Opinión

Vargas Llosa o el no ritorno al segno

TRIBUNA

Roberto Alifano | Domingo 22 de abril de 2018

Vivimos una época en la que la mayoría de los (invariablemente llamados) intelectuales se han vuelto revoltosos de salón o de paneles de periodistas superficiales, y se empecinan en un discurso populista y bochornoso que opta por las ventajas de cierta urbanidad partidaria, no por los martirios que ocasiona. Esto ha hecho que con la Bastilla de los prejuicios políticos, impongan a la actualidad un sello de insustancial simbolismo. Pretenden anteponer intereses bastardos para desprestigiar al que piensa distinto, mientras ellos se suben al carro del vencedor para pellizcar lo que se pueda. Me causó gracia en España un eslogan circulante, citado por Luis María Anson, en un artículo. Dice: “Entre Ciudadanos y Podemos, bonitos motes, nuevos grupos que intentan chupar del bote”.

Por eso, prosigo, me parece innecesario hablar a esta altura de la calidad o del talento literario de Mario Vargas Llosa. Su obra que abarca casi todos los registros de la condición humana lo ha llevado a una justificada consagración. Yo quiero destacar otras virtudes, más cercanas a la reflexión, que caracterizan al famoso escritor; tales como su cortesía para expresar lo que piensa, su admirable modestia y su actitud ética y valiente ante la realidad, o lo que percibimos como realidad. La llamada de la tribu, su libro más reciente, nos aproxima a ese propósito.

La obra de Mario Vargas Llosa suele ser rechazada de antemano por esos cultores de la venalidad; algo similar acontecía con Borges en los remotos tiempos de principios de los años setenta, cuando se lo consideraba un escritor reaccionario. En el caso de Mario se llega hasta el colmo de calificarlo, desde posiciones fundamentalista, de acomodaticio escritor de derecha, que sigue arrepentido de haber sido alguna vez de izquierda. Los más fanáticos, bajo esos absurdos argumentos, hasta se niegan a considerar sus magníficas novelas, pues juzgan que esos textos no son merecedores de ser leídos y discutidos como corresponde; vale decir, democrática y literariamente (aunque literariamente, lo repito, no admiten discusión). Impecable prosista, abierto hacia todas las formas de la narración y de la reflexión. Coincido con el periodista Juan Cruz anhelante de encontrar “cada día un nuevo lector de Mario Vargas Llosa”. Que así sea; será muy saludable. Y, sin ninguna duda, saldrá ganando la literatura, la buena literatura.

Días atrás mi amigo Alejandro Vaccaro me obsequió su libro más reciente, La llamada de la tribu, dedicado a su generoso amigo Gerardo Bongiovanni, presidente de la Fundación Libertad. Un volumen que él mismo califica de texto autobiográfico, poniendo un acento preciso desde el comienzo, acaso para que nadie se confunda: “un recorrido que me fue llevando desde mi juventud impregnada de marxismo y existencialismo sartreano al liberalismo de mi madurez”. Confieso que en lo personal, me siento identificado con ese punto de vista, ya que a muchos escritores de mi generación han pasado por la misma experiencia. Ese sendero es parejo al de otros acreditados artistas y escritores de la pasada centuria, tales como Octavio Paz y Jorge Edwards. Todos ellos justifican su transformación ideológica en la ineficiencia y brutalidad del régimen de la casi olvidada Unión Soviética y de otros países comunistas. Muy pocos, en cambio, han sido capaces de teorizar su metamorfosis y, muchos menos aún, de vincularlas al descubrimiento intelectual de los filósofos de su tiempo como lo hace Vargas Llosa en este libro, donde están presentes, con la debida gratitud del autor hacia Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin, Jean-François Revel.

Autores de enorme ayuda durante aquellos años de desazón, que nos mostraron otra tradición de pensamiento, privilegiando al individuo frente a la tribu, la nación, la clase o el partido, y que defendían la libertad de expresión como valor fundamental para el ejercicio de la democracia.

