Opinión

Memorias de un voto cualquiera

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 06 de junio de 2018

Hoy les quiero contar un cuento. Erase una vez un voto menor de edad. Como es habitual muy pronto comenzó a ser objeto de deseo por parte de quienes controlan el censo electoral. A partir de ahí los órganos que gobiernan la voluntad humana le apadrinarán, le darán consejos e intentarán que su fontanela antes de cerrarse guarde las primeras consignas en clave política al estilo: “A quien quieres más, a Papá o a Mamá”

Cuando se habla del fracaso de los sistemas educativos no lo es por ignorancia pedagógica, sino por disimular la existencia de un agujero negro del cual fluye la asignatura encargada de impartir el control del pensamiento único. De tal manera que este método lo que consigue es que el individuo alcance un elevado índice de condicionamiento. Para ser más gráfico, aunque algo irreverente por mí parte, bastaría con la teoría del Premio Nobel Pávlov cuando ideó una serie de experimentos con perros basados en el condicionamiento clásico. Se dio cuenta de que al ponerle la comida al perro, éste salivaba.

El ejemplo viene porque hoy en día todos estamos manipulados. No existe el pensamiento reflexivo. La gente no razona y lo que se da en llamar opinión pública no es otra que una opinión mediática. En tono más coloquial, lo conocido como pastoreo de masas. Y ahora permitan que regrese a la evolución del voto puesto que llevo casi la mitad del artículo y no avanzo en la cronología. Cuando el voto pierde su virginidad es un momento solemne. Viene a ser como el primer beso en carne y hueso. Por descontado que hay otras primeras experiencias in memoriam, pero eso para otro día. Ahora el voto ya está en urna.

Para muchos se hace inevitable el tener adosada a su corteza cerebral la doctrina inculcada desde aquella edad temprana, porque siempre existieron los medios difusores cargados de consignas mediáticas, lo que sucede es que ahora la televisión y las redes sociales tan pronto beatifican como martirizan al instante. ¿Podría ser diferente?, claro que sí. Pero no interesa que el individuo tenga mayor capacidad de juicio. Es el poder de lo arbitrario y la fuerza económica quienes con precisión quirúrgica eligen al líder que más conviene. Así pues, despídanse ustedes de cualquier intervención porque su voto, al igual que el mío, irá a sálvese la parte en forma de papel higiénico.

Después vienen los pactos y demás contubernios para el encaje de poderes. Si esto no funciona se reparten de nuevo las cartas y así una y otra vez hasta que un buen día los intereses personales consiguen una cita a ciegas diciéndonos que es por el interés general, aunque para la ocasión también suelen utilizar esa cursilada de la “altura de miras” que tanto gusta emplear a los políticos. Si les digo esto es por su bien, porque la ilusión por votar es grande y si me apuran hasta un deber cívico, pero visto lo acontecido con mociones y censuras nuestros votos valen menos que una mina de fideos. De tal guisa que el resultado se diluye como un azucarillo cuando el totum revolutum convierte el voto democrático en un panaché de verduras. Véase si no el reciente ejemplo tan curioso que hacen a Mayo florido y hermoso: Psoe, Unidos Podemos, ERC, PDeCat, PNV, Compromis, EH Bildu y Nueva Canarias. Que quieren que les diga.

Aquí no hay democracia y lo único que se regenera es la indecencia, infusa virtud producto del nuevo orden educativo existente. Por eso ahora está tan bien vista la sordidez. El ser humano, que a la sazón es descendiente de sus propios errores, queda inane ante el mayor espectáculo del mundo: el circo político. Aquí se da vida a los charlatanes, al vendedor de crecepelo, y al ungüento milagroso, por no hablar de la hierba de la vida eterna traída de los desiertos de la remota Asiria. Es la democracia, admirados lectores. Son las puertas giratorias de siempre o como dice mi amigo Alonso, es el juego del trile ¿dónde está la bolita? Verán que viene a ser lo mismo, pero utilizando un voto cualquiera.

En fin, hoy no me apetece despedirme del inconsistente don Mariano. No es nada personal, pero en lo político, salvo parabienes económicos, nos ha dejado una España tan difusa y apocada como extraña. Le ha faltado mordiente y sobrado estancia. Tampoco voy a dar la bienvenida al camaleónico don Pedro, más que otra cosa porque se ha vendido a los placeres del ego. Lo peor es que lo ha hecho utilizándonos como moneda de cambio cual caravana de esclavos se tratase; y lo digo en favor de cuantos pertenecemos a ese grupo de buenos españoles. Por esa razón, y al buen decir de ese español tan grande como la copa de un pino, llamado Rafa Nadal, a mí también: “Me gustaría, como a la mayoría de españoles, volver a votar” Más que nada porque en mi voto está la virtud de sentirme libre. Al menos por un día. Que así sea y lo antes posible. Colorín, colorado, este cuento se ha acabado.