Opinión

Palabra de preso

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Diego Medrano | Miércoles 30 de mayo de 2018

Estamos de enhorabuena, el inaudito festín está aquí, frente a las fauces: los colmillos largos, el pulso temblón y la mirada loca a su contacto. La editorial Renacimiento (Biblioteca de rescate) pone en circulación las dos obras principales de Pedro Luis de Gálvez: La Cochambrosa y El sable. Bohemio, granuja, dandi del menudeo, sablista, bebedor, putero, golfo, verbo encendido en la ruina de la noche y la pensión coronada de grietas. El sable son sus timos, sus memorias de calle, su supervivencia mínima, gallofería de café, vida de falsario en la gran ciudad, donde pedir para algo que al final es nada o lo de siempre puede tener novelería y persuasión. Pero La Cochambrosa es otra cosa: la localiza Javier Barreiro –responsable de la edición- en el Heraldo de Cádiz, publicaba como folletín a finales de 1905 y son páginas que escribe en prisión, a la espera de juicio por las palabras proferidas contra la monarquía en un mitin republicano celebrado en 1904 en Jerez de la Frontera, que le supone penal y miseria hasta el indulto.

La Cochambrosa es mucho más: aquí está su ideal de arte, lo contrario a la calle, su lugar imaginario, el manadero de todas sus prosas, y tales excursos sobre Arte y Estética son su absoluta locura, el motivo completo y explosivo de sus muchas enajenaciones. El sable es calle pero La Cochambrosa es ideario, blasón, credo, aunque sea por abajo, desde la precariedad e insolencia. Gálvez fue muchas cosas menos un despistado: sabía a lo que jugaba, su turbulencia no es estática sino que muy pronto se presenta en París a tener relaciones y trato con Picasso, Apollinaire, Marinetti, Juan Gris, sin dejar de frecuentar en Madrid a Baroja, Gómez de la Serna, Cansinos-Asséns, un largo etcétera. En prisión sabe bien por donde sale el sol: “De puertas adentro de la cárcel, no se busque la moral, ni la corrección, ni la delicadeza. Esto es un estercolero, caemos aquí y, al poco tiempo, estiércol somos”. Repito, sabía a lo que jugaba, no era inocente, la realidad jamás fue un impedimento para sus ganas de escribir y vida siempre, alta y en llamas, rabiosa e irracional, dentro de la literatura.

Fue el capitán de los hampones madrileños, temido y leído, cuyos sonetos circulaban en la noche como auténtico oro negro y secreto. Vamos, en verso, con su autorretrato, tan fiel como cavernario, sin maquillaje: “De un velón de Lucena a la luz tenebrosa/ leí las aventuras de Sancho y Don Quijote;/ en Sevilla, la posta hice con Tagorote,/ y de yantar, un día, me dio la Gananciosa./ La dueña Marialonso me ferió de la hermosa/ Leonora los encantos. He sido galeote,/ y saben mis espaldas lo que humilla el azote/ y mis manos ya saben lo que oprime la esposa./ De fracaso en fracaso va rodando mi suerte./ Espero resignado la hora dela muerte./ ¡Qué me importan los hombres ni la gloria ni nada!/ Por caridad hermanos dadme un vaso de vino/ y abandonadme luego en brazos del Destino,/ que él arrastre -¡si puede!- mi existencia cansada”. Cansinos lo retrata como hombre execrable, amigo de la puñalada, ducho en el halago servil hasta la amenaza encubierta. Los periódicos fueron su bolsa durante un tiempo: Ángel Pestaña le mete en Solidaridad Obrera, Blasco Ibáñez en El Pueblo (periódico valenciano que acaban requisando los anarquistas). Su voz ceceante, firme y clara, fue mito cuando recitaba, aun cuando descendiendo de la cumbre del genio a la sima del bellaco mientras extendía la manopedigüeñocomo un bellaco (según Diego San José, compañero en la cárcel de Porlier). Donde ponía un pie brotaban los rencores. El rocín quijotesco, ay, supo morir como hidalgo aún viviendo a lo gallofo. Ernesto López Parra le pinta en alguna crónica con los ojos vueltos del revés, la mirada hacia dentro, cada estrofa gota de llanto o zarpazo de protesta. Nervio sus versos pero también tuétano.