Hombre no sólo de pensamiento sino también de acción, esa actitud fue la que le llevó, incluso, a presentarse como candidato a la presidencia de Perú, al frente de una coalición política conformada por el Movimiento Libertad (fundado por él), Acción Popular y el Partido Popular Cristiano, en un intento de oponerse a las amenazas populistas de nacionalización en la economía del país. Como periodista, que me tocó en ese momento cubrir en Lima los avatares de la elección, que fue adversa a Mario Vargas Llosa, arrojando como triunfador al mediocre demagogo Alberto Fujimori, con las consecuencias harto conocidas. Recuerdo que me dijo Mario ya bastante desalentado, que su opositor cerraba los discursos rogando: “¡Milen a este poble japonesito; tienen que votal pol él”. Un horror.

Pasadas las elecciones, desde Lima yo viajé a México. Por esa época era colaborador permanente de la revista Vuelta, que dirigía el bien admirado Octavio Paz, a quien visité en su casa del Paseo de la Reforma. Y -¡vaya paradoja!- Lo encontré alegre por la derrota de nuestro amigo. “Le confieso, Roberto –me dijo con una sonrisa de visible alivio-, que yo rogaba para que Mario perdiera esa elección y no fuera elegido. ¿Usted se lo imagina como presidente? No es que le niegue talento para esa función; pero los escritores no han nacido para ser funcionarios políticos. Es preferible que nos siga iluminando con su imaginación. La literatura, por suerte, no ha perdido al mejor novelista de nuestro tiempo, que no es García Márquez, sino Mario”.

Coincidí con Octavio. ¡De la que se salvó Mario! El oficio de político, yo también lo creo, no es asunto de escritores ni de artistas. No mucho tiempo después, nos encontramos con Vargas Llosa en casa de nuestro común amigo, el dibujante José Luis Cuevas. Ambos habíamos asistido a un encuentro de escritores organizado por la revista Vuelta, que dirigía Octavio Paz. En esa oportunidad, con su sinceridad habitual y sin freno, el autor de La guerra del fin del mundo hizo ciertas ásperas declaraciones públicas sobre México: “un país socialista hacia fuera y fascista hacia dentro”, lo calificó concluyente. Octavio no quedó bien parado, pues el congreso se lo había financiado el PRI (Partido Revolucionario Institucional).

Diré de manera sucinta -pues dejo para otra oportunidad un comentario más vasto sobre El llamado de la tribu, brillantemente analizado en El Imparcial por otro colega-, que Mario Vargas Llosa concibe una original y magnífica autobiografía intelectual y política girando a través de los filósofos que lo alimentaron con sus reflexiones. Según nos revela, es un libro “en defensa del liberalismo y contra las mentiras y calumnias que se han tejido alrededor de esta corriente”. Es, también, agrego yo, una apasionada defensa de dicha forma de pensamiento, basada en su propia experiencia vital y, sobre todo, en su diálogo interior con algunos de los grandes estudiosos de la historia; empezando por quien es reputado como fundador del capitalismo moderno, el economista británico Adam Smith.

Quizá puede discreparse con Vargas Llosa por la selección de nombres que establece; pero, de ninguna manera, rebatirla porque constituye, de manera definitiva, a quienes él reconoce como sus maestros. Creo así que en cualquier sentido que se lo lea, es un gran libro con indiscutibles aportes literarios que hacen honor a la propia condición liberal de su autor, aunque genere, es probable, no pocas dudas frente a los asertos fundamentales que establece. En lo personal, yo no puedo dejar de decir que no coincido con la menos malévola que despiadada crítica a Jean-Paul Sartre, muy cercana a una discusión sentimental con su propia experiencia que al debate filosófico. Vargas Llosa parece sentirse traicionado -sin duda con razón en su caso- por una de sus esenciales referencias de juventud; también de la mía. Lo describe convertido al final de sus días en una suerte de tilingo de la propaganda izquierdista más irritante y no vacila en echarle en cara su escepticismo cáustico respecto a los valores de la socialdemocracia; además de su poca generosidad, sobre todo con el movimiento estudiantil de Mayo de 1968.

