La última comunión de san José de Calasanz, de Goya, se incorpora a la colección del Museo del Prado gracias a un préstamo de un año prorrogable de la Orden de las Escuelas Pías.
La obra fue pintada en 1819, fecha en la que también fue inaugurado el Prado; efeméride de la que el año que viene se cumplen 200 años.
"Permitirá profundizar en la esencia de su pintura, que revela un profundo y excepcional conocimiento del ser humano y de sus tensiones, desgarros y padecimientos", explica el museo en una nota, en la que añade que Goya puso todo ello de manifiesto en una gran lienzo de altar en el que el pintor lleva a cabo un estudio de cada una de los caracteres de la escena, "que parecen prefigurar un tema clásico del mundo occidental, como es el de estudio de las tres edades del hombre, o el de la mansedumbre contra la violencia, o el de la luz y la sombra como metáfora de los actos y pensamientos de los protagonistas".
La pintura religiosa tuvo un peso fundamental dentro de su producción. "Como sucedió con la mayoría de los artistas de su época, los encargos para la Iglesia, públicos y de devoción privada, se documentan a lo largo de toda su trayectoria, constituyendo, de hecho, la segura base económica sobre la que cimentó su carrera artística".
El Prado recuerda que en los últimos años ha adquirido diversos cuadros de devoción privada de Goya, como la temprana Santa Bárbara, dos composiciones de la Sagrada Familia, el compañero de una de ellas, Tobías y el ángel, y un San Juan Bautista niño en el desierto, con el fin de enriquecer la representación de la pintura religiosa del artista.