Si no recuerdo mal se emitía el día anterior al referéndum que habría de decidir sobre la participación de España en la OTAN. El PSOE había hecho campaña contra el ingreso, pero una vez en el gobierno su parecer mudó asombrosamente y propuso un referéndum defendiendo el ingreso de España en la Alianza Atlántica. El día anterior – o poco menos – emitían por televisión un concierto de Joaquín Sabina, en el que participaba Javier Krahe. Su actuación fue convenientemente omitida, aunque de esos gestos de censura ya nadie se acuerda. Krahe, libertario sensible, cantaba una cancioncilla simpática en la que repetía, aludiendo a las siglas del PSOE: “no es socialista, ni obrero ¿es español solamente? Pues tampoco cien por cien, si americano también…” El partido socialista ganó el referéndum e ingresamos en Europa, en su alianza defensiva y en su unión económica. Parecía evidente que el ingreso en la unión económica no era separable de la entrada en la alianza militar. Era,en efecto, una Europa que se alineaba tras los Estados Unidos de América que, vencedores tras la última gran guerra, habían definido el nuevo orden mundial, especialmente europeo, con permiso de una URSS con crecientes tensiones internas. El antagonista de ese Cuervo Ingenuo de Javier Krahe estaba personificado en Felipe Gonzálezy la figura de aquel indígena tenía sentido desde el enfoque anarca de Krahe.
Más estilizado y postmoderno, Pedro Sánchez quiere gobernar la España neo-europea que se construyó en las décadas siguientes. Pero en su magín esa España se divide – desde un fondo étnico ubicado illo tempore – en una indeterminada pluralidad de naciones, nacionalidades o lo que sea. Al fin y al cabo su mentor concibió siempre el de nación como un concepto discutido y discutible. Recuerden la pasmosa enumeración que hizo Sánchez de las naciones que encuentra extendidas sobre el área de la península ibérica, concluyendo con gesto de esfinge: todas las naciones son España. Suele respetar la unidad de Portugal, aunque podría decidirse mañana a encontrarle sus naciones al Estado portugués.
En el lenguaje de nuestros gobernantes unidad y pluralidad se tratan como conceptos separables, asociando a unidad valores conservadores y “de derecha” y a pluralidad valores progresistas y “de izquierda”. Pero, como sucede con los conceptos de izquierda-derecha, tampoco puede hablarse de unidad sin pluralidad, a no ser que tratemos de la idea metafísica por antonomasia, la idea de una unidad de simplicidad que remite a Dios. Ni cabe hablar de una pluralidad sin unidad, unidad de cada elemento o de su conjunto, a no ser que tratemos de la idea metafísica y absurda de una infinitamente plástica ausencia de entidad que remite a la Nada. Pero no se trata de divinizar España, ni de aniquilarla, se trata de no inclinarse a la metafísica.
Pero a la más vana metafísica tendió siempre el federalismo socialista, conjugado con su (neo)europeísmo, hasta confundirse con el nacionalismo secesionista. En efecto, la vía recorrida por los nacionalismos máscaracterizados oidentificados(con vocación de nación) es transitada también por lascomunidades autónomas menos diferencialmente señaladas. Por ejemplo, el recurso a la llingua asturiana, frente a los bables tradicionales, o al folklorismo andalusí de un Blas Infante, converso al islam y padre de la patria andaluza… siguen el modelo del nacionalismo cultural secesionista. Sobre todo,es preciso caracterizar la lengua para identificarse frente al español. Hay una obviapreeminencia de las naciones con lengua propia sobre las que la buscan, aunque finalmente todos acudamos al inglés.
Todo ello según un concepto mendaz cuyo fundamento real se encuentra en la consagración, por la Constitución del 78,de unidades administrativas destinadas a adquirir entidad política merced a la cesión de atribuciones o competencias por parte del Estado, que se ha descargado a favor de las unidades para-nacionales y de la Unión Europea. La Europa resultante constaría de pequeños estados, enteramente análogos a los estados canónicos pero menores: más eficaces en la administración de las poblaciones y menos resistentes – en una rara eventualidad – a las grandes potencias económicas globales.
La atmósfera común a esos pequeños estados se limitaría al mismo horizonte económico de gestión técnica de la vida humana. Esa Neo-Europa descargada de raíces antropológicas y ayuna de toda densidad espiritual es el nuevo paraíso terrenal del socialismo español y del progresismo cosmopolita en general. Paraíso en que querrían ubicar una federación sin substancia que acaso por un tiempo guarde el nombre de España. Pero es el mismo horizonte al que, a otro ritmo, se dirige también el bloque liberal-conservador, representando el papel de oponenteque es mediación necesaria para dar curso al proceso.