Opinión

Las tabernas de Mariano Antolín

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Diego Medrano | Viernes 01 de junio de 2018

Buscas, por Madrid, las tabernas de Mariano Antolín en su novela inflamable de bohemias luminosas, años modernos, figones de vino malo, mucho Londres y rock puro, a gollete, sin mezclas ni bosta adulterada: Silencio tras el telón del sueño (Pez de Plata). Es el padre del “underground” español, el introductor del budismo y la Beat Generation en España; de algo todavía más lírico, la calma entre las drogas, y aquí seguimos sin enterarnos. Lo decía mucho Juan Ramón y lo ha repetido todavía más Andrés Trapiello: “En edición diferente los libros dicen cosa distinta”. Esta novela, en editorial mágica y secreta, Pez de Plata, lleva todavía más carga contracultural, de lo nuevo antes que lo bueno, de risas con el pelo mojado y cuatro duros en el bolso, de muchas ganas de follar y de leer como si amasemos, que si lo hubieran publicado los santones de rigor. Un diez.

Buscas las tabernas de Mariano Antolín en las ocho rutas en las que siempre has recorrido Madrid y sus barras: de Cuatro Caminos a Bilbao (Bodegas Peña, La Nueva, San Mamés, El Doble, La Esquina…), de Quevedo a Argüelles (Casa Ricardo, Bodegas Jiménez, La Zamorana…), de Las Comendadoras a Maravillas (Taberna del Limón, Taberna de Abajo, Tabernilla del Gato, La Casta, Albur, Mayrit…), de Alonso Martínez a Las Cortes (Santa Bárbara, EL Nueve, El Timón, El Bocaíto, Los Gatos…), de Santa Ana a la Plaza Mayor (Cervecería Alemana, Casa Alhambra, labra, La Alegría, Taberna del Alabardero…), de Plaza Mayor a Puerta de Toledo (Sobrino de Botín, Revuelta, Lucio, Viuda de Vacas…), de La Latina a Delicias (Bodega del Águila, Vinos El 11, Malacatín, Amadeo, Alfaro, Vinícola Mentidrana, La Berenjena…) y del barrio del Retiro al de Salamanca (El Capricho, La Montería, La Castela, Colmenar, Del Toro, La Trainera…). El libro cuenta demasiado, mucha vida, muchas herramientas para el sentir, desde una poética absoluta del arte por encima del capital: un pintor, un escritor, una mujer sugerente, niña bien muy “madriles” (Serrano y por ahí, heráldica con Ortega y Gasset) pero también diamante feroz en mitad de cierta red eléctrica de sublimes polaridades y arañazos compartidos.

La vida como escritura es el motivo, vivir para escribir, ajeno a los deseos estancados, y muchas princesas y chorbos raros, y mucha ciudad retrete y marxistas con el orgullo de la pana, y mucho rock español cantado en inglés, y mucha deriva urbana de Madrid a Londres o Nueva York. La creación artística (literatura, pintura) en constante amenaza, en constante renovación, con miedo palpitante a perder vida o bien una muerte peor, la de repetirse. Libido del miedo entre los cuerpos fatigados de amor, de tanto amar, custodio de la obra que quiere abrirse paso y donde el dinero puede ser el revólver, el dedo en el gatillo, tanto de horizontes como de retrocesos. Canutos, psicodelia, el éxito de ligar que también puede ser fracaso, fluir o no dentro de la creación para vivir mejor, para vivir de otro modo, el peligro como borde del abismo y su frufrú siempre renovador por inesperado.

Copas de calvados, vermú de grifo y de aperitivo, centraminas y cafés despiertos, vivir echando el bofe, resonancias a jazz americano tocado fríamente por europeos, el éxito total de arruinarse la vida por medio de la imaginación. Buscas las tabernas de Mariano Antolín por Madrid y necesitas chubasquero: no llueve, nos mean encima y la nevera está tan vacía como el resto de la casa. Solo cuenta un miedo, el de llegar a perder la compasión, y una riqueza, la de propiciar el encuentro de varios lenguajes artísticos (cinematográfico, pictórico, musical) en uno solo. Buscas las tabernas de Antolín Rato por Madrid (“encadenar detalles es novelar”, dijo Nabokov) mientras disfrutas de esta prosa deprisa, deprisa, deprisa. A toda hostia.