Opinión

Presume de tus cicatrices

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Jueves 10 de mayo de 2018

Era un japonés anciano, muy parecido al difunto ácrata Agustín García Calvo: camisa sobre camisa y encima otra camisa más (tres prendas), despechugado hasta el ombligo, bufanda que parecía un mantel o trapo de cocina viejo, el bigote extendido por las patillas como el pelo de una ardilla pero sin llegar a formar barba, recogiéndolo todo una vieja cazadora vaquera de las de muchos botones y cuello de borreguito. “Te invito a un tazón de tus gloriosos descafeinados”, dijo, mirándome como un lobo, a poca distancia.

Las horas pasaban y no hablaba. Pronto decidió informarme de golpe. Era experto en Kintsugi: técnica artesanal para arreglar las grietas de la cerámica con resina y oro. Las grietas de las tazas o jarrones se cubren de esa pasta; las cicatrices doradas hacen evidente el paso del tiempo, exhibiéndolo con orgullo, demostrando su fortaleza. Las grietas doradas aumentan la pieza en belleza y valor con respecto a cuando estaba intacta. La técnica es una metáfora de una filosofía de vida: la de resistir y asumir los golpes frente a las adversidades haciéndose uno más fuerte.

“La defensa es siempre presumir de las cicatrices, del tipo que éstas sean, y aceptar que el tiempo pasa”, susurraba, apenas audible, el maestro. Díos mío, no podía creerlo, el libro de Amaia Arrazola sobre el que había escrito un artículo días atrás estaba haciéndose real justo enfrente. “La cuestión es querer nuestras imperfecciones. La vida hace que nos agrietemos poco a poco; resulta crucial no sólo convivir con las cicatrices sino ser conscientes de que ellas nos han traído donde estamos”.

Me enseñó una de sus tazas, aparentemente rota, agrietada, unida o pegada por medio de esas grietas doradas que simulaban un hilo mágico abrazado a la pieza. “No hay camino, hay muchos. Llenos de baches, de caídas, de golpes que dejan marcas. A mí la técnica del Kintsugi me ha hecho más fuerte en mitad de esta sociedad despiadada”. Le compré la taza, apenas tres euros, y comencé a verme de otro modo, en mitad de la calle con una taza rota en la mano que alguien, dentro de mí, me decía que era un tesoro, toda mi fuerza, un camino nuevo donde sería mucho más feliz.

Dos calles más allá volví a encontrarme con él: “Adjetiva de modo invisible y envolvente. Que haya una violencia contenida, soterrada. Que el amor parezca ser el mundo, pero, de algún modo, sí, que todos vengan del exterior”. Vencía la distancia mínima de seguridad y hablaba escupiéndome, cogiéndome de las solapas: “No una novela policíaca sino sobre la extrañeza. Averiguar el misterio. Personajes relacionados entre sí desde la superficie, sin saber lo que ocurre en el fondo. Donde el mundo de la artesanía, también el de los libros y la cultura, sea un refugio. Una fábula contemporánea acerca del odio soterrado, del odio como naturaleza”.

De repente, sin yo quererlo, la taza me cayó al suelo. Se astilló en miles y miles de pedacitos inverosímiles. El hombre echó a correr calle abajo mientras me gritaba: “¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡Estás a punto de hacer lo mismo!”. Me sentí más solo, más roto, vulnerable en la ciudad donde escasea el pegamento para los tristes y presumir de las cicatrices, tal vez, sea el acto más romántico, lúcido y agotador del universo.