Opinión

Día de Tauromaquia

TRIBUNA

Natalia K. Denisova | Sábado 26 de mayo de 2018

El viernes pasará a la historia de las Ventas. Dos toreros salieron a hombros por la Puerta Grande. Repasemos algunas cositas. El bullicio de la plaza de las Ventas prometía una buena entrada. La tarde parecía apacible y hasta calurosa. El ruedo transpiraba el vaho de las borrascas nocturnas, cuya fuerza se notaba en las manchas húmedas del arbero que resistían a desaparecer. Juan Bautista, Alejandro Talavante, quien aceptó sustituir a lesionado Paco Ureña, y López Simón causaban una gran expectación. Mas, como no hay solo un protagonista en esta fiesta, también la expectación y quizá algo de cautela despertaban los toros de Núñez del Cuvillo.

El primer gigante que salió a la plaza fue algo soso. Juan Bautista lo despachó correctamente, pero el silencio fue la respuesta. Con la redonda lidia de Talavante, con el noble toro de menores dimensiones que el primero, llegó la petición del público. Una oreja. Sigue la petición y se enfurecen los pitos. Y otro apéndice auricular cae en las manos de Talavante. ¿Merecidas? Seguro que sí. Sin embargo, los serios aficionados se preguntaron del por qué las dos ojeras. He aquí no tan lejano recuerdo del maganazo. Pesó sobre la segunda oreja de Talavante el recuerdo del vergonzoso robo de la esforzada y digna faena de Fortes. Con Talavante el público insistió y el presidente se rindió. Y no es para cuestionar el mérito del torero, sino para insistir en la vergonzosa y anticuada práctica de sentar en el palco a los legos del arte y ciencia tauromaquia.

Cuando la competencia de la autoridad de una fiesta, tan complicada como una corrida de toros, es dudosa, no hay claros criterios de cuándo y qué conceder, pues, no sorprende que Juan Bautista quedara sin trofeo por su segunda faena. Se dice que es la petición del público que otorga los trofeos. No obstante, cuando falta el público podría el residente evaluar los aspectos fundamentales de las faenas y conceder trofeos por cumplir con los mandamientos de la buena lidia. La segunda faena de Juan Bautista pasó bajo el diluvio, el ruedo más parecía a un pantano, pero el torero cumplió ante sí mismo su deber y vocación. Ante las dos figuras, López Simón ha mostrado su mejor versión y con el tercer toro recordó al publico, que estaba ya comiendo sus bocatas, que una persona se estaba jugando la vida en el ruedo. La voltereta y el golpe que le proporcionó el sobrero del Conde de Mayalde, dejó al torero medio desmayado, pero la sangre no se asomó. Se recuperó con gran ánimo y esfuerzo y acabó la faena. Una oreja. Pero el público gritón pitaba y pedía otra como reconocimiento del dolor y sufrimiento de las volteretas. De milagro no cedió el presidente y López Simón supo sacar otra oreja el sexto toro, noble y codicioso.

La seriedad, la nobleza y mesura han marcado la tarde del viernes. La plaza se ha rendido. No obstante, queda un mal gusto por los pitos inoportunos, por las broncas no merecidas. Son reflejo de las dos tendencias que quieren imponerse sobre el arte de la fiesta: la preferencias por los toros enormes y descastados, sin nobleza, y por las faenas que proporcionan más bien arrebatos, el espectáculo en deterioro del arte. Y las dos autoridades de la plaza, le presidente y el público, no están por la labor de oponerse a esto. O esto parece.