Opinión

Feminista y liberal

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 07 de junio de 2018

El llamado barómetro del CIS del mes de mayo mostró que el feminismo figura como segunda entre las ideologías más extendidas en la población de 18 a 24 años. Los jóvenes españoles se declaran crecientemente feministas y en el conjunto de la población lo hace un 4,3 %. Un porcentaje que triplica el resultado de hace tres años. Incluso entre los mayores de 65 años se ha pasado, en un año, del 0,2% al 1,6 % de declarados feministas.

El feminismo se presenta como una más entre las ideologías (políticas), sin embargo la consideración del feminismo como ideología es rechazada a menudo, dado el índice negativo que lastra al término. Ideología refiere, en efecto, a una falsa visión del mundo que responde a intereses ocultos y esconde un efectivo estado de dominación. El afecto a una ideología queda envuelto en el oscuro dominio de una falsa conciencia. Por eso el feminismo se pretende no ideológico presentándose como una filosofía, teoría o doctrina ajena al campo estrictamente político.

Y, en efecto, su creciente ubicuidad social parece trascender la pugna partidista, desborda clases sociales y de edad, se propaga superando lenguas y culturas, de suerte que si el feminismo no es la verdad parece constituir un momento inexcusable de la misma. Pero esa presunta verdad acaso no sea una verdad política, salvo para quienes, defensores de un politicismo integral, son incapaces de contemplar dimensión alguna de la realidad antropológica que no sea política. Como recuerda A. Maestre (El Gran Maestro – en prensa –) politicismo integral es la expresión utilizada por Ortega para aludir a lo que pronto se llamaría totalitarismo.

Merece la pena atender al sector de población más ampliamente feminista. Esos jóvenes de entre 18 y 24 años que, seguidos por el grupo de entre 25 y 34, indican el carácter juvenil de la expansión ideológica – doctrinal o teórica – del feminismo, cuya presencia social decrece con la edad. Entre estos jóvenes sólo otra ideología se muestra más presente que el feminismo, a saber: el liberalismo.

Por su parte, liberalismo tiene acepciones de distinto valor aparente. Se habla habitualmente de liberalismo en referencia a una ideología político-económica defensora de la limitación, incluso negación, de la función económica del Estado. Ese sentido tecno-económico del término coexiste con un sentido más amplio que identifica el liberalismo con la radical tolerancia a toda otra ideología, actitud o modo de vida presente en la sociedad. Pero ambos sentidos desvelan su profunda unidad cuando se conoce que la democracia liberal y su defensa esencial de la tolerancia es un aspecto inseparable del liberalismo económico y su apertura comercial.

Pero hay un elemento común que silenciosamente comparte la totalidad de las ideologías modernas y que aúna esa preferencia por el liberalismo y el feminismo de nuestros jóvenes, más jóvenes. Ese elemento común subyacente a la visión del mundo presente en todas las ideologías modernas, y patente en el feminismo y el liberalismo, radica en su compartida comprensión del hombre como individuo.

Es cierto que hay un feminismo comunitarista que experimenta la construcción de formas nuevas –alternativas – de comunidad. Sin embargo, incluso desde esas posiciones se asume como punto de partida la realidad – anterior a las formas comunitarias a ensayar – de individuos substantes: átomos reales que son cada uno de los sujetos enteramente abstractos (homogéneos por reducción a un género indistinto o por infinita diversidad nominalista: tantos géneros como individuos) en busca de posteriores vínculos comunitarios. Entonces aparece el término de contraste, la asombrosa realidad a la que se busca una alternativa en esas comunidades de laboratorio: la unidad de parentesco que llamamos, sencillamente, familia. La persona singular que brota de la unidad familiar es la contrafigura del individuo: la persona sólo existe y persiste por mediación de esa comunidad.

Esas viejas formas del parentesco, erosionadas severamente por varios siglos de liberalismo doctrinal y economía de mercado, sufren hoy el asalto final de un feminismo que narra el mito de la guerra de géneros. Pero recordemos a la pionera del feminismo liberal – Mary Shelley – y su lúcida fantasía de un nuevo hombre sin vínculos familiares comunitarios: Frankenstein o el Prometeo moderno. Es la historia desoladora de un nuevo hombre malo y desgraciado. Malo por desgraciado. Esa grave infelicidad era entonces, y sigue siendo hoy, la más profunda objeción que cabe oponer a toda nueva promesa de liberación.