Los Lunes de El Imparcial

Edith Pearlman: Visión binocular

RELATOS

Domingo 13 de mayo de 2018

Traducción de Amado Diéguez Rodríguez. Anagrama. Barcelona, 2018. 512 páginas. 24, 90€. Libro electrónico: 9,99€.

Por Paulo García Conde



Al lector que hasta el momento no hubiese oído nunca mención alguna sobre esta autora norteamericana de relatos no debe abordarle ningún sentimiento de culpa, menos de ignorancia. Hasta no hace mucho, Edith Pearlman era una gran desconocida en cualquier lugar del mundo. En parte porque su carrera literaria no dio comienzo hasta sus sesenta años; en parte, porque quienes llevan la batuta en el coro de voces críticas y quienes agitan el bastón de mando en el sector editorial no siempre ven destellar un diamante con rapidez. Por fortuna, las breves pero numerosas historias de esta escritora son ya de conocimiento público. Y no concederles una lectura (al menos una) a sabiendas de que existen sí podría justificar un sentimiento de culpa, quién sabe si también de ignorancia.

Tras ser reconocida con numerosos premios, como el National Book Critics Circle Award o el O. Henry, Anagrama ha recopilado varios de sus antiguos y mejores relatos, conjugándolos con otros de escritura más reciente (y en absoluto menos valiosos). En sus cuentos, Pearlman habla siempre de lo que tiene de mundano un matrimonio cualquiera, una hija cualquiera, la perspectiva de una persona cualquiera. Habla, también, de lo que puede llegar a tener de excepcional cada una de esas personas. No hay argumentos intrincados, ni diálogos soberbios, pero en unos y en otros destella la inteligencia, la lucidez de una pluma que mueve los hilos de una manera tan natural como poderosa. Reflexiones memorables disfrazadas del comentario más banal, escondidas en mitad de un pensamiento perteneciente al personaje más apocado, o al más destacado. Unos y otros componen escenas e historias desprovistas de ostentación.

A pesar de prescindir de recursos que a menudo se pueden detectar en la estructura del relato (del bueno y del menos bueno), en la prosa de Pearlman no sobra ni falta nada. Esa es una de sus principales virtudes: la precisión resultante de tener unos personajes tan ordinarios como redondos, un testimonio tan elemental como imprescindible. Otra de sus excelentes decisiones es no aferrarse a un prototipo, en referencia tanto a personalidades como a territorios por los que estas campen. Varios de los relatos se ubican en Godolphin (un área residencial ficticia de Estados Unidos), pero otros se desarrollan en Latinoamérica o en Europa, cuando no descargan su peso en Japón, por ejemplo. Con los personajes acontece lo mismo: los protagonistas pueden ser un jubilado estadounidense y una niña rusa que entablan una singular relación (pues todas las relaciones son singulares); una mujer que inicia una íntima amistad con un conocido a espaldas de su marido sin que, en realidad, haya nada de infiel en la misma; una familia condenada a no entenderse y funcionar a la perfección dentro de esa disfunción.

Todo lo mundano es susceptible de tener su propio lugar en los relatos de Edith Pearlman. Los que componen esta Visión binocular son una demostración de poderío narrativo, de eficacia literaria. Ninguno es de menor valía, ninguno flaquea en aquellos puntos donde su antecesor había despuntado. “Las tiendas de antigüedades han sido criticadas por fomentar lo más bajo de la naturaleza humana: la codicia y el narcisismo. Pero la adquisición de artículos ofrece un auténtico placer estético a aquellos que los adquieren […] En cuanto al narcisismo, yo creo que ha llegado para quedarse. El arte del adorno personal lleva practicándose desde que Eva se dio cuenta de que estaba desnuda”.

En definitiva, ha salido a la luz un estilo que se vuelve particular, propio de cada historia, pero que nunca abandona una desnudez y sencillez aparentes. No hay que dejarse engañar: no son más que espejismos. Y están construidos como tal de manera intencionada, dotando a cada cuento de una fuerza que conduce a la reflexión y al asombro cuando la lectura parece haberse serenado un poco.