Catarata. Madrid, 2018. 160 páginas. 15,50 €.
Por Alfredo Crespo Alcázar
Luis Moreno y Raúl Jiménez nos presentan en Democracias robotizadas. Escenarios futuros en Estados Unidos y la Unión Europea una obra muy sugerente que nos acerca una realidad tangible y de la que difícilmente podemos escapar como es la influencia que los avances tecnológicos ejercen, de manera casi rutinaria, en nuestro acontecer profesional y personal. Ambos autores, procedentes de disciplinas tan diferentes entre sí como la sociología/politología (Moreno) y la física (Jiménez) efectúan un diagnóstico magistral en el que descripción, análisis y prospectiva se suceden sin solución de continuidad. Para ello recurren a un estilo narrativo dinámico, plagado de afirmaciones todas ellas verificadas y contrastadas.
En efecto, los dos autores constatan un fenómeno: los robots están sustituyendo a las personas en la realización de numerosas ocupaciones. Este hecho deja como primera conclusión una inevitable pérdida de puestos de trabajo que repercute negativamente (y lo hará más en el futuro) en quienes desempeñan tareas más precarias y peor remuneradas, lo que generará el aumento del peligroso binomio para una democracia integrado por pobreza y exclusión social.
Moreno y Jiménez rehúyen del alarmismo en sus juicios. Además, tampoco entonan el clásico mantra de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Por el contrario, exponen las ventajas e inconvenientes que implica la robotización, advirtiendo que no reducirá de golpe los puestos de trabajo y que demandará profesionales altamente formados, capaces de maximizar el empleo de computadoras y de desarrollar estrategias de mercadotecnia eficaces. Este hecho incuestionable resulta compatible con otro de no menor enjundia: la supervivencia de trabajos, en particular los relacionados con los servicios sociales, que están al margen de la robotización y que no siempre han sido valorados (retribuidos) en su justa medida.
A partir de ahí, dan un paso más en sus reflexiones para determinar cómo influirá esta robotización en el Estado de Bienestar en cuyo terreno se desarrolla aquélla. En esta parte de la obra, expuesta principalmente en los capítulos 2 y 3, los autores hacen un recorrido brillante para explicar la trayectoria del Welfare State y las familias ideológicas (socialdemocracia y democracia cristiana, principalmente) que lo impulsaron: “El carácter diferencialmente europeo de sus Estados del Bienestar frente a la variante del welfare norteamericano ha sido que en EEUU la actuación de los poderes públicos nunca alcanzó - o quiso alcanzar- la capacidad autónoma de sus instituciones públicas para modificar las dinámicas del mercado, como sí ha sido el caso del modelo social europeo” (págs. 95-96).
El estudio que llevan a cabo del Estado de Bienestar hará las delicias de quienes se dediquen a disciplinas como la sociología, la economía o la historia por varias razones. En primer lugar, porque Moreno y Jiménez ofrecen una lección sobresaliente de la evolución experimentada por aquél, agrupando su desarrollo en tres etapas (oro, plata y bronce). En segundo lugar porque aúnan pasado y presente, explicando la crisis actual así como las posturas que con más virulencia han criticado al Estado de Bienestar. En este sentido, los autores explicitan la demagogia y la retórica que en muchas ocasiones ha caracterizado a este tipo de juicios adversos. Frente a esta postura simplista, Moreno y Jiménez demuestran valentía, reivindicando la cohesión social y la prosperidad económica como el gran legado del Estado de Bienestar.
En relación con esta última idea, desmenuzan a uno de los actores que mayor presencia ha adquirido en los últimos tiempos: el populismo, ya sea de izquierdas o derechas. Al respecto, manejan una idea fundamental a la que no siempre se le da la consideración que merece: si bien electoralmente los partidos populistas son minoritarios, sí que influyen tanto en las agendas de aquellas formaciones mayoritarias (condicionando su programa) como en el devenir de las instituciones europeas haciendo que éstas actúen con el “freno de mano puesto” al responsabilizarlas de la crisis desatada a partir de 2007.