En un comunicado que ETA difundió la semana pasada, algunos han entendido que la banda terrorista “pedía perdón”. Por supuesto, esta petición sola ya sería una obscenidad. Sólo faltaría que los asesinos pidan ahora disculpas lamentando que “ojalá nada de eso hubiese ocurrido, ojalá la libertad y la paz hubiesen echado raíces en Euskal Herria hace mucho tiempo.”. Dejemos de lado que “Euskal Herria” no existe para centrarnos en cómo despacha ETA su historial criminal de varias décadas.
Los términos en que se ha pronunciado la banda de asesinos son tan miserables que apenas merecen comentario, pero no debemos pasar por alto el sentido mismo de su comunicado. Al igual que otros movimientos que se vienen produciendo desde hace algunos años, forma parte de la estrategia de blanqueamiento de la banda y, en general, de intento de reescribir la Historia de la España contemporánea.
Así, debemos estar alerta para que los asesinos no impongan su relato en las distintas instancias donde se genera el discurso cultural -el sistema educativo, los medios de comunicación, las industrias creativas y artísticas- y no sólo en las instituciones que, por desgracia, llevan años acogiendo a simpatizantes de los terroristas que dicen condenar los métodos de la banda para abrazar de lleno su ideología.
Hemos de recordar siempre esto: la violencia de ETA no era ajena a su ideología, sino consecuencia directa de los postulados de los que partía al igual que lo es el discurso de odio a España y a los españoles que, durante años, se ha alimentado en colegios, institutos, asociaciones, etc. Si hay en España algún fiel ejemplo de cómo funciona un sistema de agitación, propaganda y desinformación de corte soviético, es el aparato de ETA y el entorno de sus simpatizantes. Es descorazonador ver cómo, décadas después del fin de las “democracias populares” en Europa Central y Oriental, la manipulación sistemática que las sostuvo sigue funcionando en España. El entramado de organizaciones de la sociedad civil que moviliza a los simpatizantes de los presos, por ejemplo, recuerda a la galaxia de grupos que el KGB y otros servicios secretos comunistas alimentaban y financiaban durante la Guerra Fría. La demonización de España en los foros internacionales -una de sus acciones más efectivas- evoca las campañas que, so pretexto de los derechos humanos, sólo buscaban deslegitimar a Occidente ante el resto del mundo. Todo esto, por cierto, sigue operativo hoy.
Así, se fue imponiendo la idea de que “en democracia se podía defender cualquier cosa pacíficamente” como si el problema de ETA fuera sólo la violencia y no se añadiese a ésta la ideología totalitaria que la inspiraba y que sigue gozando de excelente salud entre los nacionalistas y separatistas de toda España. Sigue viva la manipulación del lenguaje que lleva a hablar de “conflicto vasco” como si hubiese dos bandos y se tratase de una guerra. Siguen circulando los eufemismos como el de “la lucha armada” que presenta a los asesinos de Gregorio Ordóñez, Miguel Ángel Blanco y Joseba Pagaza como a una partida de guerrilleros en lucha contra la invasión napoleónica de 1808. Siguen los homenajes a los terroristas excarcelados y las manifestaciones por los derechos de los presos como si sus familias fuesen las verdaderas víctimas y no los muertos, los heridos, los extorsionados, los que fueron expulsados del País Vasco porque allí no podían vivir.
Todo esto sigue vivo y en perfecta forma.
Jean-François Revel comenzaba en 1989 su célebre libro “El conocimiento inútil” advirtiendo que «La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira». En efecto, ella es la fuerza del totalitarismo. Ella socava la confianza en las instituciones y disuelve la confianza que construye y sostiene las sociedades. Ella intoxica el debate y lleva a las personas a llamar “a las cosas por los nombres que no son” como advirtió Pilar Ruiz Albisu a Patxi López en 2005 cuando la negociación con ETA.
Hay que denunciar, pues, el blanqueamiento de ETA que se está instalando entre nosotros y, con especial fuerza, en el País Vasco, en Navarra y en Cataluña. Hay que exigir un final con vencedores y vencidos. Hay que reclamar la victoria sobre los terroristas que la cobardía política, la tibieza ideológica y a mediocridad moral le están hurtando a nuestra sociedad y, en particular, a las víctimas del terrorismo. Hay que impedir que sea ETA quien escriba la Historia, sesgue el relato y lleve la iniciativa de un proceso plagado de preguntas sin responder.
Los mayores cómplices de la mentira son la indiferencia y el silencio. Frente a ambos debemos revelarnos. No podemos permanecer indiferentes porque la Historia se proyecta hacia el futuro. No podemos callar porque, parafraseando el pasaje de Lucas (19,40), si callamos nosotros “gritarán las piedras.
Quedan centenares de atentados por esclarecer.
El odio a España sigue enseñándose en colegios e institutos.
Para muchos, la pertenencia a ETA es un motivo de orgullo y admiración en lugar de una vergüenza.
A los terroristas se los recibe hoy en pueblos y ciudades como si fuesen héroes.
He aquí la tristeza de nuestro tiempo y la extensión de la mentira a la que debemos enfrentarnos.
Impidamos que la verdad salga derrotada.
Impidamos que ETA escriba la Historia.