Enrique Arnaldo | Jueves 17 de julio de 2008
Los políticos madrugan con la quinta marcha puesta. Al levantarse se lanzan como posesos sobre el aparato de radio y van cambiando de emisora para conocer las posiciones de conductores y tertulianos. Con la otra mano abren el ordenador y se conectan a las primeras páginas de los periódicos en formato digital. Alimentados debidamente ya se encuentran preparados para ser abordados por entrevistadores y opinadores sobre los temas del día. Ante sus inquisidores preparan los siguientes posibles tipos de respuesta.
La primera, y más generalizada, es cargar contra el adversario. Cuando éste gobernaba todo iba mucho peor. Y ahora que está en la oposición no se entera de nada. La mejor forma de ocultar la propia incapacidad es el recurso a la técnica del calamar. Si es que sube la inflación, contestas que en el gobierno del otro subió por encima de la media europea. Si es que se incrementa la criminalidad, respondes que los otros no crearon suficientes plazas de Policía. Si es que... recuerdas lo de Irak y ya está. Lo de Irak vale para todo, ya se sabe.
La segunda estadísticamente más frecuente contestación consiste en asegurar que es imprescindible una reforma normativa. Aunque vivimos bajo la hipertrofia o marasmo legislativo, siempre falta alguna modificación. Precisamente para aquello en concreto que se pregunta no vale con el ordenamiento vigente. Por más engordado que esté el Derecho las lagunas -lapsos o ausencias- son cada vez más frecuentes y lamentablemente se presentan siempre allí donde más necesario sería que se hubieran evitado. Si sumáramos las reformas normativas que a diario proponen los políticos no tendríamos espacio en los almacenes de la Biblioteca Nacional. Lo que ocurre es que se les suelen olvidar, en cuestión de horas, con lo que algún tiempo después vuelve a replantearse exactamente la misma pregunta... e idéntica contestación. Y el problema, por supuesto, continúa sin resolver.
Otra posible respuesta a la inquisitiva pregunta del periodista es, simplemente, hablar de cosa diferente. El político se ha preparado con esmero su contestación y no va a cambiarla por el hecho de que le pregunten cuestión diferente. Coloca su morcilla y se queda tan pancho. En el supuesto de ser repreguntado o requerido de aclaración repite lo mismo con otras palabras, agotando así al entrevistador que, exhausto, tira la toalla educadamente.
En fin, no es tampoco nada infrecuente responder con la bobada. Las tonterías, las ocurrencias del último minuto, las improvisaciones de quienes pretenden descubrir la pólvora, nos sonrojan. A veces los políticos piensan que la gente no se entera de casi nada y que tiene unas tragaderas tales que se lo creen todo, pero algunos argumentos y no pocas conclusiones son tan peregrinos que debían, al menos, llevar como castigo de plano el ingreso durante no menos de 48 horas, en la cárcel de papel de “La Codorniz”. ¡A quién se le ocurre decir que el Gobierno compre suelo! ¿Por qué no lavadoras para que no quiebre el sector de los electrodomésticos o billetes de avión para que no haga Spanair un expediente de regulación de empleo?
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