Comunicación

El triste tránsito de un cronista de la Transición

OBITUARIO

Viernes 08 de junio de 2018
A la memoria de José Cavero. Por Diego Gadir

Mi amigo el periodista José Cavero no tenía un tipazo al modo de un Del Olmo o un Herrera. Tampoco hacía gala de una singular vestimenta: corbatazas, cuellos fashion, gafas trendy, pañuelos, pañoletas... prendas que han ayudado a mitificar la imagen de algunas estrellas de la comunicación, desde Azcona a Quintero, pasando por Hermida o Mellizo.Tal vez, el hecho de no lucir un bigote, un tupé o una coleta peculiares contribuyera a ensordecer su imagen mediática, si bien él nunca buscó brillo alguno. En realidad, Cavero nunca se molestó en ofrecer una cara al nombre que muchos lectores y oyentes conocían y admiraban. Sus armas fueron mucho más sobrias: una voz firme y convincente, un estilo conciso en la escritura y un gran conocimiento del mundo y de su oficio.

Pepe fue un lector sin costuras; empalmaba lecturas como otros pitillos. Su amantísima esposa, María, le estuvo procurando cuidados y libros hasta el final. Sus hijos, Belén, Miguel y Débora, habrán sabido degustar aquel buffet libre de clásicos y novedades literarias que se apilaba en pirámides por los rincones de la casa. En el banquete también entraban obras de arte.

Como periodista, Cavero se forjó en las redacciones postreras del franquismo, donde las máquinas de escribir tableteaban de miedo cuando de algunas chaquetas asomaban pistolas. Pronto, Cavero ascendió hasta la Moncloa de Adolfo Suárez, vía su mentor y amigo Fernando Ónega. En Pilar Miró tuvo otra gran mentora, mucho después. Fue jefe de prensa del ministro Ordoñez y director de RNE, Antena 3, Interviú... Hasta desembocar en una Intereconomía que acababa de sufrir el relevo de Asensio a Ariza. Allí, retraté a Cavero en el estudio llamado Chesterton, a él, que había abandonado el seminario camino de la izquierda moderada. Aunque siempre aseguró sentirse respetado en sus ideas en medio de la "diferencia".

Mi encuentro con él tiene lugar un poco antes, en 1995. Viviendo yo de la pintura pero con la incertidumbre que aqueja a los artistas, recibí una llamada de un hombre desconocido para mí. Me llamaba Don José Cavero, el mismísimo director de Interviú, para entrevistarme y pregonar mis dibujos a todo color y a los cuatro vientos. Después de salir el número, hasta los gitanitos de los mercadillos me pedían que les dibujara un pibón en el papel de los churros. Pepe y yo congeniamos desde el principio. Conmigo fue accesible. Me avisaba incluso cuando Anson me promocionaba en el Abc: "Está por ti "-decía. Nos invitó a Rosa y a mí a visitarle y alucinamos con el ritmo de trabajo que tenía. Y Rosa me decía: "¡Ya será la cosa para que alucines tú!"

Rosa y yo coincidimos al recordar que la llegada de María a su vida disipó una sombra de tristeza en su interior. Ya sólo hablaba de carpe diem, del pisto manchego de María, de lo bien que se estaba en el pueblo toledano de su mujer... Tras haber afirmado muchas veces sentir culpabilidad cuando no estaba trabajando, pasó a saber gestionar el dolce far niente.

Desde el principio mostró una generosidad atípica, al promocionarme entre sus amigos y compañeros de generación: Sotillos, que me llevó a 'El ojo crítico' y Aberasturi, que nos regaló una presentación bellísima para catálogo. Años después, nos dio a conocer a Lalo Azcona, Nieves Herrero, Piqueras...

Hace unos días, María me contó que su nieta Iris, la niña de sus ojos, había conseguido el milagro de reanimar su esperanza, cuando su salud se había agravado mucho. Y con esta feliz anécdota queremos recordarlo.