Las ochocientas páginas de Josep Massot son heroicas, legendarias, mucho más que una hazaña cualquiera, la temperatura de la tenacidad y el trabajo por encima de la vida, hoguera de cautelas y trepidante ritmo literario: Joan Miró. El niño que hablaba con los árboles (Galaxia Gutenberg). El siglo XX plástico, digámoslo con todas las letras, se divide en dos pintores, ambos españoles: Pablo Picasso (primera mitad) y Joan Miró (segunda mitad). Ambos construyen un lenguaje universal, conocido en todo el mundo, siempre franceses y siempre españoles, más primitivos que intelectuales, más fuerza que idea, pura emulsión de interiores sobrecogedores y voraces.
Las ochocientas páginas de la biografía exhaustiva de Joan Miró son como una perforación del diamante: autor hermético, autor raro, autor secreto, enigma familiar y público. Pierre Loeb, marchante francés, lo expresó sin tapujos: “Era el hombre más misterioso, el más impenetrable que he conocido en mi vida”. Joan Prats, amigo de la infancia, decía: “Lo sé todo y no sé nada de él”. Michael Leris anota en su diario en 1925: “la pintura de Miró es el camino más corto de un misterio a otro”. Catalá Roca, fotógrafo, explicaba: “Era como un caracol. Mientras le dejas hacer, va bien, pero cuando intentas tocarle, se esconde”. En libros anteriores se acercaron a él varios escritores (Jacques Dupin, Georges Raillard) siempre de modo somero, superficial, sucinto, ninguno llegó a las pepitas de oro de Massot. Se explica en las palabras liminares: “Miró tenía la boca cosida como sólo en apariencia parece tenerla la imagen de la Virgen románica del ábside de Sant Climent de Taüll, que tanto fascinó al artista”. Una tarea, de veras, titánica.
Explica Massot: “Lo esencial en un artista es la obra, no la persona, pero el propio Miró dijo, hablando de otros creadores, que disociar la vida de la obra era un contrasentido”. Se destripa al niño eterno, al cultivador de monosílabos, al campesino huraño encerrado en su taller, al demiurgo de gestos y onomatopeyas. “El lenguaje verbal no es lo mío”, concluía el artista asedios de todo pelaje. Depresivo, eufórico, obseso de la música, amante de Japón, exprimidor de un lenguaje original en la naturaleza y los ritmos del universo, interlocutor del vacío y la nada, alerta siempre a lo cotidiano o abandonado, movimiento de esponja permanente ante cuanto ve, lee, oye. Locura salvaje, violencia interior, serenidad y equilibrio conquistados.
Cuatro son mis capítulos preferidos en todo el amplio oleaje donde la atención ni el gusto se rebajan un instante: Soñando con París, Con Picasso en el país de dadá, Nunca más Barcelona y Un unicornio en París. El viaje no puede ser más hermoso: “En 1920, asfixiado por la falta de ambición del medio artístico barcelonés, marchó a París y bajó del tren el 1 de marzo en la gare d´Orsay, su aspecto era el de un provinciano vestido de domingo, con una gran maleta de la que asomaba cómicamente un paraguas y sin saber hablar apenas francés”. Maravilloso. Allí lo esperan Breton, Aragon y Soupault para ir los cuatro juntos a casa de Picabia. La ciudad hierve de dadaísmo, el surrealismo asoma la cresta por la esquina, él es un campesino que lo sabe todo de la técnica pictórica (hasta cuando Goya pinta con cuchara) y llega a sus resultados sin ideas o planes preconcebidos (a la manera de Gaudí, también de Picasso, puro instinto, vomitona y relámpago).
Todo lo devora en París: el arte de los locos, el arte de los primitivos, el arte africano, los clásicos desde Rimbaud en adelante, la alquimia, los místicos, los ocultistas, el exceso de Jarry y Lautrèamont, la alucinación en los sueños, las realidades ocultas, las novelas populares y los grafitos de calles con olor a puta y lluvia, las verborreas clandestinas y las obscenidades sangrientas… esa batalla donde Picasso había ganado la batalla a Matisse y Braque y un francés (André Masson), un alemán (Max Ernst), un italiano (De Chirico) y dos españoles (Miró, Dalí) fundaron el surrealismo como quien echa humo por la boca. Cuando le preguntaban quién era decía: “Yo soy yo”. Este libro no es una novela ni un estudio sino una vida entera apabullante, intimidatoria, inigualable, veloz como un beso y eterna como la gloria.