un mismo instante, a través de multiplicadas pantallas, y hasta retratarnos y retratar al otro en un juego de asombrosas simultaneidades que hasta pueden eludir toda traba de intimidad, o violarla impunemente.

Paralelamente, junto a las aplicaciones, se reproducen como en el milagro de los panes y los peces bíblicos, las generosas extensiones. La robótica, por citar un ejemplo, hoy ocupa lugares de trabajo reemplazando al hombre y se habla de sensores con estímulos inteligentes, libres de la mente humana. Después de la Segunda Guerra Mundial, le preguntaron a Albert Einstein sobre el tipo de armas que se usarían de producirse una Tercera. “No lo sé –confesó-; pero, de lo que estoy seguro es que en la Cuarta el hombre peleará con palos y piedras”. Ahora sabemos, con cierta certeza, que en la Tercera Guerra Mundial no van a combatir personas con metralletas o fusiles, sino cohetes teledirigidos por computadoras, drones y robots. “¿Y luego y luego y luego y luego…?”, como dice Pablo Neruda en un poema. ¿Qué sucederá después, nos preguntamos nosotros? Si queda algo en pie, y los hombres vuelven a enfrentarse, probablemente se cumpla la predicción de Einstein.

En su Crítica de la modernidad, el polémico Alain Touraine aventura un suicidio colectivo, dando espacio a otros apocalípticos conceptos dentro de esa corriente de pensamiento llamada “sociedad post-industrial”. El español Manuel Castells, quizá uno de los mayores estudioso sobre el papel de las nuevas tecnologías, es menos pesimista y suaviza con otros conceptos la visión del veterano sociólogo francés. “Se trata, en realidad, de un proceso de transformación multidimensional que es a la vez incluyente y excluyente en función de los valores e intereses dominantes en cada país y en cada organización social. Como todo proceso de transformación histórica, la era de la información no determina un curso único de la historia humana. Sus consecuencias, sus características dependen del poder de quienes se benefician en cada una de las múltiples opciones que se presentan a la voluntad humana...”. Cabe agregar al respecto (en este caso con temeridad de mi parte) que más o menos vislumbramos quienes son los beneficiarios de estas opciones que advierte Castells. Esos internautas poderosos consiguen hacer elegir a un codicioso mercader como presidente de una potencia mundial.

Tal vez por eso no es disparatado afirmar que nuestra contemporaneidad, en el orden humano, es ya una sociedad red dependiente; es decir, una sociedad construida en torno a redes corporativas o personales operadas mediante las formas de informatización digital. Para evaluar ese avance ilimitado y su casi infinita multiplicación, tenemos que considerar las características específicas de ese medio como tecnología industrial y comercial. Las redes, todos sabemos, son globales y no conocen límites. Para poder comprender los efectos que imponen sobre nosotros dentro del entorno particular, también es necesario tener en cuenta que la base de ideas, valores, intereses y conocimiento de quienes la manipulan, la han adaptado y la fabrican en un proceso de interacción entre producción tecnológica, uso social y comercial.

Convivimos en un nuevo marco establecido sobre las bases de dichos instrumentos mediante las redes globales, caracterizadas ya (esto es fundamental tenerlo en cuenta) por la aparición de una nueva cultura masiva de “la necesidad”, pues no tener celular o móvil, no estar en las redes o no manejarse a través de ellas, es estar fuera del mundo moderno. La cultura de la autonomía universal se mueve así a través de esta premisa, que se expande como el viento, de manera insoslayable, imposible de ser controlada, ya que está en manos de corporaciones que se benefician comercialmente con su desarrollo y crecimiento. Todos vivimos una vida física; pero, a la vez conectados en múltiples dimensiones a las redes de internet. Paradójicamente, aunque nos cueste admitirlo, la vida virtual se impone cada vez más sobre la física y la mutación se descontrola.

El riesgo mayor es que las personas se sienten cada vez más cómodas en las llamadas “multitextualidad y multidimensionalidad” de la Web, y esto ha hecho que las agencias de marketing, las organizaciones laborales y de servicios, los gobiernos y toda la sociedad civil migren masivamente a internet y se afirmen en este medio que es la mayor forma de poder. En lugar de crear sitios alternativos, la tendencia mayoritaria es hacer uso de redes que construyen otros por y para sí mismos; para ello cuentan con la ayuda de grandes empresarios de redes sociales, algunos de los cuales se han hecho fabulosamente multimillonarios en el proceso, vendiendo en realidad a sus usuarios una libertad falsa, fuera de toda posibilidad de construir sus vidas de manera autónoma.

En un sentido más preciso es necesario considerar las recientes filtraciones de Facebook, un caso que pone al descubierto el manejo ilegal de la política, donde se involucran el marketing y ciertas prácticas comerciales inescrupulosas, sobre todo en la manipulación de personas. A sugerencias de un artículo periodístico probé buscar en Google sobre venta de bases de datos. Aterrador… La busca me arrojó miles de resultados. De lo cual deduzco que no estamos en un inframundo de mafias que sólo utiliza datos secretamente; aunque sí estamos en presencia de lo que las sociedades orientales denominan “tatemae” (prácticas que funcionan como fachada o información que todos sabemos que no son verdadera, pero cuya adopción es conveniente para sostener un discurso público). Los resultados saltan a la vista.

Este universo del internet nos demuestra que hoy la nave carece de timonel. Navega a la deriva con consecuencias riesgosas para la sociedad y los individuos; no tiene límites y puede estar al borde del naufragio. Un naufragio en que los internautas estamos involucrados. Todos.

El uso de las redes sociales para alterar resultados electorales e incidir en el juego democrático necesita, más que nunca, un debate amplio sobre cómo regular esas prácticas. Digitalmente, se puede rodear a una persona y acosarla con información sesgada. Invadirla de cuentas que todo el día publiciten en ella diferentes tipos de mensajes enlazados y asfixiantes.

Como se ve y queda demostrado, el avance de la era digital es continuo e inquietante, en permanente despegue y aterrizaje forzoso. Este medio de comunicación de masas es en nuestros días la mejor herramienta para manipularnos. La vida íntima de cada uno de nosotros tiene su ADN en una red que puede ser al mismo tiempo global y local, general o personal, según los modelos que se incorporan; siempre con más aplicaciones y en permanente transformación. En consecuencia, las relaciones de poder; digamos aquellas que constituyen el fundamento de todas las sociedades, así como los procesos que cuestionan las relaciones de poder institucionalizadas, se configuran y se deciden cada vez más en el terreno de la comunicación, a través de las redes. Quizá nunca como ahora se hace efectiva la tesis de Marshall McLuhan: “El medio es el mensaje”. Ya tenemos el medio: se llama internet y sus redes; que también son el Universo, asistido, eso sí y cada vez más, de una parafernalia que aterra.