Península. Barcelona, 2018. 398 páginas. 17,90 €. Libro electrónico: 11,99 €. Un estudio clarificador, sumamente oportuno y valiente, que aporta luz y razón a un conflicto que, según el autor, no es “entre Cataluña y España”, sino “entre catalanes” con distintas visiones y concepciones de Cataluña. Por Carlos Dardé
En Cataluña, “se vivía, a principios del siglo XXI, en un Estado de derecho, en todas partes reinaba la paz, y todas las leyes permanecían en vigor”, escribe Jordi Canal, parafraseando el comienzo de la novela El proceso, de Franz Kafka, para resaltar el carácter kafkiano, absurdo, del proceso independentista catalán. Un adjetivo, que también han utilizado otros autores y políticos, para referirse al llamado procés, en catalán. No se trata, afirma el autor de “un simple conflicto entre Cataluña y España, como reza el relato oficial nacionalista, sino de una disputa entre catalanes y entre modelos distintos de articulación de Cataluña en el mundo”, que “ha fracturado a la sociedad catalana y ha enfrentado simbólicamente a Cataluña contra el resto de España”.
Los secesionistas catalanes, en su inmensa mayoría, apelan y abusan de la historia para justificar sus pretensiones. Nada es tan significativo de ello como la presentación de Carles Puigdemont, en la Universidad de Copenhague, el 22 de enero de 2018, como el 130th President of the Government of Catalonia. (En lugar del noveno presidente de la Generalitat, desde su creación, en 1931, como es en realidad). No está de más, por tanto, acudir a la historia para analizar y entender el procés. Y nadie mejor para ello que Jordi Canal, nacido en Olot (Gerona), en 1964, un excelente historiador, catalán y cosmopolita (profesor en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, de París, y colaborador de diversas universidades europeas y latinoamericanas), autor, entre otras obras, de una reciente Historia mínima de Cataluña (2015), que conoce por experiencia propia la situación catalana. Ya en 1993, cuando era profesor ayudante de la Universidad de Gerona y todavía no había presentado su tesis doctoral, fue acusado en un libelo que tuvo amplia repercusión de ser un historiador “al servicio del Estado español”. En esta ocasión demuestra, con gran valentía, no estar al servicio más que de la verdad, “seguro -afirma- que ni lo objetivo ni la verdad existen realmente, pero la voluntad de aproximarse y guiarse por ellas resulta fundamental en las disciplinas humanísticas y sociales”.
En el libro que comentamos, Canal ofrece una historia del proceso independentista que es una mezcla de relato académico y ensayo -en el que no faltan alusiones familiares y personales-, todo ello con rigor, base documental y espíritu crítico. No es, dice el autor, una historia de buenos y malos -como otros políticos e historiadores han pretendido-, porque una historia así, no es ni seria ni honesta. Su tratamiento de Jordi Pujol, -“una persona culta y de notable talla política”, cuya obra no comparte en absoluto pero que considera “destacada y perdurable”-, es un buen ejemplo de ello. Pero esta actitud no le impide pronunciarse con contundencia sobre determinados asuntos. Por ejemplo, que “el nivel de degradación ética y profesional de TV3 y Catalunya Ràdio como arietes del proceso y referentes movilizadores, resulta difícilmente descriptible”. O las sesiones plenarias del Parlament, de los días 6 y 7 de septiembre de 2017, en las que “la vulneración de las legalidades española y catalana y el atentado a los derechos de los diputados de la oposición resultaron flagrantes”, en las que la actuación de Carme Forcadell “fue vergonzosa”.
La obra se compone de tres partes, precedidas de un prólogo y seguidas de un epílogo. En el prólogo se expone el plan del libro y ya quedan claras algunas tesis del autor. La primera parte se ocupa de los orígenes del nacionalismo catalán a fines del siglo XIX, y su desarrollo a lo largo de la siguiente centuria, con una atención específica a “tres momentos”: la época de la Mancomunidad de Enric Prat de la Riba, la Segunda República -en especial el estatuto de autonomía de 1932 y la sublevación de octubre de 1934-, y la etapa de Jordi Pujol al frente de la Generalitat, de 1980 a 2003. La segunda parte es un análisis del procés, desde 2003, cuando se inició la elaboración de un nuevo Estatuto de Autonomía, hasta diciembre de 2017. En la tercera parte, se trata de las estrategias simbólicas, lingüísticas y de escritura de un relato que justifiquen el secesionismo. Por último, el breve epílogo está dedicado a la situación tras las elecciones de 21 de diciembre de 2017.
No es posible en esta breve reseña desgranar todas las explicaciones que el autor ofrece sobre las situaciones analizadas, que siempre hacen justicia a su complejidad. Tampoco, resumir los brillantes, eruditos -y, en ocasiones, divertidos- capítulos sobre el relato nacional-nacionalista del pasado, la bandera y los “colores de la independencia”, las “danzas, castillos e himnos nacionales”, o la Diada. Destacaría, no obstante, algunas afirmaciones y conclusiones que cabe deducir del libro, respecto a cuatro temas: Cataluña, los nacionalistas catalanes, el pujolismo, y el procés.
