Mariano Rajoy no piensa dejar la política, instalándose en su casa y en el ejercicio de su profesión. Sabe, como ha explicado Francisco Marhuenda, que un sector del PSOE, Podemos en pleno y los secesionistas catalanes quieren verle en la cárcel.
Si perdiera el aforamiento, algún juez podemita, y los hay incontables, le puede enredar en el caso Gürtel y enviarle a prisión. Ante esa perspectiva, al expresidente del Gobierno le presiona su entorno para que permanezca como diputado, incluso como jefe de la oposición. Mariano Rajoy todavía no ha digerido su escabeche en la moción de censura. No entiende qué torpezas ha podido cometer para que le hayan podido desarzonar de forma tan humillante.
Su eminencia gris, su consejero áulico, Pedro Arriola, le aseguró siempre que los dirigentes de Podemos eran unos frikis y los de Ciudadanos, insignificantes. Pero los frikis, con los insignificantes frotándose las manos, le han sacado a patadas de Moncloa, lo que era de prever y así lo señalamos algunos de forma reiterada. Con un Congreso de los Diputados mayoritariamente hostil, no podía seguir instalado en la soberbia, el desdén y la prepotencia creyendo que iba a pasar lo que los alabanceros de turno le señalaban. El relativismo político consiste en creer lo que a uno le conviene al margen de la realidad. Y la realidad, desde las elecciones de 2015, es que la mayoría de los diputados ansiaban liquidar a Mariano Rajoy.
No es tiempo para llorar sino para mirar hacia el futuro. Y tiene razón Marhuenda. Si el Frente Popular puede, instalará a Rajoy en la cárcel, respondiendo a las afrentas con que, según los ultraizquierdistas, el expresidente les ha acosado.