Opinión

La mímica del espanto

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 24 de mayo de 2018

El Sr. Torra, Presidente de la Comunidad Autónoma de Cataluña, pide argumentos jurídicos al Sr. Rajoy, Presidente del Gobierno de España. Argumentos jurídicos que fundamenten la permanencia en prisión de los que ha decidido nombrar ministrines, voz que escuché en Asturias para referir a los consejeros autonómicos. El acto de apelar a la ley para ofender a la justicia es bien conocido por los mismos juristas, entre cuyas consignas más exactas figura aquella que reza: summum ius, summa iniuria - sumo derecho, suma injusticia. Pero no hay aquí contradicción entre ley y justicia y el Sr Torra imposta un gesto teatral, como todo en la pantomima de la secesión: una farsa. El farsante podría dirigirse sin alharacas a las sentencias emitidas por los tribunales y encontrará allí los fundamentos jurídicos que pide.

A mi parecer la ley no contradice en este caso a la justicia. Los encarcelados habitan sus celdas en justicia y con todas las de la ley. Y si hay desviación entre justicia y ley será porque ésta se ejerce con una parquedad no sé si prudente o temerosa. La aplicación del artículo 155 de la Constitución española vigente se ha reducido al control económico del mesogobierno autonómico. Una vez que el programa del presidente Torra se ha expresado con contundencia en su propia investidura, parece que el mantenimiento de esa supervisión es la acción defensiva mínima que el gobierno puede adoptar. El gobierno la juzgará suficiente; sin embargo la ejecución del citado artículo se ha mitigado hasta los límites mismos de la ley: se han atemperado actos probados del gobierno catalán en los que no se han querido ver delitos, ni desafíos, ni quisieran verse desafectos. Pero esto es mirar para otro lado, cuando es preciso dar la cara. Arrostrar es la palabra: volver rostros para evitar males mayores. Así la presidenta autonómica hasta la toma de posesión del Sr. Torra – Soraya Sáenz de Santamaría – debió asistir a la ceremonia de investidura, con el único objetivo de arrostrar las ofensas que allí se hicieron al conjunto del país. Habría sido, a mi juicio, un importante acierto escénico, no exento de algún riesgo efectivo que habría contribuido a dotar al cuadro de notable dramatismo. Nada de esto puede pedírsele al corrupto partido de gobierno cuyas figuras y figurines, también en justicia, están en la cárcel o en camino.

Nadie duda de que el Sr. Torra tiene tras de sí un importante apoyo electoral. Nadie dudará de que la oposición cuenta asimismo con un apoyo electoral perfectamente comparable. Pero este dato sólo adquiere importancia ante el probable desenlace del drama, porque el cumplimiento de la ley fundamental está por encima de los resultados electorales autonómicos. Sólo ante el programa expreso y los efectivos ensayos de violación de esa legalidad pueden empezar a medirse las fuerzas de ambas posiciones, nítidamente polarizadas. La flemática aplicación de la constitución podría tener por fundamento una problemática confianza en la potencia del Estado ante el programa secesionista, al punto de considerar que el enfrentamiento se mueve únicamente en el terreno de la representación, sin oportunidad de saltar de la escena al patio de butacas o de allí a las calles.

Pero no debiera recrearse nadie en semejante confianza. El Sr. Torra tiene tras de sí una obra escrita que da completamente su medida y que comparte bases ideológicas con los padres fundadores de los nacionalismos separatistas de estirpe romántica. El biologicismo franco de las posiciones de partida de este nacionalismo se ocultó, tras la guerra mundial, en los términos de un etnicismo que apelaba antes a las culturas que a las razas, pero en el que la cultura cumplía la misma función de distribución absoluta en unidades estancas de unas poblaciones que se identificaban merced a dichas culturas. El relativismo cultural sería el evidente corolario, posteriormente al servicio de los procesos de descolonización siempre orientados contra la metrópoli y, por extensión, contra Europa. Un proceso falsamente análogo se quiere representar contra España.

Por lo demás el racismo nunca ha dejado de latir bajo la cultura. Todavía recuerdo el trueno del Sr. Arzalluz declarando preferir a un negro negro que hablara euskera, a un blanco blanco que no lo hablara. Se ve bien que la apelación a la lengua no oculta el racismo esencial de la perspectiva. Con semejantes actores en escena – y dada la magnitud de sus apoyos a las puertas del teatro – debiera iniciarse la batalla de la representación. Adopten el gesto atroz, abatan la voz y recurran a la mímica del espanto, porque aunque el dragón es un personaje sobreactuado – con cara de perplejidad sin objeto – una vez incendiado el patio de butacas, la batalla escapara mañana violentamente de las tablas.