Opinión

Un burro muerto rodeado de moscas

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Lunes 30 de abril de 2018

Uno de mayo, fiesta del trabajo, asueto del trabajador, tiempo del sindicalismo afectivo y efectivo: “Levanta el puño, Benito, que nos tiran una foto”. Desde Hesíodo –Los trabajos y los días- no hay mejor dieta ni mayor salud que la de trabajar a diario, sin descanso y a destajo. Unos, sí, a cambio de un salario, otros por conocer gente. Lo que se decía antes cuando te daban un premio: “Ponlo en la mesita de noche. Que lo vea mucha gente”.

Quien mejor ha estudiado el precariado joven español ha sido Remedios Zafra: profesora de arte, antropóloga, moderna, experta en esa clase de miradas largas que recogen y barren al mismo tiempo. Su obra, clásica y desoladora, no puede estar en más mesitas: El entusiasmo (Premio Anagrama). La esperanza en los trabajos creativos contemporáneos –tesis de Zafra- tiende a ser instrumentalizada. Los trabajos creativos están pagados con su práctica, y por ahí surge la nueva esclavitud. A través de las redes, todos creamos para todos, la creación se ha normalizado y es más competitiva, surge por tanto el desengaño. Los nuevos trabajos de hoy se camuflan como prácticas, formación, proyectos, se busca que el tipo se sienta un afortunado, y por ahí surge una segunda esclavitud. Explotación y autoexplotación. Zafra es contundente: “Se rompe el tiempo de reflexión y los lazos entre profesionales. Llegas a casa, sigues trabajando y te engañas”.

Cierto bohemio, frente al Prado, de los hiperrealistas, acorazado de collares y pulseras budistas, con mucho olor a porro bueno, la camisa blanca e inmaculada, me lo decía muy bajito, como en esas fiestas de sociedad donde impera el buen tono: “Un burro muerto rodeado de moscas, estéticamente, es mucho más bonito que un obrero empujando su carretilla laboral”. Lo propio del burro hoy, cuanto más joven mejor, es trabajar y no pensar. Umbral lo dijo muchas veces: “He creído en pocas cosas en mi vida. La principal: mi capacidad de trabajo y lo que éste me iba dando”. Lord Anson no ha cogido vacaciones en su vida porque confiesa estar siempre de vacaciones. Neruda y Cela, osos gramáticos, ni se lo plantearon.

Tal vez una cosa sea el trabajo y otra muy distinta la capacidad de trabajo. Insiste Zafra en que muchos trabajos se pagan de forma simbólica, a veces con la satisfacción de haberlos hechos, y eso le recuerda a los trabajos domésticos que jamás fueron considerados empleos. Todo se solucionaría con una línea muy simple: el paso de la profesión a la vocación. La vocación –su propio nombre lo dicta- es siempre voraz: no hay horas, no hay muros, todo es un campo de amapolas preciosas donde a veces la maravilla es encontrar el cadáver del burro, rodeado de moscas, después de habérselo hecho todo encima (pis y caca). La vocación, dicho de otro modo, es un entusiasmo que no espera ser rentable, querida Remedios. Estar dispuesto a morirse de hambre, porque la vida va en serio, sin pedirle al acto otra finalidad más que la finalidad misma. Deslomarse, y sonreír para la foto.