Con relación a Cataluña, “antes del siglo XX no existía ninguna nación llamada Cataluña. Fueron los nacionalistas los que, a partir de la década de 1890, se lanzaron al proyecto de construir una nación y de nacionalizar a los catalanes”. Cataluña, por otra parte, “nunca fue un Estado independiente”. Con motivo del referéndum convocado en el Reino Unido sobre la independencia de Escocia, el 18 de septiembre de 2014, se quiso comparar los casos catalán y escocés. Pero, como afirma Jordi Canal, ambos casos son bien distintos tanto por el marco constitucional -la existencia o la carencia de un texto escrito-, como por la historia: Escocia fue un reino independiente hasta 1707, cuando formó el Reino de la Gran Bretaña, junto con Inglaterra, mientras que Cataluña estuvo integrada en la monarquía hispánica desde finales del siglo XV y, con anterioridad, en la Corona de Aragón, sin constituir un Estado propio.
Lo que caracteriza a los nacionalismos propiamente dichos -que surgen en Europa a fines del siglo XIX-, es que sitúan a la nación por encima de todo, más allá de los derechos humanos, la democracia, o la ley. Esta fe en algo supremo es lo que les asemeja a la religión. Los nacionalistas catalanes participan plenamente de este espíritu. Para ellos, Cataluña lo justifica todo. Jordi Canal aporta dos ejemplos especialmente relevantes: el de Enric Prat de la Riba -autor de La nacionalitat catalana (1906), una de las referencias esenciales del nacionalismo-, para quien “la religión catalanista” “tiene por Dios a la patria”; el otro, el de Jordi Pujol que, en los brindis del día de su boda, “aseguró que su pasión primera y fundamental era Cataluña y, en consecuencia, ésta iba a pasar en muchas ocasiones, por delante de esposa e hijos”. Quizá en ello radique la explicación de porqué los conceptos de historia, democracia, ley, Constitución -e incluso, verdad-, tienen un significado distinto para los nacionalistas que para los que no lo son –porque para aquellos, están subordinados al valor supremo, a su Dios, a Cataluña- y, por tanto, resulta imposible mantener un diálogo entre unos y otros. En la práctica, escribe Canal, ni las negativas consecuencias del proceso en la economía, “ni en el buen gobierno, ni en la estabilidad del sistema político, ni en la cohesión social, ni en paz y tranquilidad del país, les han importado, a fin de cuentas, lo más mínimo”, ante lo que juzgaban que era el bien superior de la nación, la independencia.
Con Jordi Pujol al frente de la Generalitat, entre 1980 y 2003, se llevaron a cabo grandes esfuerzos por “hacer país”, como le gustaba decir al presidente. “Lo nacional e identitario colonizaron totalmente la política catalana, permitiendo la expedición de simbólicos certificados por ser buenos o malos catalanes”. Particularmente relevante es lo ocurrido en la escuela, “nacionalista en lengua y en contenidos”, en la que han educado a gran parte de quienes han impulsado el independentismo. “No se trata de adoctrinamiento, aunque algo haya de ello, sino de integración activa en un universo hipernacionalizado que se cuela en los libros de texto, en las actividades lectivas y en los juegos. No en vano, el colectivo profesoral constituye uno de los pilares del proceso”.
Por último, el procés, iniciado con la reforma del Estatuto que impulsó Pasqual Maragall al acceder a la Generalitat, en 2003 -una iniciativa “no responsable y de oportunidad inventada por la propia clase política catalana”-, y culminado por Artur Mas y Carlos Puigdemont -de quienes se ofrece un fino análisis personal y político- entre 2010 y 2017. El proceso independentista, cuyos principales episodios expone pormenorizadamente es, a juicio del autor, un “viaje a ninguna parte”, en el que “ha habido poca violencia física, pero muchísima simbólica o moral. Las ocupaciones del espacio público no han sido amables. Las listas negras existen. Los piquetes no se anduvieron con remilgos en los paros de octubre de 2017. Las presiones y amenazas a cargos públicos, sobre todo en el mundo municipal de las zonas con más compromiso independentista, no han sido poca cosa: insultos, pintadas, escraches, burlas y acoso a los hijos”.
El autor no es precisamente optimista sobre el fututo. Lo único que le parece seguro es que la aventura secesionista “va a terminar mal para Cataluña y para España. La reconstrucción de las roturas, en caso de ser posible, va a ser harto complicada y costosa y va a ocupar mucho tiempo”. No obstante, acaba el libro volviendo a El proceso, para proponer “un programa auténticamente revolucionario”: “mantener el sentido común”, como trató de hacer, hasta el último momento, Josef K, el protagonista de la novela de Kafka.
En una situación en la que “lo racional ha perdido definitivamente la batalla frente a las emociones”, el razonado análisis histórico de Jordi Canal resulta de enorme valor y utilidad.