Opinión

Alfie Evans, Little Boy

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Viernes 04 de mayo de 2018

En el umbral de salida de la guerra mundial el llamado informe Beveridge fijó las coordenadas de una política mundial caracterizada por la absorción tendencialmente completa de la vida de la gente por el aparato del Estado, fundamentalmente merced a un sistema de seguridad social que cubriría a la integridad de la población. Un destacado poeta inglés acuñaría por entonces, en un breve poema titulado The Beveridge Plan, un término sintético de evidente significación: fascidemolchevismo.

Bajo la distancia aparente entre los modelos políticos enfrentados en la guerra: fascismo, democratismo y bolchevismo, Roy Campbell vislumbraba un mismo fondo. Esos modelos políticos, en cuanto que meramente políticos, significaban una exaltación del Estado con la consiguiente humillación y reducción de la vida de la gente a los parámetros de la máquina administrativa del Estado. Pero el aparato del Estado, como todo aparato, es útil como medio. Todo instrumento o aparato sirve a un fin que lo trasciende, porque escapa a su jurisdicción: la máquina carece por naturaleza de la capacidad de determinación del fin al que sirve. Una pala sirve para cavar pero no puede definir para qué hemos de cavar y sirve igual de bien para excavar una tumba que para plantar un árbol.

La bomba atómica llevaría al límite la potencia instrumental de los estados modernos revelando a la vez su última impotencia sustancial. Dada su capacidad de destruir el mundo (el mundo de la vida humana), la bomba significó la posibilidad de cegar la fuente de los fines, de manera que su servicio al Estado hegemónico perdería así todo sentido: ¿podría decirse que se ha vencido en una guerra que supusiera la destrucción misma de la vida humana sobre la tierra? La bomba atómica enfrentaría al Estado a su propio sinsentido haciendo visible su vacío fundamental o mostrando que el Estado recibe su orientación de un orden que lo trasciende. Dicho de otro modo, el Estado recibe su sentido de un terreno que está más allá de la realidad meramente política. ¿Para qué la bomba, es decir, para qué el Estado? Ésta pregunta parecerá superflua a todo aquel que – heredero de cierto Maquiavelo – asuma que el Estado es un fin en sí mismo.

Ya en el período de entre guerras, y aun mucho antes, algunos supieron ver en el creciente poder del Estado (muy lejos, sin embargo, de lo que hoy ha llegado a ser) una proporcional reducción de la potencia personal y comunitaria de la vida humana, reducción que daba lugar a sujetos conformistas y serviles, dependientes de burocracias impersonales. Hombres sin vida, dependientes para su bienestar económico pero también para su educación, su orientación moral o sus relaciones personales. Finalmente dependientes también para la decisión fundamental relativa al valor de su propia vida y de su muerte. El Estado, la gran máquina científicamente asistida, se erigiría así en la fuente del valor y determinante último del sentido de la realidad.

Enola Gay es el nombre del Boeing B-29 que dejó caer sobre Hiroshima la primera bomba atómica, a la que se llamó Little Boy. La semana pasada un juez inglés decretó la muerte del pequeño Alfie Evans por su propio bien (en nombre de su “mejor interés”) estimando que su vida no era digna de ser vivida y en contra de la voluntad de sus padres. Tampoco se admitió la posibilidad de su traslado a otro país europeo donde se habría mantenido la asistencia que precisaba para seguir viviendo. Es probable que entre un acontecimiento y otro no se vea, porque no se quiera ver, relación alguna. La bomba es un instrumento secundario al servicio del Estado, que es la instancia verdaderamente capaz de destruir el mundo y lo destruye de hecho en la medida en que se presenta como soberano de los fines, como señor del sentido, capaz de determinar el valor de la vida y de la muerte. Que un juez, oráculo del Estado, decida que un niño ha de morir indica que el ya viejo fascidemolchevismo es el régimen bajo el que vivimos, un régimen idolátrico que ha divinizado la Máquina Política conformando un Hombre abstracto y descarnado, un hombre sin nervio y desvitalizado. Es el mismo régimen incapaz de ver humana dignidad en la carne llagada y sufriente del prójimo. Pero el poderoso ídolo político, que hoy usurpa la capacidad de decidir sobre el valor de la vida y de la muerte, no prevalecerá. En defensa del mundo de la vida humana – frente a bombas y oráculos aciagos – habrá que volver a esgrimir violentas consignas: ¡hay que salvar a nuestros hijos, hay que revolucionar la nación: hay que vencer al Estado!