Opinión

¿Tenemos dos vidas?

TRIBUNA

Marta Miguel García | Sábado 02 de junio de 2018

Se atribuye a Confucio la siguiente frase "Todos tenemos dos vidas: la segunda comienza cuando nos damos cuenta de que tenemos solamente una".

El quid de la cuestión es: ¿cuándo se produce ese punto de inflexión en el que percibimos que sólo tenemos una? ¿Todo mortal alcanza ese punto? ¿O la mayor parte de la gente vive atropellada por la prisa y la inercia sin que en su cerebro se produzca ese "click" que provoca despertar?

Da la sensación de que sucedemos alienados, aletargados, dormidos. En muchas ocasiones tomamos las decisiones más trascendentales de la vida impuestas por hitos evolutivos marcados por la sociedad, dedicamos nuestra actividad profesional a trabajos que no nos gustan y exprimimos nuestro tiempo en menesteres que no nos llenan. Y a veces, por desgracia, el único modo de salir de ese círculo vicioso en el que consumimos nuestros días del mismo modo que se extingue una colilla en un cenicero es afrontar un hecho traumático. Una enfermedad o la muerte de un ser querido pueden ser ejemplos de ello.

Existen numerosos testimonios de personas que tras enfrentar dolencias graves que han puesto en jaque su existencia dan fe del matiz que supuso esa experiencia abrupta en el devenir de su biografía. Cuando uno camina por los pasillos del área oncológica de un hospital, cuando uno se sienta frente a un galeno de bata blanca y escucha la temida palabra cáncer de sus labios, de pronto esa vertiginosa cotidianeidad en la que somos arrastrados a golpe de estrés se detiene en seco. Las manecillas del reloj se paran. Uno se pregunta para qué se ha preocupado tanto por naderías, para qué tanto insomnio dedicado a cuestiones reversibles, a inquietudes vacuas. Para qué discusiones banales con allegados, familiares y amistades, a qué tanto reproche y tanta queja y tan poca presencia de gratitud en nuestras conversaciones. Cuánto nos centramos en el debe y qué poco en el haber, qué virtuosos somos en reprobar y qué poco en dar las gracias a menudo. Muchas de las personas que sobreviven a un cáncer, a un tratamiento de quimioterapia o radioterapia ya no vuelven a ser las mismas. Lo esencial – la salud – ha cobrado significado pleno y uno aprende a relativizar los avatares del día a día, a palparlos y asumirlos como parte indisoluble de la vida sin hacer de ellos mayores dramas ni entregarles energía por doquier.

Otra ocasión en la que uno suele reordenar sus prioridades y tomar perspectiva de lo que de verdad importa es cuando un ser querido se desvanece para siempre. Un duelo es un proceso holístico, la pérdida de uno de los pilares de nuestra existencia hace que nuestra columna vertebral se desquebraje y todas nuestras certezas se plieguen como lo hacen las hojas secas de otoño arrugadas bajo nuestros pasos. Tras el llanto y el proceso de aturdimiento inicial muchas personas comienzan a cuestionarse qué tipo de vida llevan y si es o no ese estilo de supervivencia el que quieren acometer por el resto de sus días. Ante un funeral uno percibe más que nunca que la vida es finita, algo en lo que habitualmente no nos gusta pensar. Esquivamos la pérdida como concepto del mismo modo que las estrellas fugaces se escabullen de nuestro campo de visión cuando surcan el firmamento. Porque se nos enseñan diversas destrezas: a escribir, a leer, a comer con cuchillo y tenedor, a conducir, a aprobar exámenes y un largo etcétera pero no se nos educa sobre cómo perder a un ser querido y permanecer entero. Cómo sobrevivir a la muerte de la mejor forma. Qué carentes de dolor parecen las lágrimas anteriores al fallecimiento de un hijo, de un padre o una madre. La pérdida nos mutila y hace que volvamos a nacer, a ser otros, a observar la realidad con idéntica pupila pero desde un prisma distinto. Muchas de las personas que pasan por un luto llegan a ese punto de inflexión, a esa segunda vida – qué paradoja que una muerte provoque un nacimiento – a ese "click", ese espasmo que te abofetea, te interroga y te dice alto y claro que si no estás satisfecho aquí y ahora con tu presente tienes que realizar cambios. Extrínsecos, intrínsecos o ambos. A veces uno tiene que cambiar de trabajo, de ciudad, de pareja o de amistades. Otras, basta con rescatar una antigua afición que dejamos abandonada en el pasado o descubrir una nueva, todos podemos tener pasiones y talentos, lo complicado es averiguar cuáles son. Y en otras ocasiones, el cambio pasa por mudar las lentes con las que enfocamos lo que nos rodea, a los que nos rodean y a nosotros mismos. Porque hay más belleza en el mundo de la que somos capaces de asimilar, hay muchas cosas por las que sentirnos agradecidos y privilegiados desde que el sol apunta por la mañana hasta que se pone al final del día. Se trata de matemática simple: minimizar sufrimientos innecesarios y sublimar las oportunidades de dicha, de felicidad a nuestro alcance. Nadie, ninguna otra persona será feliz por nosotros. Estamos aquí de paso, no somos eternos y llegará el día en el que funeral será el nuestro. El muerto seré yo. Cuando uno es plenamente consciente de esa aseveración, ahí, justo en ese instante y en ese lugar, es donde comienza esa segunda vida.