Opinión

Hay efemérides que matan

Víctor Morales Lezcano | Jueves 17 de julio de 2008
Llama sinceramente la atención cómo se repite lo de siempre en el teatro de las relaciones bilaterales hispano-marroquíes. A saber: que España y Marruecos tienen relaciones “profundas y sólidas” (Rodríguez Zapatero dixit), pero que, ocasionalmente, el gobierno de turno en Rabat se concede el derecho a proponer una nueva edición reivindicativa de las ciudades de Ceuta y Melilla; casi sin corregir la anterior y aumentada un poco si las circunstancias “editoriales” así lo aconsejan.

Quiero decir que cada actor interpreta su papel de acuerdo con un guión que gira en torno a lo que gira. Mientras tanto, como ha ocurrido con la última visita del presidente del Gobierno de España a Rabat para entrevistarse con el rey de Marruecos y su primer ministro Abbas el-Fassi hace sólo unos pocos días, algunas pinceladas, novedosas y curiosas, han esmaltado el encuentro celebrado en la ciudad-frontera de Uxda, entre Marruecos y Argelia. Ello ha hecho las delicias de la prensa -y no precisamente “del corazón”- , en la medida en que algunos medios de comunicación/ incomunicación suelen olvidar precisamente eso que los archiveros franceses llaman l´historique de l´affaire.

Con motivo de la visita de los reyes de España a las ciudades de Ceuta y Melilla redacté hace unos meses una síntesis del contencioso hispano-marroquí, a título de guía de emergencia para lectores (Público, 6 de noviembre, 2007).

España mantiene desde 1956 (fecha de la independencia de Marruecos) que las antiguas plazas de soberanía son innegociables, y que el asunto reclama en Madrid un fin de non recevoir. Marruecos, por el contrario, proclama permanentemente la apertura de unas conversaciones en el marco -mistérico- de una “célula de reflexión” sobre el futuro que aguarda a las sufridas ciudades, antiguas guardianas del Estrecho junto con el Peñón de los ingleses.

Como en los buenos thrillers de antaño, cabría preguntarse: “¿Quién da más? ¿Quién?”. Porque la novedad de este último encuentro entre los primeros ministros de ambos países, reside -desde mi punto de vista- en el hecho de que el rey de Marruecos no ha querido despertar “el fantasma de la ópera” (la célula de reflexión), sino que se ha limitado a pedir a Rodríguez Zapatero que no aliente visitas extemporáneas a las ciudades españolas situadas en el norte de África, mientras Rabat está esmerándose en filtrar a tantos subsaharianos que, patéticamente, inician su éxodo a partir de Mali, Níger incluso, y la delicuescente frontera de Argelia y Marruecos.

Cuando, además, hay en juego un futuro de cooperación bilateral que resume los ideales euro-mediterráneos, en danza desde hace un par de decenios. Cooperación que no procede exponer a desgaste o interrupción -porque los lazos que suponen los intereses, y los “colchones amortiguadores” entre las dos orillas, para algo se han inventado-.

“En consecuencia”, y ésta sería la indicación que hace el trono de Marruecos al Gobierno de España, “congelemos el dossier Ceuta-Melilla (y de paso el del Sahara occidental), que es asunto nuestro” -piensan en Rabat- “y apliquémonos ambos a colaborar de acuerdo con el principio de la vecindad amistosa, que para disputar tenemos siglos por delante”.

Es más que probable que el presidente del Gobierno español haya tomado nota de la moraleja, por si se diera el caso de que, con tanto frenesí viajero, se olvidaran en el Palacio de Santa Cruz de que hay efemérides que matan.

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