Opinión

Electroseparatismo

TRIBUNA

Raúl Mayoral | Domingo 13 de mayo de 2018

Los separatistas están cada vez más desquiciados. Se les cruzaron los cables y de tanto encender y apagar el interruptor de la desconexión con España han fundido los plomos. Sumidos en una oscuridad tan negra como la del 3%, deambulan y se tientan sin conocerse entre sí. Según Artur Mas no hay luz suficiente para la independencia. Puigdemont, al contrario, afirma que está más encendida que nunca. Rufián anda paralizado por una descarga de su impresora. Junqueras pena a la luz de dos velas, una a Dios y otra a los prelados del procés. Forcadell decidió esconder la independencia en el sótano, como si fuera la madre de Norman Bates en Psicosis. Llega ahora Quim Torra, un electrodoméstico con mando a distancia desde Berlín, creyendo que basta con reiniciarla como si fuera un ordenador. Los electricistas son otra vez los antisistema de la CUP, con lo que el cortocircuito está asegurado. Al frente de la compañía eléctrica, Mariano Rajoy. Oír su nombre, y a los independentistas les da calambre. Y los catalanes con la sensación de estar sobre una silla eléctrica. Ya se sabe quién abonará la factura.

La cuadrilla del procés sigue erre que erre, Torra que Torra, andando y desandando un camino que se sabe sobradamente que no tiene más salida que la prisión o la fuga. Ambas han constituido históricamente el destino final del independentismo catalán. Habituados a proclamar una independencia por horas, 1934, o, incluso, por segundos, 2017, como suelen medirse los kilovatios, los separatistas pretenden electrocutarse contratando también por horas a un presidente de la Generalitat, Quim, el electrizante hincha antiespañol, especie de freelance, experto asesor en el odio a España. De una hipotética Generalitat presidida por Torra, se exiliarían sin dudarlo Cambó y Tarradellas. Una cosa es ser catalanista y otra un delincuente y, además, esperpénticamente estrafalario.

El desquiciamiento que padece el separatismo amarillo tiene origen en la pachorra de Rajoy, quien ha frustrado sus expectativas, no combatiéndolo abiertamente, sino aburriéndolo exasperadamente, cansándolo implacablemente. Un amigo barcelonés sostiene que en la crisis catalana, Rajoy ha asegurado la unidad de España a costa de fulminar al Partido Popular y desesperar a sus votantes. El azar de la Historia ha querido que gallegos rigieran los destinos de España en dos momentos decisivos: uno, cuando hubo que parar las divisiones de Hitler en Hendaya; otro, en estos años de chifladura independentista. Ese peculiar carácter gallego de ni sube ni baja, practicado con brumosa dulzura y, a la vez, ardiente entusiasmo, esas expresiones idóneas ¿Quién sabe? ¡vaya usted a saber! dichas cuando no hay nada con qué traducir lo eterno o contar lo inescrutable, constituyen la argumentación más solvente ante la demagogia de cualquier demente. No le faltaba razón a Unamuno al decir que los gallegos, o se quedan en la ría, o se van a Buenos Aires a poner una panadería o se vienen a Madrid a gobernar España. Pero suelen gobernar con tanta parsimonia, que parecen haberse quedado sin corriente.

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