Opinión

Ese Madrid absurdo, brillante y hambriento

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Jueves 07 de junio de 2018

¿Cuántas horas podrías –te dices- estar pasando las páginas en este banco sin palomas de la nueva edición de Luces de bohemia (Reino de Cordelia) a cargo de Luis Alberto de Cuenca e ilustrada por José María Gallego? Edición grande, edición barata para lo mucho que da, edición donde cada página tamaño folio da cuenta de una ruina a la que el ingenio, siempre el ingenio, ese no dudar ni dejarse vencer, otorga categoría de pleno antidepresivo. Si algo hubo que jamás soportó Valle fue el ruido: “Despreciar a los demás, y no amarse a uno mismo”. Fue a lo suyo, sin dientes y embozado en capa mugrienta, con mucha caspa e hijos alrededor, eterna nube familiar, siempre en la paz del café con leche y en el temblor de sus letras trabajadas como orfebre, la escritura mucho más un destino que cierta meta apetecible, la palabra como escalpelo de sí mismo y del mundo podrido (el político, el que más) siempre alrededor como moscas conquistando el zurullo.

La intensidad de la expresión –lean las páginas dedicadas por Francisco Caudet a dicho aspecto- va en Valle pareja al miserabilismo: el guardillón con ventano angosto es el nuestro; los retratos, grabados o autógrafos repartidos entre chinches de dibujante por las paredes nos acompañan; buscamos, para qué ocultarlo, su misma conversación lánguida de hombre ciego (como Homero y Borges) con mujer triste y fatigada (que a lo mejor es puta y en su vulva crepita el mayor horno). Luces de bohemia, en la edición de Cordelia, es una nueva manera de estar en el mundo: el genio de los poetas bohemios, vencidos y acanallados como Max, sí, pero mucho también el gracejo palabrero de borrachines, de putas, de chulos, alentados por el morapio y bajo el techo roto del tabernucho. Gitanismos, cheli antes del cheli, locura de palabras, geniosas invenciones e improvisados giros. Aroma a casa de vecinos y corrala, hedor a pueblo y mugre, humedad a cueva de librería y cromos por entregas, estanterías con legajos, olor frío de tabaco rancio, mesas con carpetas de badana mugrienta. Todo Luces de bohemia es un calabozo, sótano mal alumbrado por una candileja, geometría absurda al fondo de los espejos y compás canalla, arte o desesperación del esqueleto ambulante, perros golfos tras los que ir sonámbulo en zigzag, el ojo legañoso de poeta levantando como susto hacia el azul de la última estrella. Todo en Valle es riqueza, la mierda es siempre Carver y toda esa basura de poesía o literatura americana sin subordinadas ni adjetivación (Philip Roth incluido). La locura léxica, el mar sintáctico, es ésta obra catedralicia y jamás adorada como se debiera, puro desdén para los cuatro mulos que en este país escriben y no leen, que aquí roban y no trabajan.

Aprendes –“abichado”- la sabiduría de los animales o los monstruos de Luces de bohemia, encendido por el lenguaje, sin que las palomas acaben de llegar y las migas se vuelvan negras en el suelo por los zapatos de tantos indocumentados. Todo Valle es un agujero –aquella mozuela golfa y revenida de un ojo con su cabeza adornada de peines gitanos- desde el que mirar y sentir el puro relámpago blanco, absoluto cortocircuito, estado de alucinación palpitante. Todo Valle es un arte de espulgarse al modo astroso, en un jaleo de hombros, sin una perra gorda en el bolso, la cara en una gran risa de viruelas, la greña arañada del obrero golfante junto a ti en la barra, loco de luna en el pregón de la noche interminable madrileña, entre chaparros y carillenos, tras Dorio de Gádex en la juventud mohosa pero chispeante de su ironía, ceceoso cañí, saludo versallesco y grotesco con tanto de mundo antiguo y pasteles.

El genio gallego, demiurgo único y sintáctico, señores, amigos, no morirá nunca: eterno perfil triste, gabán con flecos, dedos de gancho y uñas entintadas, no, Valle no se irá, Valle vive, toda la novela es greguería y caza, deslumbramiento a cada cata y chaparrón siempre nuevo y otro. Así tú vas, igual de ciego y desahuciado, tras el merodeo dulzón de las mozuelas pingonas y de las viejas reventonas, tan simpáticas, pintadas como caretas. Con Valle (Luces de bohemia) estás más seguro y acompañado en mitad de todas las goteras: risa procaz, encías sin dientes, tienta y lidia al natural, sombra clandestina y ronca entre largas barbas de anarquista y los ojos envidiosos. Eres ese perrillo sin rabo y orejas, entre las cañotas, que mira con fijeza a su dueño colocarse, muy cansados, los espejuelos sobre la frente, detenido en la travesía para limpiarse los ojos chispones con el pañuelo mugriento. Grande, muy grande Valle. No morirá jamás. Al igual que tu Madrid con baño al final del pasillo, pensión barata y céntrica, donde una viuda orina y dice en alto lo mucho que quiere a Pedro Sánchez y Máxim Huerta, el de Ana Rosa, como ministro de Cultura y Deporte. Vivir para ver.