Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2018. 240 páginas. 18,90 €. Libro electrónico: 11,99 €.
Por Francisco Estévez
Así como algunos lectores tienen el defecto de leer confundidos entre la vida y el arte y, cuando más virulento, se muestran incapaces para reconocer el arte mismo, en su antípoda vivencial otros lectores viven prendidos por una sentimentalidad difusa que gobierna su corazón, como los personajes de la nueva novela de Manuel Longares. En Sentimentales, a través de la música los habitantes de una imaginada ciudad de provincias ven hipersensibilizadas sus emociones hasta el punto de perturbar sus comportamientos de manera fatal. La vida social queda pues escindida entre Septimino y Corchea, las facciones musicales que pueblan de arbitrariedades, convenciones hueras, purismo artístico, capillas estilísticas, arribismo vario y otros desajustes. La vida toda se ordena al compás musical puesto que “un sentimental no tiene enmienda”, como reconoce el narrador sin rubor alguno.
Un estreno bochornoso y aciago, las desavenencias amorosas de una pareja y la visita de un notable a la ciudad son los tres acontecimientos de la musical provincia que estructuran el libro y dan símbolo a la fábula. Una melomanía hipertrofiada puede ser buen símil del exceso de emotividad que gobierna hoy desaforadamente las decisiones racionales como bien ha analizado Manuel Arias Maldonado en La democracia sentimental: política y emociones en el siglo XXI (2016). Como sus inmediatas anteriores, Los ingenuos (2013) y El oído absoluto (2016), Sentimentales es novela de deslumbrante estilo con laborioso trabajo lingüístico. Sin embargo, en el presente libro el cuerpo del absurdo es vertebrado por una jocosidad que roza lo carnavalesco, cuando no se zambulle en él de pleno con cierto deje esperpéntico.
En el primer bloque parte con buen aliento pues una virulenta escisión suprime la legalidad del grupo Corchea. La advertencia de uno de sus integrantes: “El primer obstáculo para la vida normal surgió de la voluntad de reivindicarla”, podría devenir en interesante paralelismo de altura, con aquellas situaciones del 15-M español pero queda diluida en la maraña musical. El segundo bloque pudiera tener fuerte enjundia pues la música empapa todo lo social y penetra también poderosa en la intimidad de las relaciones de los personajes. De tal modo, para algunos habitantes el amor y compañía “debía serlo también de mis ensayos y conciertos”. Sin embargo, las desavenencias entre Armonía Mínguez y el narrador quedan lastradas por una hilaridad vana. Y el tercer bloque, aquel de la visita famosa, queda en inane trascendencia acribillada por la pirotecnia estilística de Longares.
Más allá de aquella hinchazón barroca atribuida someramente al autor madrileño por la cual presenta, en esta misma novela, por ejemplo, un caudal léxico amplísimo y una frase henchida que con frecuencia ronda sin apuro ni desmayo alguno más de cien palabras, su característica esencial resulta ser un foco múltiple y heterogéneo de atenciones al que atiende en su narrar, pasando en aparente caos de menudencias observadas a detalles de enjundia o gruesos tonos que resultan laterales en el hilo de la frase, pero quizá no tanto en la suma del capítulo.
Y, más allá, cuando uno aleja mirada, observa con detenimiento ese constante hilo rojo trazado por el escritor. Ese “hilo de inclinación y afecto que enlaza todo y caracteriza el conjunto”, como acertó a definir en metáfora feliz Goethe en Las afinidades electivas. Así pues ese “instante fértil”, anunciado ya por Lessing, toma singular cuerpo en la prosa de Longares de múltiple manera pero efectiva trascendencia lingüística que tuvo culmen en su gran novela Romanticismo (2001). Ahora radicaliza aquellos postulados para reflexionar sobre el absurdo y lo banal de nuestra realidad.
Pero resulta a la postre una fábula sin trascendencia que en la radicalidad de su estilo se aleja del pulso vital de sus coetáneos lectores. Lastrada por el ingenio y la humorada la alegoría desciende aquí vuelo crítico. De mano del virtuosismo de buena ley el barroquismo deviene en manierismo, la sorpresa, esperada, el deleite, menoscabado, la finalidad, pues, extraviada. Y, así las cosas, a pesar de hilarantes frases, párrafos pletóricos y páginas estupendas, he de convenir a la contra, que el conjunto queda menguado, atrapada la fábula, sustraído el libro, y, en suma, la novela ensombrecida por tanta luz, como un “acordeón sin resuello”.