La llamada de la tribu muestra la notable erudición de su autor, en especial basada en un sólido conocimiento de la obra de sus pensadores predilectos a quienes leyó y analizó exhaustivamente. En su apasionada apología del liberalismo, Vargas Llosa describe la evolución de esas ideas basadas en la libertad, clave fundamental de la democracia, sobre cuyas bondades se deben establecer algunas excepciones, tales como las referidas a la obra de dos pioneros: Friedrich August von Hayek y Milton Friedman. Que yo sepa, muy pocos aceptan la satanización que sufrieron ambos por parte de pensadores de izquierda, que podemos considerar serios y denuncian de manera enfática al laureado Premio Nobel de Economía. Sobre todo cuando Friedman sostiene, verbigracia, que una dictadura que practica una economía liberal es preferible a una democracia que no lo hace. Aquí se le hace necesario no olvidar que Friedman y su llamada Escuela de Chicago, con sus famosos Boys apoyaron descaradamente y asesoraron el régimen tirano de Pinochet en Chile y que, en 1975, en pleno apogeo de esa dictadura, como invitado especial de la Escuela de Negocios de Valparaíso visitó ese país, donde dio una serie de conferencias. También se hace necesario recordar que Borges fue el otro pecador, al aceptar una condecoración que recibió del régimen, y que lo excluyó definitivamente del Premio Nobel.

Eso sí, con firme determinación Mario Vargas Llosa marca una diferencia con esas actitudes que, para nada, empañan en absoluto su convicción de que el liberalismo político y económico está indisolublemente unido al ejercicio de las libertades democráticas y constituye su expresión más lograda hasta el momento. Tampoco duda en reconocer que la aplicación de esta doctrina, de la que es ferviente promotor en nuestros días, puede crear diferencias sociales que es preciso corregir. La igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades, deben garantizar un derecho casi universal a la educación, pero en cualquier caso insiste en el fracaso de las políticas nacionalizadoras y colectivistas, pues acaban sojuzgando a los pueblos con falsas promesas. Populismo dixit.

En La llamada de la tribu está también presente, como no podía ser de otra manera, el pensamientos de don José Ortega y Gasset, del que se vale para explicarnos la pulsión humana por regresar a la vieja sociedad tribal, “donde el hombre se halla exonerado de tomar decisiones individuales, de enfrentarse a lo desconocido, de tener que resolver por su cuenta y riesgo”.

La presencia intelectual de Vargas Llosa se basa mucho en Karl Popper, a quien reconoce como otro de sus maestros; junto a la influencia del filósofo y economista austriaco, aparece también su admiración por Isaiah Berlin, del que exalta su mesura y su honestidad intelectual. Por supuesto, arrebatado de entusiasmo se detiene vastamente en el filósofo vienés Friedrich Hayek, que enfrenta no sólo con la Sociedad Fabiana sino también con Keynes y su famoso Tratado sobre el dinero.

Discrepo con Vargas Llosa por el débil y poco enfático acento que pone al referir a las execrables lacras financieras que como lobos hambrientos acechan los países menos desarrollados; así como las desigualdades que persisten en el capitalismo global, ávido de multiplicar riquezas por la riqueza misma. Reconozco, sí, que la Europa moderna no hubiera avanzado sin el concurso determinante de ese ideario que vela por la justicia social dentro de la economía de mercado.

A estos defectos ostensibles se les podría agregar el deslumbramiento que a Mario Vargas Llosa le produjeron, cuando residía en Londres, las reformas de Margaret Thatcher (a quien compara con Churchill), si bien es cierto que ellas implicaron un rápido viraje de la penosa recesión al espectacular resurgimiento económico. Su actitud acomodaticia e individualista, de execrable demagogia antidemocrática no la eximen de ciertos comportamientos, sobre todo bélicos. La Guerra de Malvinas, disparate en primer lugar de los uniformados argentinos, es uno de ellos.

En el contexto de un planeta que avanza hacia una nueva colisión de impredecibles consecuencias entre república y nacionalismos, el inteligente Mario Vargas Llosa, defiende el carácter progresista del liberalismo político y la razonabilidad de su escuadra, que no intenta con una única idea dar una solución totalizadora para los conflictos de la humanidad, como sí lo hace Marx con la lucha de clases.

Insisto, hay mucha tela para cortar. En otra oportunidad nos extenderemos más sobre este magnífico volumen que recomiendo y que, no dudo, dejará satisfechos a los lectores hedonistas como yo.