El mayor secreto para mantenerse joven son las novelas impregnadas de la magia de los estados ambulatorios juveniles (Cortázar en Rayuela), de la fuga de uno mismo para entrar en colisión con el otro también en huida prístina (Breton en Nadja), de la errancia como líbido y alucinación (Fargue en El peatón de París), del respirar ciudad a título de orgasmo y absoluto empacho (Aragon en El aldeano de París). Los estados ambulatorios son otro oxígeno, poesía de amor y de miradas largas, de barras de establecimientos comerciales y ese yo que, a la manera de Michaux, es siempre “un movimiento entre el gentío” o, como también pontificó Baudelaire, “gozar de la muchedumbre es un arte”. Un género que no muere: lo hace Muñoz Molina en su última novela (Un andar solitario entre la gente) y un servidor en texto de reciente aparición por el que me felicitan en las farmacias (Llévate el paraguas por si llueve). Calle y más calle, siempre reino aparte.
Otro baratillero de lo ambulante es mi amigo el vendedor de libretitas con goma. Están de moda: las compra en las periferia madrileña por muy poco (0.80) y las vende en las calles políticas de Madrid (Ferraz, Génova) por mucho más (5e). Son grandes, son chinas, son de colores radiantes, todo el mundo hoy necesita una libretita con goma para apuntar deudas y amores al teléfono cuyos nombres no recuerda. Realmente, es un espía político, lo de los cuadernos es una excusa y me suelta verdades que me provocan pasmos: “Aznar es de Ciudadanos. Sí, hombre, sí. Lo convenció Vargas Llosa. Y a tu maestro Anson, le falta poco, está ya en el bote. Aznar no ha robado ni medio euro y le fastidia eso de robar como pobres (cremas en supermercados) pero todavía más robar como ricos (seis millones de euros, siete, cuarenta). Un hombre que lee a Cicerón no puede robar, y yo le he visto con sus libros, y me ha comprado libretitas, también Bárcenas, Zaplana, Felipe, Guerra, Esperanza Aguirre y Rubalcaba. Es tedioso el ladrón de gallinas, por su menudeo, pero todavía más el de castillos o palacios, la medianía en el robo puede ser una de las virtudes de la prudencia, a la manera de Gracián, qué sé yo, por ahí va la cosa, amigo”.
Toco su muestrario, pido otro descafeinado, le invito a un vino y me explica el mapamundi insólito: “Rivera, desde Ciudadanos, ha puesto en marcha una Plataforma Cívica, el embajador de la misma es Joaquín Gay de Montellá, actual presidente de Foment, y por ahí entra el poder naranja en contacto con un empresariado cívico, sí, no te rías, a la manera de Macron en Francia. Aunque Arrimadas tiene sus rifirrafes con Rivera, lo sé de buena tinta. Manuel Pizarro, desde El Corte Inglés, está por el invento, lo mismo que Manuel Valls desde París. Ciudadanos en Cataluña empezó así, más ideas y menos siglas, plataforma de ocurrencias y mucho bloc de notas y agenda pendiente: Félix de Azúa, Arcadi Espada, Pericay, Boadella. Así empezaron un 7 de junio del 2005, siempre desde la Constitución, la grandeza de ser humildes, el debate cívico y, coño, no han dejado de crecer”.
Compro una libreta verde, color fosforito, con la gomita en negro, tamaño novela editada por Planeta, páginas ideales para testar y al mismo tiempo comenzar a imaginar otro mundo posible. Mi amigo ambulante, como un semáforo, no descansa: “Las siglas importan cada vez menos. Son envases. Lo decisivo es lo que hay dentro: ideas, ideas, más ideas. Los bichos maledicentes dicen que Ciudadanos son siempre campeones en las encuestas y derrotados en las urnas, que quien sube rápido bajará más rápido aún, veremos qué pasa cuando líderes famosos den el portazo definitivo a sus casas natales”. Me asusto, y la goma se rompe, sin todavía haber estrenado las paginitas de marras.